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Dos años de la detención de Pablo González, el periodista encarcelado en el “Guantánamo polaco”

Según Reporteros Sin Fronteras 2022 se convirtió en el año con el récord de periodistas encarcelados. En total, 533 profesionales de la información están en prisión en todo el mundo


Adaptación del análisis de Sara Serrano de La Base. Redactado por Raquel Jiménez.

Ser hijo de un ruso, escribir en el diario Gara y tener una cuenta abierta en la Caja Laboral Kutxa. Estos han sido algunos de los argumentos esgrimidos por los servicios secretos ucranianos para señalar al periodista Pablo González como un agente de Putin y que han llevado a las autoridades polacas a encarcelarle.

Pablo González nació en Moscú en 1982 y fue inscrito con su nombre ruso y su apellido paterno: Pavel Alekseevich Rubtsov. González, es nieto de uno de los “niños de la guerra”, los menores que tuvieron que exiliarse en Rusia como consecuencia de la Guerra Civil española. En 1991, sus padres se separaron y regresó a España junto a su madre, que le inscribió en el registro civil con su nombre españolizado (Pablo) y sus apellidos maternos: González Yagüe. Hasta aquí sus datos biográficos, que explican el hecho de que Pablo tenga doble nacionalidad.

Pablo González se licenció en Filología Eslava por la Universidad de Barcelona y tiene un máster de estudios estratégicos y seguridad internacional y otro de periodismo multimedia. En el momento de su detención, estaba cursando un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad del País Vasco. Un doctorado, que no le han permitido continuar durante su estancia en prisión.

González se especializó en la cobertura de conflictos bélicos en el espacio postsoviético y empieza a ganar prestigio en el ámbito periodístico con sus crónicas sobre el terreno como reportero freelance para medios como la Sexta, Público, Gara o Voice of America. Uno de los últimos conflictos que cubrió, fue la segunda guerra del Alto Karabaj, en el año 2020. Allí vivió en primera persona un bombardeo que contó a Descifrando la Guerra. A pesar de su amplia experiencia cubriendo conflictos, Pablo no se define como un “periodista de guerra” sino como corresponsal en una zona geográfica muy determinada Europa central y Europa del Este.

Precisamente durante una de esas coberturas informativas es cuando empezó todo. El 6 de febrero de 2022, Pablo González fue retenido durante varias horas por los servicios de inteligencia ucranianos en Kiev. Aún no había comenzado la invasión rusa y Pablo González se encontraba en el Donbás junto a otros compañeros periodistas. Como no le había dado tiempo a gestionar su acreditación militar se quedó realizando un reportaje fuera del área de guerra.

Se trataba de una conexión con ARV de La Sexta. La preparación de la conexión con Ferreras fue interrumpida por unos militares que le obligaron a identificarse. Esa misma noche, González recibió una llamada del Servicio Secreto Ucraniano pidiéndole que se personara inmediatamente en Kiev para acudir a un interrogatorio. Durante este interrogatorio copian la información de su teléfono, le acusan de prorruso y le invitan a abandonar el país. González ya se había posicionado públicamente en contra de una posible invasión rusa. Lo hizo muy claramente en un tweet del 22 de enero de 2022, en el que aseguraba que cualquiera que no dijera “No a la guerra” estaba, como mínimo, animando a que la gente muera. “No a que Rusia entre, aún más, en Ucrania. No a que la OTAN entre, aún más, en Ucrania. No a la guerra”, dijo. Quizás lo que molestaba es que una voz autorizada y con una amplia experiencia en la región tuviera una posición tan contundente en contra de la guerra e informase de lo que estaba sucediendo sobre el terreno…

Al mismo tiempo que González estaba siendo interrogado en Kiev, el CNI estaba interrogando a su familia en España e informándoles de que Pablo González era un supuesto agente ruso. Es entonces cuando decide abandonar Ucrania y volver a Euskadi, donde permanece varios días sin tener nuevas noticias.

Durante estos días manda un audio a un amigo explicándole las visitas del Centro Nacional de Inteligencia. El CNI se presenta en casa de la familia de González diciéndoles que saben a ciencia cierta que es un agente ruso.  “Se presentaron con la misma cantinela, que soy agente de los servicios de inteligencia militar, o algo así (…) mi origen ruso (…) no es ningún secreto.”

El 25 de febrero, tras la invasión rusa a Ucrania, González decide viajar de nuevo a Polonia para cubrir la crisis migratoria derivada del conflicto. Tres días después es detenido en mitad de la noche por los servicios de seguridad polacos, acusado de un delito de espionaje —penalizado con hasta diez años de prisión en Polonia— y es trasladado a la prisión de Rzeszów. Allí permanece durante días aislado, incomunicado y sin recibir asistencia ni protección consular.

A finales de abril es trasladado a la zona de máxima seguridad de la prisión de Radom, conocida como el “Guantánamo polaco” por su uso fuera de las normas de un Estado de Derecho y las detenciones clandestinas a personas de terceros países.  Allí permanece encerrado 23 horas al día en una celda de cinco metros cuadrados sin luz natural y sólo se le permite salir, esposado eso sí, una hora a un patio diminuto. Además, durante mucho tiempo se le impidió hablar telefónicamente o por internet o ver a su esposa e hijos, 9 meses pasaron hasta que se le permitió ver a su mujer y un año hasta que se reconoció oficialmente a su abogado. El Grupo de Apoyo a Pablo González catalogó el trato recibido en prisión como «tortura psicológica» y Amnistía Internacional ha alertado del régimen de aislamiento que se le aplica.

Según fuentes jurídicas, Polonia ha incumplido con la retención de Pablo, 18 artículos de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Entre los derechos vulnerados por Polonia se encuentran los que amparan la integridad física y psíquica de las personas; la dignidad humana y el derecho a la vida; la prohibición de infligir trato degradante; y a que se respeten sus comunicaciones y su domicilio. Durante mucho tiempo, no se le permitió reunirse ni con su familia ni con su abogado, con lo que se vulneró el derecho a la tutela legal efectiva.

A esto hay que sumar que se está privando a González de ejercer su profesión. Y es que Polonia no es un país que destaque precisamente por el respeto a la libertad de prensa, en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa ocupa la posición número 66.

Respecto a la situación de Pablo González en Polonia, el Gobierno de España, más concretamente el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, simplemente señalaba hace dos años en una comisión parlamentaria que la la acusación es «muy grave» y dejaba en manos de los tribunales polacos la resolución de la causa.

Y hace un par de semanas, en una intervención en Al Rojo Vivo, Albares reiteró la “gravedad de los cargos” y aseguró que se han respetado sus derechos desde el primer momento: “Su estado físico y psíquico es correcto para las circunstancias en las que está”. Pues esto no resulta muy tranquilizador…

Desde el Grupo de Apoyo a Pablo González han lamentado que Albares, haya hecho un seguimiento acrítico de las declaraciones del portavoz del gobierno polaco, que no haya defendido públicamente la presunción de inocencia de González y que no se haya reunido con la esposa o el Grupo de Apoyo del periodista a pesar de las múltiples peticiones realizadas hasta el momento.

Según Reporteros Sin Fronteras 2022 se convirtió en el año con el récord de periodistas encarcelados. En total, 533 profesionales de la información están en prisión en todo el mundo y el 64% de ellos ni siquiera han pasado por un juicio. Hace unos días hablábamos de Assange, hoy lo hacemos de González. Desde aquí toda nuestra admiración a esos periodistas que son perseguidos por informar con rigor y compromiso.


Puedes ver el episodio completo de La Base por Canal Red aquí:

Madrid –

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Editorial

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