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Cuéntame

María Galiana y Ricardo Gómez en una escena del final de Cuéntame como pasó.

Cuéntame, y lo que no nos contamos

Igual es porque me pilló preadolescente y con la suerte de poder verla cada jueves junto a una familia que sí me contaba lo que no contaba Cuéntame, —perdonadme el trabalenguas— pero el caso es que cogí mucho cariño, pese a todo, a los Alcántara


Dejé de ver Cuéntame la temporada en la que sus guionistas decidieron dar un salto temporal hasta la pandemia de 2020, y por sus capítulos desfilaban cubiertos con mascarilla todos sus protagonistas convertidos en seres tristes, derrotados, mediocres, cansinos. De ese giro de la trama no me molestó que narrara su vejez, ni las cicatrices que les fue dejando la vida: me molestó la descripción tan aburrida del presente que nos esperaba, y, sobre todo, el comprobar que todos ellos sin excepción habían renunciado a sus sueños.

De Cuéntame se ha escrito mucho, hasta tesis doctorales. En concreto, di hoy con una que, con Gramsci y Althusser como marco teórico, apuntaba a cómo Cuéntame ha representado el relato histórico oficial de España y funcionado como celebración del consenso y del mito de la transición española con todos sus elementos, incluida la figura del Rey Juan Carlos I.

Pero permitidme ser más prosaica, que para hablar de la Transición ya está Monedero. Quiero reconocer a Cuéntame haber contado muchas cosas, incluso en su renuncia, —como la propia España de entonces y ahora—, a haber sido algo diferente, algo mejor, más valiente. Me fascinó en sus inicios, con Toni, su parka y su guerrilla urbana en pantalón de campana, corriendo de los grises en la Facultad de Derecho de la Complutense. Con Inés, tan valiente y tan yeyé, con esa abuela tan buena, tan abuela, o ese Fernán Gómez brillante —cuándo no, claro—, en ese barrio de aluvión con banda sonora de cantautores. Igual es porque me pilló preadolescente y con la suerte de poder verla cada jueves junto a una familia que sí me contaba lo que no contaba Cuéntame, —perdonadme el trabalenguas— pero el caso es que cogí mucho cariño, pese a todo, a los Alcántara.

Quizá por eso no pude perdonarle ese destino al que condenaron a muchos de sus personajes: que mataran a Miguel (Echanove) tan rojo, tan macho y tan del Atleti, o a Eugenio, uno de esos pocos hombres buenos. Que Toni pasara de trotskista a gabinetero del PSOE y de ahí a jefazo de Televisión Española (no sé si se pueden hacer chistes de troskos en Canal Red… pero este está fácil) o que Carlitos no tratara como merecía alguien como Karina. Tampoco podría perdonarle que nunca emancipara de verdad a sus mujeres, sobre todo a Merche, presa siempre, a pesar de todo, de ese personaje tan bien construido que fue Antonio. Eterno aspirante a señorito, felpudo cuando no pudo ser zapato, y zapato sin escrúpulos en cuanto pudo despegarse del felpudo… pasando de la UCD a empresario pito-páusico y patriarca tirano, egoísta e insoportable.  El problema, quizá, es que Cuéntame terminó pensando como Antonio Alcántara.

Sin embargo, tengo también mucho que reconocerle. Un elenco de artistas jóvenes brillantes, maravillosas (Ricardo, Elena, Manu), la preciosa voz de Carlos Hipólito, o el mérito poder ver mujeres de más de sesenta años comiéndose la pantalla (Alicia Hermida, María Galiana, Terele Pávez). Ah, y una villana fascinante como fue Marta Altamira (Ana Allen, justamente reparada por Los Javis) esa niña bien del PCE, hija de franquistas, lista como una ardilla, exiliada a Francia en el momento preciso y retornada como fiel mamporrera felipista (no sé si es el mejor momento para bromear con ésto en Canal Red… pero ahí queda).

Así que sí, aunque hace tiempo que muchas dejamos de empatizar con la vecindad de San Genaro, espero que algún día alguien nos cuente la historia de Cuéntame que Cuéntame no pudo contarnos. Que si un veinte por ciento de dignísima audiencia vimos la noche del miércoles el final de Herminia a la sombra de una encina, -y lloramos, ojo, vaya si lloramos- es porque, en cierto modo, siempre terminamos volviendo a las fiestas de Sagrillas a bailar por pasodobles o por Sonia y Selena. Pero no como quienes regresan al pueblo, a la verbena y al corral porque tienen miedo de mirar al horizonte (como pasó en aquella temporada tan prescindible sobre la pandemia) sino porque seguimos necesitando contarnos, tener memoria y nostalgia, hasta de lo que no nos contaron, para tener futuro.


Madrid –

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