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El juicio

Un documental estremecedor que nos manda al rincón de pensar y al de la memoria


El Juicio. ( Argentina, Italia, Francia, Noruega/ 2023)

Dirección y guion: Ulises de la Orden

Edición: Alberto Ponce

Duración: 177 minutos

Plataforma: Filmin

El horror y el espanto de siete años de terrorismo de Estado resumido en 3 horas insoportables, necesarias, dolorosas, desgarradoras…

Un documental estremecedor que nos manda al rincón de pensar y al de la memoria.

¿Quién cosía las capuchas para los detenidos de la ESMA? Alguna vez una mujer habrá agarrado un dedal, un hilo, una aguja. O habrá enhebrado paso a paso con la punta de un carretel los ojales de una máquina de coser. No sé por qué digo mujer. Tal vez porque recuerdo a mi abuela las tardes de costura. No había hombres en esas tardes, en ese universo de cajas de botones y retazos de telas. Una tarde, alguien con un rollo de tela negra habrá tocado el timbre de la casa de Dorita, la que hacía los trajes para bailar el minué en los actos de la escuela o aquel disfraz de hada madrina, le habrá pedido treinta mil bolsas, treinta mil bolsas negras. Alguna vez una mujer o un improbable hombre se sentó a coser con paciencia y esmero como quien cose una batita para un niño por nacer las capuchas que usaban los detenidos de la ESMA.

Clara Arias

Una temporada en el infierno.

Del terror no se puede escapar. No se puede dar la espalda. 

Uno: La angustia de las influencias. Maldito Harold Bloom. Maldito Lanzmann, Shoah y ese monumento inmisericorde de Claude Lanzmann de casi diez horas que van a saco y al mismísimo centro de la médula.

Dos: La mirada tajante y dura de “digerir”  —era necesario entrecomillar por cuestiones meramente escatológicas— de Pier Paolo Pasolini con el horror agarrado del cuello hasta romperlo, convirtiéndolo en otro lenguaje y así poder traspasar todas las barreras de la ficción. Así ocurre con Saló. Y así, con estas dos obras -sobre todo Saló- fragmentada igual que en la Comedia del Dante. Oscuridad y tinieblas. Anteinfierno. Círculo de las manías. Círculo de la mierda. Círculo de la sangre.

Tres: Hay un mecanismo de ceguera inconsciente que el espectador hace desaparecer de su memoria los hechos más desagradables. Esta es la angustia y el desasosiego, caer por un barranco interminable. Saber que las historias y los testimonios aparecerán como una ventana abriéndose una noche de viento que no termina de irse nunca.

El Juicio: Y entonces cómo no decirte que mi compromiso es hacer una autopsia en ese abismollamado memoria y huir para estar más cerca del recuerdo, de la verdad, de la justicia. Cómo no decirte que quiero que me recuerden. Es extraño, no lo niego. Los que no están siguen existiendo más allá de la ausencia. Quizá porque la ausencia es la encargada de juntar todo el sufrimiento y colocarlo en las tormentas del tiempo. Desaparecer para volver a ser en medio del silencio.

El canto no es posible. Aquí no canta nadie. La música es inútil, como las palabras. Tuve que aprender a hablar durante la dictadura. Soy de 1977. Soy de un idioma extraño compuesto de balbuceos y de miedo.

Aquí estoy. Incomunicado en este texto de alguien que aún no ha aprendido a hablar, que aún no ha dado sus primeros pasos, con las manos contra la pared y las piernas abiertas…

Al margen de los puntos suspensivos que, como decía un poeta, no los puede descifrar ni dios, intento caminar sobre una historia que me ha tocado vivir desde la inconsciencia de no haber nacido en el cautiverio del infierno. Por eso nunca he dejado de llorar. Por eso nunca dejaré de sentirme culpable.

La primera vez que escuché la palabra secuestro fue a través de un vecino, de un amigo de la familia. Se llamaba José Luis Livolti y amaba a los animales. También amaba al Che, a Camilo, a sus hijas, a sus hijos, a Susana. Pero las personas tienden al olvido. Así como los materiales radioactivos se convertirán en plomo en millones de años, la historia recorrerá inexorablemente la misma suerte.

No Sabina. Donde habita el olvido es Cernuda. Nunca lo dices, pero yo sí. Justicia poética que le llaman.

Es triste, melancólico y desesperante pensar que los recuerdos de una persona de mediana edad puedan caber en unas diez horas, como mucho. Todo lo demás permanecerá en ese continente gobernado por el abandono más absoluto. Mi abuelo,  que ganó una medalla de oro jugando al billar (Casín o 5 quillas) fue una persona popular en su entorno. Ya nadie lo recuerda y, dentro de una generación, no habrá nadie que recuerde ni un solo gesto suyo.

¿Qué quiero decir? Que la tendencia es inevitablemente el olvido. Lo que se puede hacer es practicar la beligerancia y dilatar la vida de la memoria hasta que se pueda. Pero nunca venceremos —habrá que asumirlo cada día—.

Luchar contra el olvido es luchar contra la muerte. El olvido es la muerte, la memoria es la vida.

¿Pero si el destino del universo es el olvido, conviene dejar a un lado toda inequidad?

No. No funciona así. Aunque el destino final sea la muerte, no se puede perdonar a los criminales de lesa humanidad aun sabiendo que todos fuésemos a morir. Un recuerdo total a lo “Funes el Memorioso” de Borges nos conduciría a una locura extrema. Es sabio olvidar algunas cosas, pero solo olvidar un poco. 

¿Pero cómo hacer un olvido selectivo?

La sociedad está enferma de olvido. Por eso existe el arte, tan solo por el mero hecho insoportable de la finitud del ser humano. Hay que soportar todo esto, aunque todavía no sepa hablar, aunque intente gatear por 1.977.

Algo así le escuché decir a Alejandro Dolina hace como treinta años, o al menos eso creo, o al menos es lo que me permite procesar la mente después de tantos años. O quizá no, quizá sea una broma más de los que pretendemos intentar decir algunas cosas. O quizá sea solo una simple invención. Qué extraña se comporta la memoria cuando se intenta viajar al pasado con lo puesto.

El Juicio —espero no haberlo perdido entre tanto nudo en el alma y en mi afán de querer nacer— estrenado en la última Berlinale y premiado en el festival de documentales Cinema du Réel, es un quirófano con un silencio quirúrgico en donde la respiración pende de esa línea recta que amenaza con pitar en un sonido delgado, agudo, cortante, inevitable. Una disección compleja traducida en un trabajo de edición sobre un material de archivo cuya dimensión cuesta digerir: 530 horas de grabaciones del Juicio a las Juntas Militares realizado entre abril y diciembre de 1985 y del que, en su momento, apenas se emitieron tres minutos diarios, y sin sonido, por ATC (antigua TV Pública Argentina), cadena que sólo transmitió íntegro el alegato final del fiscal Julio César Strassera.

En el banquillo estaban sentados los asesinos de las tres primeras juntas:  Videla, Massera, Agosti, Viola, Graffigna, Lambruschini, Galtieri, Lami Dozo y Anaya.

En una de esas audiencias, la del 22 de julio, estuvo Jorge Luis Borges que, con 85 años —un año antes de morir y con sus nefastas declaraciones sobre la dictadura, alegando que él no podía leer los periódicos— y prácticamente ciego, salió horrorizado luego de escuchar el testimonio de Víctor Basterra, un hombre que había logrado sacar de la Escuela de Mecánica de la Armada unas fotos que le habían obligado a hacer con imágenes de otros detenidos y detenidas desaparecidas.

Y he citado a Borges —vaya ironía— con “Funes el memorioso” como también puedo volver a citar a Dante en un discurso para enmarcar en la eternidad, el del fiscal Strassera:

“Dante Alighieri —en “La Divina Comedia»— reservaba el séptimo círculo del infierno para los violentos: para todos aquellos que hicieran un daño a los demás mediante la fuerza. Y dentro de ese mismo recinto, sumergía en un río de sangre hirviente y nauseabunda a cierto género de condenados, así descriptos por el poeta: «Estos son los tiranos que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran sus despiadadas faltas».

El Juicio de Ulises de la Orden es un monumento cinematográfico y de archivo pensado hace más de diez años, mucho tiempo antes del fenómeno 1985 de Santiago Mitre e interpretado magistralmente por Ricardo Darín en el papel de Julio César Strassera. En esta obra se propone una reinterpretación sin recursos estéticos, ni efectos sonoros. La única apuesta estética son placas negras —no es posible otro color— que divide en forma de capítulos o ejes temáticos proponiendo un viaje en el que se hará muy difícil no caer. Un camino difícil de asimilar y de recorrer, que interpela a través de testimonios de torturados y torturadas, pero también de personas de la sociedad civil involucradas en los rincones más oscuros y psicopáticos del terrorismo de Estado.

Me hubiera gustado hablar de la belleza. Pero no es plan. Del terror no se puede escapar. No se puede dar la espalda. Y aunque la mitología nos proponga uno de los ríos del Hades para beber de sus aguas y ahogarnos en un olvido completo, no será posible, la memoria vendrá a rescatarnos de los rincones más sombríos. El Juicio está para secar definitivamente los cauces del Lete y, aunque aún no sepa hablar, ni caminar, ni entender, grito:

Asesinos. Nunca más. José Luis. Treinta mil.


Puedes ver el tráiler de la película aquí:

Madrid –

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Editorial

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