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Policías patrullando las calles a partir del estado de excepción, Quito, Ecuador — Mateo Armas / Xinhua News / ContactoPhoto

Crisis de violencia en Ecuador: el progresismo ante el problema de la seguridad

En situaciones como la que vive Ecuador, algunos progresistas pedimos que se imponga la razón de estado, en última instancia estamos reclamando que se garantice la vida de los más humildes


La crisis que actualmente asedia Ecuador supone un desafío para el progresismo de ese hermano país y latinoamericano en general. Históricamente las izquierdas latinoamericanas han tenido una relación distante con la cuestión de la seguridad. En encuestas se puede ver claramente que, en las percepciones ciudadanas, las derechas suelen considerarse como más adecuadas para afrontar problemáticas relacionadas a la seguridad. Los progresismos, centrados en la pobreza, desigualdad y justicia social, han dejado a un lado este asunto. Lo cual ha provocado que el marco de interpretación que tiende a prevalecer, en cuanto a la seguridad, esté fuertemente marcado por la perspectiva policial y militarista reaccionaria. Esto es, las derechas han hegemonizado el crucial tema de la seguridad en América Latina. Un grave error de los progresismos.

En sociedades tan asimétricas, injustas y atravesadas por jerarquías de raza y clase de origen colonial como las latinoamericanas, la seguridad siempre será un asunto central. Esto porque niveles de desigualdad como los que se verifican en esta región son, en sí mismos, violentos. Donde conviven tan de cerca la miseria más absoluta con la opulencia más insultante habrá siempre condiciones estructurales y subjetivas para la violencia. En un continente donde nacer negro, indígena o de fenotipo no blanco en muchos casos es prácticamente una condena a lapobreza.

A lo antes dicho agreguemos que momentos de terror como el que hoy vive Ecuador tienden a fortalecer los imaginarios reaccionarios. En ese contexto, si los sectores progresistas ecuatorianos se equivocan en las respuestas que ofrezcan, le entregarán como mínimo el 80% del país al fascismo. Así, lo que fortalecería la lógica política fascista en este hermano país no es que los progresistas pidan fuerza letal al ejército. ¡Todo lo contrario! Eso los ubica en el ámbito que hoy tienen que estar que es en el de las respuestas concretas para el ahora. Eso los hace pertinentes. En cambio, lo que sí potenciaría la lógica política fascista es que el progresismo ecuatoriano se ponga a debatir sobre derechos humanos y causas de la violencia mientras criminales sin alma salen a matar. En un escenario así el ciudadano necesita certezas. Y se debe impedir que no sólo sean los reaccionarios quienes las ofrezcan.

El progresismo ecuatoriano tiene que hacerse pertinente en este momento donde está en juego la vida debido a una amenaza delincuencial. Para evitar que esta crisis tenga una traducción reaccionaria donde el marco de interpretación mediante el cual la gente procese este shock, sea el que construyen las derechas. He ahí la disputa fundamental: la que tiene que ver con el horizonte con el que se procesará esta crisis. Porque eso será lo que, en lo adelante, definirá la superficie subjetiva sobre la que se construirán las futuras certezas y consensos.

Izquierdas y progresismos no van a ganar posiciones en esa disputa centrándose en hablar de derechos humanos y causas estructurales de la violencia. Recordando a la gente que quienes están saliendo a matar en nombre del crimen organizado son muchachos pobres que nunca tuvieron opciones. Lo cual es verdad. Sin embargo, en términos del procesamiento de esta crisis, ese tipo de narrativas resultantotalmente contraproducentes. Porque lo que el ciudadano medio está viendo es que esos muchachos matan sin remordimiento. Ese ciudadano carece del nivel de conciencia que tenemos nosotros como progresistas. Y si, en medio de semejante crisis, no se conecta con él con soluciones para el ahora el progresismo lo perderá probablemente de manera definitiva al menos de aquí a varios años. Lo cual implicaría una derrota histórica en el sentido gramsciano del término.

Finalmente, quisiera brevemente señalar dos elementos para cerrar esta reflexión. El primero es que como progresistas debemos asumir que hay criminales que no son reformables. Esa perspectiva de que todo delincuente es susceptible de reinsertarse en la sociedad es equivocada en el nivel de los hechos. Un individuo que se graba desde una cárcel matando guías penitenciarios arrodillados, y que evidentemente goza con lo que hace, no es reformable. Esa imagen se vio estos días en Ecuador. Y así muchos ejemplos en toda la América Latina de criminales totalmente deshumanizados que matan por matar. Frente a sujetos así el Estado debe actuar con fuerza abrumadora para sacarlos de donde puedan hacer daño. Con los métodos que las circunstancias demanden.

Lo segundo es que cuando, en situaciones como la que vive Ecuador, algunos progresistas pedimos que se imponga la razón de estado, en última instancia estamos reclamando que se garantice la vida de los más humildes. Porque son estos últimos las víctimas directas y principales de las organizaciones criminales. Los ricos latinoamericanos no viven al alcance del crimen. Los que no tienen a donde ir mientras viven al alcance de la delincuencia son los pobres. Y si, como progresistas y gente de izquierdas, nuestro objetivo fundamental es defender los de abajo, pues debemos ser los primeros que ante hechos como el de Ecuador, pidamos que el Estado derrote de manera aplastante y letal (de ser necesario) a los criminales.

El Estado es lo único que tienen los pobres para defenderse de los poderosos. Y del crimen en el contexto de sociedades tan desiguales y, en consecuencia, violentas como las latinoamericanas. Así pues, cuando hablamos de que se imponga la razón de estado es en la perspectiva de que el Estado es el único instrumento de los muchos sin poder frente a los pocos con poder. Y este horizonte sobre lo estatal debemos hacerlo sentido común. Para que las derechas y reaccionarios no sigan hegemonizando un tema tan determinante, en el espacio latinoamericano, como el de la seguridad.


Madrid –

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