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De batallas, censuras y otra vez Gramsci

Queda claro que la libertad de pensamiento, la cultura popular, la creación artística y la solidaridad con los de abajo, sigue siendo peligrosa para los intereses de los poderosos, por eso también llaman a librar la “batalla cultural” y reviven antojadizamente a Gramsci


Hace unos días, el presidente de Argentina Javier Milei citaba al pensador italiano y militante comunista Antonio Gramsci para alertar sobre la implantación del socialismo a través de la educación, la cultura y los medios de comunicación. Para él y los libertarios que lo secundan, Gramsci pareciera ser el autor de un manual para capturar mentes, el tiktoker de moda que brinda los tres tips para ganar la “batalla cultural” del momento.

Pero Milei no es el único que se refiere a Gramsci como el creador de un peligroso plan para que el comunismo se expanda desde el arte, la educación y la cultura. Recientemente, en América Latina, incluyendo Perú, la nueva derecha reaccionaria, redobla esfuerzos en su lucha golpeando a quienes considera adversarios con diversos operativos mediáticos y legales. Ministros, congresistas y/o alcaldes aplauden el grito de “viva la Libertad carajo”, pero al mismo tiempo hostigan artistas, prohíben intelectuales, denuncian caricaturistas y acosan periodistas. Una situación que se agrava en el caso peruano por el régimen autoritario que encabeza la mandataria designada Dina Boluarte y su decisión de reprimir y criminalizar las disidencias.

En tiempos donde el significado mismo de la democracia se encuentra en crisis y da lugar a disputas por dotarla de contenido, la “nueva” ultraderecha tiene claro su rol resignificador, orientando narrativas y callando voces críticas. En Perú por lo menos, los últimos quince meses hemos asistido a sendos operativos de disciplinamiento, hostigamiento y censura que vale destacar.

Censura y hostigamiento, silenciar la crítica

En Perú, la coalición de derecha liderada por el fujimorismo que gobierna con Dina Boluarte, ha tenido una activa labor de persecución y censura al arte y la cultura. En particular ha enfilado contra artistas populares, intelectuales y periodistas que han tenido una voz crítica al régimen y/o han sido cercanos a los sectores populares movilizados. Aquí algunos ejemplos de estas respuestas orientadas disciplinar y desincentivar opositores.

Durante las protestas que remecieron el país tras la destitución del presidente Pedro Castillo, mientras la policía y el ejercito masacraban peruanos en Puno o Ayacucho, la mayoría de los artistas del mainstream limeño miraba a otro lado. No fue el caso de Yarita Lizeth, cantante natural de Puno, de las más aplaudida en Perú, Bolivia y también en Argentina al punto de llenar el Luna Park de Buenos Aires. Yarita se pronunció a favor de los manifestantes, puso a disposición su ómnibus para quienes se desplazaban a Lima y donó una importante suma de dinero a los huérfanos de la represión. La respuesta no se hizo esperar, en abril del 2023 el concierto de Yarita Lizeth en el Parque de la Exposición de Lima fue cancelado de manera inesperada. El alcalde de la capital, Rafael López Aliaga del ultraderechista partido Renovación Nacional, no quiso dar explicaciones. La situación se repitió en julio del 2023 cuando volvieron a censurarla y la excluyeron del festival Contigo Perú pese a estar confirmada.

En la misma línea va la campaña de persecución y censura contra el libro de mi autoría “Estallido en los andes, movilización popular y crisis política” que analiza el ciclo de protesta que vivió el Perú entre el 7 de diciembre del 2022 y la quincena de marzo del 2023. El 18 de enero, al cumplirse un año de la intervención policial en el campus universitario, el libro debía presentarse en la Universidad de San Marcos, pero intempestivamente la rectora Jerí Ramón prohibió la actividad por considerarlo un acto de “discusión política” contraviniendo el espíritu mismo de la universidad pública. Días después, el diario Perú 21 dedicó al libro un extenso reportaje, exigiendo una investigación fiscal en mi contra por el insólito delito de “apología del golpe de estado” e incitación a la violencia. Como si exponer y analizar las masivas protestas y denunciar el golpe contra Castillo fuera un delito.  Al día siguiente un programa en canal N también arremetió en la misma línea, con calificativos contra el libro y la autora. La solidaridad de intelectuales, docentes universitarios, compañeras y compañeros de Perú y distintos lugares del mundo fue muy importante para detener esta arremetida.

Un último evento que gráfica este afán persecutorio en nombre de la democracia, tiene que ver con la censura al dibujante Carlos Tovar “Carlin” quien publicó una caricatura que hace sátira de la actuación corrupta de algunos miembros de la Policía Nacional. El comandante general de la Policía envío una carta notarial a Carlín y al diario La República acusándolos de “afectar gravemente la imagen de la institución y la moral del personal policial”. La Policía exigía una rectificación inmediata y proporcional y amenazaba con iniciar acciones en la Fiscalía. Nuevamente la solidaridad nacional e internacional pudieron frenar, por ahora, la arremetida policial contra el caricaturista.

Estos y otros hechos, como la represión a las comparsas que coreaba consignas contra Dina Bolaurte en el Carnaval de Ayacucho, son claras muestras de amedrentamiento del régimen en nombre de la democracia y el estado de derecho. Queda claro que la libertad de pensamiento, la cultura popular, la creación artística y la solidaridad con los de abajo, sigue siendo peligrosa para los intereses de los poderosos, por eso también llaman a librar la “batalla cultural” y reviven antojadizamente a Gramsci.

Volver a Gramsci, no a sus detractores

La derecha reaccionaria tiene claro los intereses que defienden y a quienes silenciar. Defienden un mundo de mercancías en el cual prima el sálvese quien pueda así sea jodiendo al otro. Enarbolan el discurso del “todo depende de uno mismo” (eso del pobre es pobre porque quiere) responsabilizando a las personas de todos sus problemas y penalizando iniciativas sociales, sea el sindicato, la comunidad campesina o el club del barrio; porque si funcionan debe ser porque roban o le “sangran” al Estado. Los centros de poder que producen y difunden este discurso se sienten autorizados para ganar mentes y callar disidencias, más aún si vienen de los sectores populares que deberían permanecer sumisos y dispersos, rumiando en silencio sus carencias y frustraciones.

¿Y qué podrían hacer los sectores populares ante esta arremetida?, quizá justamente sea momento de volver a Gramsci, no buscando al influencer que pinta la derecha sino al intelectual orgánico que en los peores años del fascismo italiano escribió desde la cárcel ideas orientadas a que las clases trabajadoras superaran la condición de explotación que el aparato de dominación educativo y cultural contribuye a normalizar. No vamos a encontrar una receta para capturar mentes, sí la “filosofía de la praxis”, un pensamiento para la acción, para transformar un orden social de explotación favorable a una obscena minoría. Gramsci, estaba convencido que los artistas e intelectuales orgánicos a los sectores populares construirían un contra poder, una “nueva hegemonía” intelectual, moral y política funcional a un nuevo proyecto histórico de emancipación.

Y en Latinoamérica, volver a Gramsci nos lleva a José Carlos Mariátegui, quien reivindicó la fuerza de nuestras culturas originarias y el tejido comunitario, tomando a la comunidad andina como eje de resistencia al dominio colonial y piedra angular para la construcción de un nuevo orden que superara el capitalismo y su culto por la mercancía. Mariátegui, influenciado por Gramsci en su destierro italiano, era un convencido de la importancia de articular también artistas, educadores, publicar revistas y medios de difusión como parte de un proyecto político que enriqueciera la vida del pueblo trabajador. Hoy que discursos reaccionarios arremeten en su cruzada cultural contra voces críticas que no se alinean con el poder, urge construir la hegemonía de los de abajo, desde la creación, la difusión y la valoración del arte, el pensamiento y las expresiones culturales que vienen del pueblo, persisten y se renuevan. Con la vitalidad de los originarios movilizados y tantas veces masacrados, que contra todo prejuicio y represión, han logrado mantener la esperanza.


Madrid –

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