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‘Dublineses’: la magistral despedida de John Huston

Adaptación de un relato de Joyce, esta obra maestra transcurre durante un 6 de enero, Día de la Epifanía en Irlanda


Fue Quentin Tarantino quien dijo, hablando de su futura y pronta retirada del cine, que las últimas películas de la mayoría de los directores son patéticas. No le faltaba razón, pero no es el caso de John Huston. Pocos cineastas se han despedido de forma tan emotiva, elegante y venturosa como John Huston, director de clásicos como La jungla del asfalto o Vidas rebeldes y que nos dijo adiós, en 1987, con Dublineses (Los muertos). La rodó tan enfermo que en el rodaje usaba mascarilla para respirar y una silla de ruedas. No podía permitirse grandes desplazamientos, así que las pocas escenas exteriores rodadas en Irlanda las realizó una segunda unidad. Fue incapaz de volver a viajar a aquellas tierras que tanto amó y en las que vivió durante muchos años. Tras rodar Moulin Rouge, en 1952, Huston eligió Irlanda para vivir y se decidió por un lugar especial cerca de Galway, una finca llamada St. Clerans con una casa de tres pisos y diecisiete habitaciones que necesitaba una importante reparación.

Huston murió, de un enfisema pulmonar, tres meses después de que sonara la claqueta final de Dublineses (Los muertos), película sencilla y que no tenía nada que ver con las aventuras que le gustaba rodar. El tesoro de Sierra Madre, Moby Dick o El hombre que pudo reinar, de rodajes complicados, siempre fueron excusas perfectas para salir de casa y viajar por el mundo. A veces, como en el caso de La reina de África o Las raíces del cielo, para cazar elefantes.

A diferencia de otros moviditos rodajes de Huston, el de Dublineses fue relajado y familiar. En él estuvo arropado y fue feliz. El guion era de su hijo Tony, que nunca volvió a escribir otro guion, y la protagonista fue su hija Anjelica. La película se presentó el 3 de septiembre de 1987 en el Festival de Venecia y en los Oscar solo fue nominada al Oscar al Mejor Guion adaptado y al Mejor vestuario en la edición en la que triunfó El último emperador, un filme muy del gusto de la Academia y que estaba bastante lejos de la austeridad de la película de Huston.

El guion de Dublineses (Los muertos) está inspirado en The Dead, último relato de Dublineses, de James Joyce, y que en los años 50 quiso adaptar Luchino Visconti sin fortuna. El Día de la Epifanía de 1904, nuestro Día de reyes, se celebra una de las reuniones sociales más tradicionales y concurridas de Dublín, la de las señoritas Morkan. Entre los invitados se encuentra Gretta (Anjelica Houston) y su marido Gabriel Conroy (Donald McCann), sobrino de las anfitrionas y un hombre anodino, conservador y pragmático. De hecho, es un irlandés abiertamente probritánico. Ese año John Edward Redmond intentaba relanzar el movimiento nacionalista irlandés del Home Rule y al año siguiente nacionalista Arthur Griffith fundaba el partido Sinn Féin.

Enseguida descubrimos que en la casa se respira un aire familiar y que en la reunión se siguen añejas tradiciones, como los aburridos recitales de piano o los poemas del señor Grace, que lee, con petulancia, “Los votos rotos”. Gretta se emociona al escucharlo porque habla de un amor que perdura y hace daño. Su marido Gabriel, preocupado hasta ese momento por el tradicional discurso que va a soltar tras la comida, percibe la ligera conmoción de su esposa, también exaltada cuando le dice que alguien le ha invitado a ir a Galway en verano.

La película, que hasta ahora ha contado con algunos toques de humor gracias al borrachín y vulgar Freddy Malins (Donald Donnelly), se pone lúgubre con el canto, ridículo y anciano, de la tía Julia (Cathleen Delany), que canta Ataviada para la boda, la versión que George Linleyhizo de Son vergin vezzosa in vesta di sposa (Soy una doncella graciosa vestida de novia), de Bellini. En esta pieza, del primer acto de la obra, Elvira, que va a casarse con Lord Arturo Talbot, se presenta con el velo blanco que éste le ha regalado. Mientras escuchamos un desentonado cántico sobre una boda que la tía Julia nunca tuvo, Huston nos muestra objetos del pasado, de su juventud perdida. Y desaprovechada, porque en aquella época las que eran como tía Julia eran personas no completas. Malgastadas. Más tarde, tras disfrutar del pavo, las lágrimas de tía Julia ante el aplauso que le dedica el resto de los comensales parecen de tristeza, no de gratitud.

Tras una acalorada discusión sobre ópera entre Bartell D’Arcy (interpretado por el tenor irlandés Frank Patterson), el borrachín Freddy y el alcohólico señor Brown (que bebe tanto que acaba inconsciente), tía Kate habla de un maravilloso tenor apellidado Parkinson. En ese momento, Gretta vuelve a ser incapaz de disimular su emoción. Y a partir de este momento, tras una hora de película, todo comienza a tambalearse en el matrimonio entre Gretta y Gabriel. Cuando el tenor D’Arcy, cortejando a una dama, comienza a cantar The Lass of Aughrim, Gretta se detiene en las escalaras de la casa, rota del todo. Su marido no da crédito a lo que está viendo. Ese 6 de enero se ha abierto una grieta emocional que afecta a su mujer y que él, paralizado, no entiende.

Ya en el hotel, Gabriel le pregunta a su esposa por su indisimulable tristeza. Y Gretta no puede más y suelta el nombre: Michael Furey, el muchacho de Galway del que sigue enamorada y murió loco de amor, cantándole TheLass of Aughrim bajo su ventana. Furey iba a estudiar canto. Abrumado, su marido no le dice “estabas enamorada” de Furey, sino “ESTÁS enamorada de él”. De un muerto. El desmoronamiento de Gabriel ante la confesión de su mujer en la cama de matrimonio se parece al de William ante la confesión de Alice en Eyes Wide Shut, solo que en el caso de Alice estamos ante un deseo, no ante algo real.

En el tramo final, Huston (hijo) opta en su guion por una magnífica voz en off en la que Gabriel reflexiona: su mujer no lo ha amado como amó a ese jovencito que murió por ella. Y piensa que los muertos no son los de las tumbas, sino los conformistas, los muertos por dentro. Y piensa también en esa pasión de Michael Furey frente a su cuadriculada y trivial vida. “Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena gloria de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad.¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir? Yo mismo nunca he sentido nada así por ninguna mujer, pero sé que tal sentimiento debe ser amor. (…) Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio donde Michael Furey yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae como en el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos”.

En su relato, Joyce escribe: “Caía nieve en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

La película acaba con un plano picado de nieve cayendo sobre el objetivo de la cámara. No fue rodado en Irlanda, sino en el parque nacional Joshua Tree, en California. Dublineses (Los muertos), que pueden ver en Filmin, está dedicada a la última compañera de Huston, Maricela Hernández.


Madrid –

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Editorial

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