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‘Freak’ o la utopía de cambiar la cultura de la violación por la cultura de los cuidados

En el Teatro del Barrio continúa la obra de la autora londinense Anna Jordan, dirigida con sutil maestría por Paula Amor para entregar una sobrecogedora experiencia al público a través del relato que hacen dos espléndidas actrices: Lara Serrano y Macarena de Rueda.


Un sofá, dos actrices y un textazo. Pocos ingredientes hacen falta para facturar una exquisitez. Hasta tal punto se paladea esta puesta en escena que uno cae fácil en este símil del manjar selecto. Es una obra que se siente muy profundamente tan solo con la fuerza y el poder del relato, la transmisión efectiva que dos actrices hacen de una serie de hechos y de sentimientos sin más aparataje que la imaginación de quien mira y escucha. También es fácil caer en el tópico de la esencia del teatro, cómo no. Pero es que es la esencia misma de la cultura, la comunicación de la verdad humana compartida con otros para contarnos y para entendernos, para discernir lo que nos viene bien y lo que no. Quizás este sea el secreto de un montaje que se estrenó en 2019 en el Teatro Pavón, cuando aún era Pavón Kamikaze, y que sigue haciéndose cuatro años y pico después.

Es verdad que se sigue haciendo, pero a trompicones, consecuencia de este endiablado sistema teatral que provoca que las compañías, más que girar, vayan dando tumbos, un día aquí y, tres semanas después, otro día allí. Y pasan dos meses y de pronto sale un bolo. Y en Madrid uno a la semana, con suerte, y probamos un mes a ver qué tal va. Y qué hacemos, ¿esperamos o matamos ya la obra? Bueno, si hay que cambiar a las actrices, pues las cambiamos, no las vamos a tener in albis sin saber si se harán más funciones o no. Así es la vida de muchos pequeños montajes teatrales en este país. Aunque sean pequeños grandes montajes, como este, que empezó con un elenco y hoy tiene otro. Tanto Lorena López y Alicia Cuéllar, que la estrenaron, como Macarena de Rueda y Lara Serrano, que la interpretan ahora, lo hacen estupendamente, sin medias tintas, representando la inocencia y la inconsciencia, haciendo suyo el sentido del humor entre tierno y salvaje de la autora, la londinense Anna Jordan, y llevándose al público de calle desde el primer al último minuto, casi hora y media.

Así pues, hay que seguir hablando de una obra que se lleva haciendo cuatro años y pico, encontrando nuevos públicos. Porque la obra encierra una utopía que se vislumbra pero que no termina de hacerse posibilidad real, que se nubla con su reverso distópico. La utopía de desterrar definitivamente la cultura de la violación, abonada de machismo y heteronormatividad, y cambiarla por una cultura feminista de los cuidados. Enfrente, la gran distopía de la reacción patriarcal incel-fascista y la distopía más chiquita, más disimulada, de la resistencia inconsciente del común de los hombres. Esta obra, para empezar, nos habla de hasta qué punto las mujeres modelan su existencia en función de los hombres. Y esto a los hombres nos tendría que dar mucho que pensar. En este sentido, es muy recomendable la lectura de La educación física, novela de Rosario Villajos que ganó el año pasado el premio Biblioteca Breve. Ahí dejo el apunte. Hablemos de Freak.

Freak se construye con dos líneas narrativas que discurren paralelas para, en un momento dado, cruzarse en una canción de Beyoncé y fundirse en un solo relato. Run the world (girls), que no es cualquier canción de Beyoncé, ojo. Son las historias de una mujer adulta, en los treinta y muchos, y una chica adolescente que debe tener unos 15 años. En esa primera parte, en la que las dos historias se cuentan espejadas la una en la otra, se habla por un lado de fantasías y sueños húmedos, de soledad y decadencia, de los excesos que parecen recetas de autoexploración y autoconocimiento hasta descubrir que son solo autodestrucción, de decisiones tajantes, de telebasura y sexobasura y de una reivindicación de la libertad que se espesa y no termina de pasar bien, no deja de generar cierta confusión. Por otro lado, se habla de los miedos primigenios, de cómo se empieza a percibir alguien como mujer, de afeitarse el coño, de la valoración y el refuerzo que buscamos y encontramos en los otros, aunque sea pantalla mediante.

El cuerpo está en el centro, de manera inevitable. Las dos actrices visten vestidos vaporosos y semitransparentes, con detalles de gran potencia simbólica. La mujer adulta lleva estampadas dos manos, una que le sostiene un pecho con delicadeza y otra que le circunda el cuello, en ese gesto inconsistente que puede hacer pensar en sometimiento, estrangulamiento o simple caricia. La mujer adolescente lleva unos cruzados de piel blancos, en la zona del tronco, que quizás remiten a diseños de dominación, pero todavía revestidos de inocencia. Van vestidas pero desnudas. Son bellas y vulnerables. Atractivas, deseables… ¿para quién? “Los hombres piensan que soy la cosa más bonita del mundo, y a mí no me importa ser una cosa, yo no quiero su respeto, yo solo quiero su deseo animal”, dice una, la mayor. “Rihanna puede enseñarme a ser sexy”, dice la otra, la pequeña.

Los dos relatos paralelos van confluyendo poco a poco. Se genera una dialéctica importante entre ese poder de agencia femenina, esa toma de decisiones libre y placentera, esa ambición por vivir sin más gobierno que el propio, frente al paisaje masculino que la propia narración va dibujando, un ejército de hombres-polla que sabe de su control y de su impunidad, lo que le viene dado por obra y gracia de una superestructura creada a su imagen y semejanza. Ambas mujeres conquistan un lugar pero, al poco de estar allí, se sienten utilizadas como objetos desechables, deshumanizados. Hay una frase lapidaria que dice la mujer adulta: “esto es lo que yo quería, pero creía que iba a formar parte”.

Desde el padre hasta el último hombre que se cruzan por la calle, la vida de las mujeres ha sido orquestada durante siglos por los hombres. Quedan muchos residuos de esta dinámica socio-cultural. Ellas se ven obligadas todavía a jugar fino con sus límites, lo que hipoteca su libertad, porque siempre puede haber un monstruo acechando. Es injustísimo. La segunda parte de la obra, después del momento Beyoncé, que es brutal, es un viaje hacia ese reconocimiento, hecho de escucha y de afecto, el reconocimiento de la necesidad de ayuda y del aprendizaje de pedirla, de la demanda absolutamente justificada de entornos seguros hoy y de futuros seguros mañana. Hay esperanza en el abrazo final, pero también un punto de desconfianza mirando ese brote tierno que, ojalá, no tuviera que volver a verse enredado entre las malas hierbas. 


FREAK

Teatro del Barrio

7-21 de enero

Autora: Anna Jordan

Directora: Paula Amor

Actrices: Lara Serrano y Macarena de Rueda

Madrid –

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Editorial

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