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Dana Internacional, ganadora de Eurovisión 1998 — YouTube

Genocidio a la Diva

¿Es sensato que en nombre de los derechos humanos se vete la participación de Israel en el concurso de Eurovisión? Los mismos que no quieren frenar el genocidio palestino reclaman su derecho a mirar para otro lado


¡No mezclemos música y política! ¿Es sensato que en nombre de los derechos humanos se vete la participación de Israel en el concurso de Eurovisión? Los mismos que no quieren frenar el genocidio palestino reclaman su derecho a mirar para otro lado. ¡Dejen en paz Eurovisión! Pero la verdad es que, en más de una ocasión, este festival musical ha fungido como el brazo suave de la inteligencia, la diplomacia y los juegos geopolíticos y propagandísticos israelíes. Como una de sus mayores representantes, Dana Internacional ocupó los focos de Eurovisión a finales de los años noventa. ¿Quién mejor que una cantante trans para mostrar el lado liberal y, por supuesto, glamuroso, del sionismo?

Los dioses del Show Business se seguirán regocijando con el recuerdo de la cantante israelí cuando, con su canción Diva, saltó a la fama al ganar el concurso de Eurovisión en 1998. Esa noche, Dana deleitó a todos con una melodía apolítica -dicen que así le gustan las canciones a Eurovisión- sobre las estrellas de la Historia y sus penurias. Un himno de empoderamiento femenino que invoca a Afrodita y a Cleopatra. ¿Apolítica? ¿Era una decisión ingenua? Era la primera mujer trans en llevarse el micrófono de cristal desde los inicios del concurso. Pero la verdad es que su triunfo sirvió para enaltecer a su país de origen, Israel, como el epítome de la inclusión, para anunciarlo como un ejemplo de representación en el mundo de la comunidad LGTBI. Israel era, tras ese concurso, el paraíso posmoderno que adoptaba el discurso del fin de la Historia y el surgimiento de la política de identidad. En este caso, bailando no nos pilló la revolución, sino el neoliberalismo y sus luchas cooptadas.

Han pasado veintiséis años. Israel, además de cantar, tira bombas. Desde el 7 de octubre lleva ya cobradas casi 30.000 vidas palestinas. Eurovisión 2024 rehúsa vetar a Israel porque, dicen, “la política no nos incumbe”.

Pero antes de hablar de Dana y de Eurovisión, como siempre, recordemos que un análisis de los bufones es inútil si no se analizan los reyes que están detrás. Así, la Historia cuenta que el proyecto propagandístico israelí comienza antes del nacimiento de Dana y de la misma nación israelí. En 1896, Teodoro Herzl publicó El Estado judío. En este panfleto, Herzl clamaba por la construcción de un estado judío, invocando el pánico de la comunidad debido al creciente antisemitismo en la diáspora. Como oráculo o, tal vez como pionero del neoliberalismo, Herzl planteaba que la solución del antisemitismo no es la lucha social. Tampoco los levantamientos (como el del Ghetto de Varsovia, que ocurriría décadas después). Para Herzl, la cura para el antisemitismo sería, más bien, la reconfiguración de la identidad judía. Tenían que pasar de ser un grupo religioso marginal a un poder nacionalista. Algo a lo que Dana International aludiría en un tono más pop tras su victoria.

Este mismo nacionalismo fungió como un pilar esencial de la épica del proyecto israelí. Logrando enamorar a otros movimientos nacionalistas fervientes de la época, como el catalán y el vasco. Los últimos, incluso, condujeron brigadas de   marinos para ayudar a transportar a miles de judíos europeos a Palestina. Con esto, los vascos facilitaron la Nakba (el gran despojo de tierras y vidas palestinas), necesaria para la instauración del estado de Israel, en 1948. Así, parte de la propaganda sionista desde el inicio fue generar una épica multifacética, que pudiera engatusar a diestra y siniestra. Movimientos nacionalistas por todo el mundo rindieron tributo al Israel sionista, aplaudiendo la manera en la que lograron revivir la lengua hebrea y construir un estado autónomo, legitimado por las potencias mundiales. Los comunistas, por su lado, se dejaron enamorar por los kibbutzim, esas comunas socialistas donde se leía a Marx y se practicaba la igualdad. Los evangélicos, como los primeros sionistas, veían con los mejores ojos a los judíos regresando a Tierra Santa, pues, según su fe, solo así sucedería la segunda llegada de Cristo. Israel, por ende, encajaba como un anillo al dedo del siglo XX, con sus encantos, sus utopías y sus revoluciones. La propaganda del momento se encargó de envolver al sionismo en el manto de la esperanza.

Sin embargo, llegó 1973 y nació el neoliberalismo en el laboratorio chileno, con los Chicago Boys y el dictador Pinochet, apoyados por la CIA y las enseñanzas de Milton Friedman. Como buffet de lujo, en ese año se sirvió también la guerra del Yom Kippur, correctamente llamada la guerra del Ramadán. Así, se oficializó el amorío entre Estados Unidos e Israel y, a su vez, se clavó la bandera norteamericana en el Medio Oriente con la “diplomacia itinerante” de Kissinger. Comienza el shock petrolero, cuando los países árabes exportadores declararon el cese del comercio con los países que apoyaban a Israel en la guerra. El conflicto culminó con la “victoria” de Israel. Pero, dentro del país, el hecho de que esa guerra hubiera comenzado tras un ataque sorpresa de la coalición árabe, fue percibido como una falla del partido “izquierdista” Mapai. Este fue el último clavo en el ataúd del laborismo israelí, que había gobernado desde el nacimiento del país. Se abrió paso para que subiera al poder el Likud, el partido de ultraderecha que lidera Israel hasta el día de hoy. Una de las primeras medidas que tomó el nuevo gobierno, ansioso de apoderarse de la maquinaria propagandística, fue asegurar la entrada del país en el concurso de Eurovisión. Israel se convertía en el primer estado no europeo en participar en tal certamen. Bajo el ala de Estados Unidos y posicionándose para el despegue del neoliberalismo, Israel tenía que adaptar sus estrategias de propaganda al nuevo mundo, ya no el de la esperanza ni el de las revoluciones, sino el del espectáculo.

Con todo, no será hasta la Primera Intifada de 1987 cuando la propaganda sionista cobre una nueva dimensión de alcance y prioridad. Fue la Intifada lo que arrinconó a la prensa internacional para que dejara de ignorar la ocupación y masacre de los palestinos. Bien se sabe que, para que te vean los medios, hay que tirar piedras. El proyecto propagandístico israelí por excelencia, Hasbara, creado en 1983, tenía que poner las manos en la masa ante la nueva presión internacional, que empezaba a señalar al estado por sus crímenes. Israel debía moldear su imagen para parecer una fuerza progresista y necesaria para Occidente. En dicha cuna fue donde emergió Dana International. La cenicienta absoluta del sionismo comenzó su carrera como drag queen en bares gays clandestinos en Israel, participando en el movimiento LGTBI de los años ochenta. Hasta que, como cuento de hadas, en 1998 Dana fue fichada por el estado y llevada en una carroza hasta el escenario de Eurovisión en Birmingham para representar a su patria. Así fue como, parafraseando a Fukuyama, murió la Historia, pero nació Dana International. Subvirtiendo la tan volátil narrativa sionista, tras su triunfo Dana afirmaría: “yo he venido a representar al estado de Israel, y no al estado judío”.

Israel se debía reinventar a la era de “Dios ha muerto”. Ya no podía seguir subrayando la legitimidad del estado desde la Biblia. Era la hora del marco meramente nacionalista y, paradójicamente, “internacionalista”, haciendo tributo al nombre de pila Dana International. Un mal llamado internacionalismo que, en realidad, aludía al capitalismo occidental, el cual siempre había sido el sueño húmedo del estado de Israel. Desde los años noventa, gracias a Eurovisión, el pasaporte para que un país fuese considerado como occidental y “europeo”, más que geografía y grandes sumas de dinero para la Unión Europea de Radiodifusión, debía abrazar también a la política de identidad. Sobre todo, a lo queer, que ya se había identificado como una lucha a la cual cooptar. Por tanto, si Israel quería okupar la etiqueta de “occidental”, entre otras cosas, se debía “gayficar”. Israel, como estado e ideología, ya se les había vendido a los creyentes de su fe. Ahora faltaba vendérselo al mundo exterior. Para los judíos, Israel es un milagro judío; para los ajenos, Israel tendría que ser un milagro neoliberal disfrazado de arcoíris. Así, un mes después del triunfo de Dana, el primer desfile oficial del Orgullo fue celebrado en las calles de Tel Aviv. De un día para otro, la comunidad LGTBI en Israel pasó de no tener derechos a seguir sin tener derechos, pero ahora con un desfile de extravagancias. Ya decía Walter Benjamín que un sistema autoritario ve su salvación no en dar derechos a las masas, sino la oportunidad de “expresarse a sí mismos”.

Hoy, ante lo que es el genocidio más brutal de nuestros tiempos y bailando al son de una Eurovisión pro Israel no nos va a pillar ninguna revolución. A bailar, no debiéramos aprender de los sionistas. En estos tiempos convulsos, bailemos mejor como los nicaragüenses de la primera hornada, que mientras derrocaban a Somoza, cantaban “ahora que ya sos libre, Nicaragüita, yo te quiero mucho más”. O de los cubanos, que hicieron de la caída del dictador Batista una salsa burlona, diciendo a sus élites derrocadas, “se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”. O, sin ir muy lejos ni a un pasado remoto, vayamos a la calle Tribulete, 7, en Lavapiés, donde decenas de músicos hicieron que en todo el barrio madrileño resonara Bella Ciao con el coro de los manifestantes, mientras bailaban ante el intento de desahucio de todos los habitantes, por parte de un fondo buitre vinculado a Esperanza Aguirre. Si ante un genocidio perpetrado frente a nuestros ojos, por lo menos bailáramos así, otro gallo cantaría… Y sería uno que no iría ni de negro ni vestido del azul y blanco de la bandera de Israel. 


Madrid –

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Editorial

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