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Gramsci y Milei

Lo que Milei llama marxismo cultural forma parte de las diversas posibilidades que brinda el capitalismo de consumo hipersegmentado para sostener la hegemonía de las elites dominantes entre las clases integradas


El anticomunismo anacrónico de Javier Milei tiene entre sus enemigos a Gramsci, uno de los más brillantes pensadores socialistas del siglo XX. Mal que le pese al cardumen oscurantista noeliberal, reaccionario, lefebvrista, terraplanista que quiere uniformar el pensamiento en un simplismo soso y quietista, el pensamiento socialista es parte del acervo cultural y político de la humanidad. El movimiento obrero organizado de nuestros bisabuelos y tatarabuelos migrantes tuvo en el socialismo, junto al anarquismo y el comunismo, su fermento conceptual hasta el advenimiento del paradigma adoptado mayoritariamente por la clase trabajadora argentina: el justicialismo.

Gramsci además fue un héroe de la lucha antifascista. Nació pobrísimo. Sufrió todo tipo de privaciones durante su infancia y adolescencia. Su inteligencia extraordinaria, su amor por el conocimiento, su pasión por el cambio, lo llevaron a las mazmorras del fascismo en la flor de su juventud. Fue orden directa de Mussolini que, como todo tirano, odiaba la inteligencia. Tras diez años de padecimiento, murió demasiado joven. Durante su larga estadía tras las rejas, dejó ideas que todavía tienen vigencia e inspiran las pesadillas del neocapitalismo paranoico que las reinterpreta en clave conspirativa.

Mussolini es un arquetipo de una de las salidas posibles frente a las crisis recurrentes del capitalismo demoliberal y los malos gobiernos. En un país hambriento de trigo y sediento de cambio, devastado por la guerra, sumido en la inflación, la miseria, la decadencia cultural, la ostentación de privilegios y la humillación nacional, en particular de sus hombres, los soldados, que venían de una derrota en el frente externo y necesitaban descargar su impotencia en cuerpos más débiles para mostrar su virilidad dañada.

La soldadesca y sus avergonzados hijos necesitaban de un baño de hombría, la clase media histerizada por la propaganda anticomunista necesitaba una protección frente al demonio rojo, el gran capital necesitaba canalizar el hambre de cambio hacia una modalidad que no tocara sus intereses fundamentales. Estos factores condujeron a la conformación de un conjunto de escuadrones parapoliciales que con apoyo estatal aplastó al movimiento obrero —esta es una de las diferencias fundamentales con el peronismo que empoderó a los trabajadores— e instauró un régimen criminal sostenido en base al odio y la represión, apoyado por las élites financieras, industriales y terratenientes —otra diferencia fundamental con el peronismo que instauró un régimen sostenido por cooperación y el consentimiento combatido por las élites locales agrupadas en la UIA y la Sociedad Rural—.

Entre tanto, Gramsci escribía desde la cárcel sobre el rol de la cultura en los procesos políticos. Su trabajo confronta contra el espíritu mecanicista y economicista que había impregnado el marxismo. En la versión imperante dentro de la filosofía socialista, la estructura económica determinaba la superestructura política, social y cultural. Gramsci planteó que la “superestructura” podía tanto sustentar como subvertir la estructura económica. Los intelectuales orgánicos a los grupos sociales dominantes tenían la primera función, los intelectuales orgánicos a los grupos subalternos la segunda. No existen, para Gramsci, los intelectuales “independientes”. Se trata según el pensador italiano de una autopercepción ficticia que les permite abstraerse de su función social.

La figura del intelectual orgánico es compleja. No se trata únicamente de filósofos, periodistas, artistas y escritores, sino que incluye, por ejemplo, a los responsables de la administración pública, del servicio de justicia, del complejo científico-tecnológico, los eclesiásticos o los mandos de la policía. Gramsci estudió minuciosamente a los intelectuales orgánicos del régimen dominante. Sus estudios sobre la cultura no constituyen una conspiración mundial de infiltración comunista en los aparatos ideológicos del estado, sino un análisis crítico del funcionamiento de la cultura en sentido amplio como sostén del brutal capitalismo de su tiempo atravesado por la carnicería de la primera guerra mundial.

Haciendo una simplificación tan arbitraria como todas, podría decirse que el intelectual orgánico dominante cumple alguno de los siguientes roles: la organización económica micro y macroeconómica, la famosa función hegemónica para  garantizar el consentimiento en la dirección del régimen, la construcción de una cosmovisión homogénea y cohesionante en el grupo dominante y la coerción estatal [represión] como última ratio para el sostenimiento del régimen.

El pensamiento gramsciano afirmaba que las clases subalternas también podían construir sus propios intelectuales orgánicos para llevar adelante roles similares en función de sus intereses político-económicos. Aunque señalaba que no existen los no-intelectuales porque todo trabajo requiere una cuota de creatividad, recalca que sí existen personas con funciones específicamente intelectuales indispensables para lograr los objetivos de cada grupo social. Gramsci utiliza ejemplos históricos para demostrar que cuanto mayor sea la densidad cultural que favorezca orgánicamente a un grupo social, más posibilidades tendrá de cumplir sus objetivos.

Para poner ejemplos que tienen que ver con nuestro tiempo y haciendo un libre uso del pensamiento gramsciano, apuesto a que cuantos más intelectuales de las distintas categorías aporten a la integración urbana de los barrios populares o desarrollo de las cooperativas de trabajo —sea en roles técnicos y administrativos, sea defendiendo su importancia social, sea expresando artísticamente las necesidades del sector, sea diseñando políticas públicas, sea legislando en favor suyo— mayores posibilidades hay de que los grupos socialmente excluidos puedan perfeccionar su organización, alcanzar sus reivindicaciones y mejorar su actual posición de inhumana precariedad.

Una condición sin equa non que Gramsci planteaba para la conformación de intelectuales orgánicos a las clases subalternas es el contacto directo con éstas, sea porque dicho intelectual fuese nativo de la clase o porque estuviera inmerso en la realidad de los oprimidos a partir de convicciones política y sentimientos de amor. Una vez conformado un núcleo de intelectuales, el grupo social al que éstos contribuyen orgánicamente puede “asimilar” otros grupos intelectuales.

Las clases populares de la argentina, en particular los excluidos, carecen de una adecuada densidad de intelectuales orgánicos. Son pocos los que, integrados orgánicamente en tal grupo social, contribuyen en la organización económica y elevación política. Pocos son los que cantan sus penas y aspiraciones, los que escriben sobre sus necesidades y derechos, los que pintan sus luchas o retratan sus labores, los que planifican políticas públicas para mejorar sus condiciones reales de existencia. Si se compara la densidad de la producción intelectual actual al servicio de los grupos subalternos con la de los siglos XIX y XX, se evidencia una derrota catastrófica en la batalla cultural. Milei sólo aporta una nueva melodía del mismo repertorio.

Lo que Milei llama marxismo cultural forma parte de las diversas posibilidades que brinda el capitalismo de consumo hipersegmentado para sostener la hegemonía de las elites dominantes entre las clases integradas. El presidente y otros líderes reaccionarios han logrado captar el creciente descontento de grandes sectores populares y clases medias desarrollando una paralela ideológico-cultural diferenciada, una cosmovisión supuestamente disruptiva que sólo cosméticamente se diferencia de la hegemónica pero permite la (efímera) ficción de una identidad contestataria frente a una sociedad de privilegios.

Los intelectuales que Milei acusa de infiltrados marxistas no necesariamente son orgánicos a las clases populares pero —a diferencia de los intelectuales filofascistas y neoliberales— pueden llegar a serlo. Esta es una tarea de primer orden para los que buscamos junto a los más pobres un cambio humano que reduzca las desigualdades y las injusticias. En ese camino, hay que destacar permanentemente que un intelectual no es orgánico a una agrupación, un partido o un líder, sino a grupos sociales. Lejos de pedir carné de afiliación o etiquetarlos en ismos, hay que promover se desarrollo general.

Los “intelectuales” que atamos nuestra vida al destino de los descamisados del presente tenemos que crecer en densidad, creando nuevos intelectuales y atrayendo a los que son solidarios con la causa de los nadie para que con su producción científica, artística, filosófica, etc. apuntalen una cosmovisión contrahegemónica que ponga en el centro a los condenados de la tierra, sus padecimientos, luchas y sueños, para reconstruir la esperanza en un mundo más justo y avivar la pasión dormida que nos impulse a luchar por él. 


Madrid –

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