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Jorge Gil / Europa Press / ContactoPhoto

Mónica Oltra, la mujer que se plantó ante el abuso de poder y el poder no se lo perdonó

La política valenciana se rebeló contra esa izquierda que iba a los parlamentos sin ganas de ganarle a la derecha, aunque ataviada con un sinfín de clichés y un lenguaje que sólo entendían los suyos


Quizás los más jóvenes u olvidadizos no se acordarán, pero en Valencia la derecha sacaba mayorías absolutas incontestables a pesar de la sinvergonzonería, la corrupción y el desprecio al pueblo. Una mujer pequeñita, hija de exiliados comunistas y nacida en Alemania, nos enseñó valenciano a muchos jóvenes que devorábamos sus intervenciones parlamentarias en YouTube como si fuera una serie. Mónica Oltra tenía todas las de perder. Defendía a los nadie, se enfrentaba al poder omnímodo de décadas de corrupción, bipartidismo y descaro de quienes ostentaban todos los poderes: mediático, judicial, político, económico y empresarial. Todos menos el más poderoso, el poder del pueblo.

En las páginas más gloriosas de cómo un pueblo se emancipa de sus tiranos deberán estar las fotografías de Mónica Oltra siendo arrastrada por la Policía tras ponerse delante de una excavadora con la que Rita Barberá quería destruir el Cabanyal, el barrio popular de pescadores con el que la derecha soñaba. No con la luz mediterránea de Sorolla, sino para convertirlo en hormigón y especulación.

En esas mismas páginas gloriosas deberán aparecer las fotografías de la tarde en la que Oltra salió al estrado del Parlamento con una camiseta diciendo que se buscaba a Francisco Camps “vivo o muerto”, porque el molt honorable había decidido irse de viaje al extranjero y no presentarse en la sesión del control al Gobierno a dar cuentas de su corrupción.

Y cómo no, en una página estelar, quizás en la portada de ese libro glorioso, deberá aparecer el debate de Mónica Oltra en Canal Nou donde llamó “Guantánamo informativo” a una televisión secuestrada por el PP que no había invitado ni una sola vez a una diputada que era portavoz de su grupo. Mónica Oltra se rebeló contra esa izquierda que iba a los parlamentos sin ganas de ganarle a la derecha, aunque ataviada con un sinfín de clichés y un lenguaje que sólo entendían los suyos.

A pesar de su procedencia de las filas del Partido Comunista, Oltra rompió con la izquierda tranquilizante que se tiraba más tiempo arreglando sus cuitas y tomando café con el bipartidismo en la cafetería de los parlamentos que intentando representar a la gente que decían representar.

Esquerra Unida decidió expulsarla en 2007 y ese fue el gran favor que la vieja izquierda le hizo a la Comunidad Valenciana. Con solo cuatro diputados, sin apenas personal y sin recursos, Oltra se recorrió el territorio valenciano con su coche y unos cuantos militantes de Iniciativa del Poble Valencià que abandonaron Izquierda Unida con ella para construir una izquierda ecosocialista sin tutelas oxidadas.

Por necesidad o por virtud, Oltra unió sus destinos al Bloc Nacionalista Valencià, cuyas estructuras no estaban menos oxidadas que las de Esquerra Unida. Su talento y una inmensa capacidad para dominar la escena mediática y el tiempo de la oportunidad política consiguió que Compromís se convirtiera en la tercera fuerza política en las elecciones autonómicas de 2011 al obtener 6 diputados. Contra viento y encuestas. El CIS le otorgaba un 1% de votos.

No menos infame fue el papel de Ximo Puig, expresidente de la Generalitat Valenciana, que en lugar de protegerla del acoso mediático, judicial y político decidió empujarla porque así pensaba que los votos de Oltra irían al PSOE

La legislatura de 2011 a 2015 fue crucial para darle un giro de guión a su liderazgo y ponerse el vestido de presidenta. La abogada guerrera que defendía a pecho descubierto a los jóvenes estudiantes de la Primavera Valenciana transmutó en una tierna, cándida y resuelta candidata a presidenta de la Generalitat. Todo ello sin perder su locuacidad en la tribuna del Parlamento valenciano y señalando la corrupción del PP valenciano, uniéndola siempre a un proceso de desposesión de las clases populares y no solamente a una cuestión ética o moral.

En 2014 se convirtió en la primera parlamentaria en ser suspendida de su condición de diputada por negarse a abandonar el pleno tras un abuso de poder de Juan Cotino, expresidente del Parlamento autonómico, al que únicamente la muerte por COVID le pudo salvar de su responsabilidad penal por el Caso Gürtel. Oltra se plantó frente al abuso de poder y el poder nunca se lo perdonó.

La causa archivada que provocó su dimisión en 2022 llega muy tarde, dos años después. A pesar de que el auto del juez señala que “no hay un solo indicio” que pueda relacionar a Oltra con la comisión de un delito. Sin embargo, su vida política y personal se ha visto seriamente afectada por un caso con la suficiente carga moral como para poder lapidar a una inocente en la plaza pública.

Si la Inquisición en el siglo XVI escenificaba sus autos de fe en la plaza del pueblo, previo paseíllo con el sambenito de los acusados por las calles más céntricas, en la Era de la comunicación ese papel lo protagoniza un poder mediático sin escrúpulos que se convierte en coautor de las cacerías contra políticos incómodos para el poder.

Mónica Oltra no cayó por la ira de la derecha contra ella, ni siquiera por el lobby de la sanidad privada que nunca le perdonará haber impulsado la desprivatización del modelo valenciano, sino por la tibieza y la traición de sus propios compañeros de filas, que vieron en el caso judicial una posibilidad de hacerse con el poder interno en Compromís.

Si de este tiempo político habrá que escribir páginas gloriosas, también habrá que guardar espacio para episodios sucios, porque sucia fue la operación de La Sexta, junto con Eldiario.es, para dejar caer a Mónica Oltra con el empujón definitivo de los suyos. A los anales de la historia pasará la petición de “reflexión colectiva” del exalcalde de Valencia, Joan Ribó, justo cuando los periodistas le preguntaron por la imputación de Oltra.

En la cacería contra Oltra, poca gente fue tan infame como la periodista Elisa Beni, que llegó a publicar tuits y artículos que parecían escritos por encargo de quienes nunca le perdonaron a la exvicepresidenta que lo pusiera todo patas arriba en la Comunidad Valenciana. En esa infamia colectiva de tibieza, cobardía y oportunismo está Joan Baldoví, que se alió con el director de La Sexta, Antonio García Ferreras, para triturar su imagen pública y obligarla a dimitir. Dimitió “con la cabeza alta y los dientes apretados” para salvar el Gobierno valenciano.

No menos infame fue el papel de Ximo Puig, expresidente de la Generalitat Valenciana, que en lugar de protegerla del acoso mediático, judicial y político decidió empujarla porque así pensaba que los votos de Oltra irían al PSOE en las elecciones autonómicas. De no haber dimitido, Puig amenazó con usar las artes que gasta el PSOE con quienes le disputan la hegemonía electoral.

No menos lacerante fue el papel de Yolanda Díaz que pasó de darse abrazos partidos con Oltra a no conocerla de nada. Tras ser preguntada por Oltra en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, Díaz limitó a decir que respetaba los tiempos judiciales y ni siquiera puso un tuit de cariño a la mujer que organizó un acto en Valencia en 2022 para impulsar el liderazgo de la hoy líder de Sumar. Tras el archivo judicial, a Díaz le ha sobrado tiempo para escribir un tuit diciendo que el daño cometido es “irreparable” y que Oltra ha sufrido una “injusticia brutal”.

Valientes en las victorias, cobardes en las derrotas. Así son los políticos de baja estatura moral y ética contra los que Oltra se ha rebelado toda su vida. Efectivamente, el daño a Mónica Oltra es irreparable, pero lo que sí se puede reparar es el rumbo de una izquierda que deja tirados a los suyos, que vende su alma al diablo a cambio de una entrevista diaria en un espacio televisivo en La Sexta o que tritura ventanas de oportunidad porque ha perdido el valor de la lealtad, que es la única forma de que los nadie algún día le puedan ganar a los dueños de todo.


Madrid –

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Editorial

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