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José Antonio del Río González: un exponente de la mejor literatura cubana

Un excelente ejemplo en modo crónica testimonial de la sociedad y la forma de vivir de una ciudad tan sorprendente como La Habana


Cuando se habla en los medios de comunicación generalistas acerca de grandes ferias del libro, por desgracia los únicos nombres que se mencionan, por supuesto con todo merecimiento, son los de Madrid, Barcelona en Sant Jordi o Frankfurt, sobre todo esta última más que como feria del libro, como feria del mercadeo de los derechos editoriales. Pocas veces se habla de la que a mi juicio es, en especial en el mundo de habla hispana, la mejor feria del libro del mundo, que es la Feria del Libro de La Habana, que conocí personalmente en mi primera visita a Cuba y que me pareció un excelente ejemplo de fomento de la lectura, del conocimiento de la creación literaria y de un diseño de política cultural envidiable que ya quisiera para mi país.

Me atrevo a proponer: ¿Tal vez le interesaría a usted algo de esto, Sr. Urtasun? Si me lo permite, le recomiendo que dejando atrás miedos y complejos, contemple la Feria del Libro de La Habana como un referente que sin duda aportaría mucho al fomento de la literatura en el estado español a través por ejemplo, de una mucha mayor implicación del Instituto Cervantes.

Hace algunas semanas  ¡ojalá hubiera podido estar!– se celebró como cada año la Feria del Libro de La Habana, la capital de la Cuba revolucionaria, organizada como es habitual por el Instituto Cubano del Libro en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, dedicada en esta ocasión a Brasil como país Invitado de Honor –el presidente Lula Da Silva acudió en persona a su inauguración– y a la filósofa, investigadora, intelectual y Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas de 1998 Isabel Monal, así como al escritor y profesor de Historia del Arte Francisco López Sacha.

Entre las naciones que han asistido como invitadas especiales pueden mencionarse Estados Unidos, España, Canadá, México, Alemania, India, Venezuela, Francia, Argentina, Argelia, Brasil, China y Vietnam entre las más relevantes.

“Leer es construir identidad” fue el lema elegido para esta edición de la feria, que entiendo que más allá de la coyuntura de este evento en concreto, es una afirmación que suscribo al cien por cien y que entiendo que es toda una realidad incontestable no solamente en Cuba, sino en cualquier ecosistema cultural o cualquier sociedad, incluida por supuesto la que constituye el estado español y las naciones y pueblos que aún lo integran.

Sobre las manidas e injustificadas acusaciones de censura a algunos escritores, medios estatales cubanos han declarado que puede que no se encuentren en La Habana todos los bestsellers conocidos y libros de renombre internacional, pero nadie puede negar que allí se encuentra el talento literario emergente de Cuba y otros países poco divulgado en otras latitudes. “Más literatura de los desvalidos, de los libros que te hacen pensar, que dejan preguntas dentro de ti y que te dejan con hambre de conocer más, explorar más y criticar más”.

La lectura, un elemento fundamental de formación de masa crítica, de creación de conciencia sobre la realidad en la que nos desarrollamos personal y colectivamente, en esta nueva edición de la Feria de La Habana nos ha descubierto no solamente una variedad de expresiones y manifestaciones que enriquecen de manera innegable el castellano como lenguaje y el mundo latinoamericano como un escenario de desarrollo creativo potentísimo frente a la hegemonía cultural anglosajona, sino yendo más a lo concreto, a obras y a autores magníficos como al que quiero dedicar hoy este artículo: José Antonio del Río González, autor de “La Habana, una máquina de escribir, un abogado”.

Este excelente libro, cuya lectura recomiendo con verdadero entusiasmo, es una novela en la que su autor, reivindica y trata de poner en valor el trabajo de un colectivo con frecuencia denostado, sobre el que se tiende a reproducir un estereotipo que no tiene la gran mayoría de las veces que ver con la realidad como es el de los abogados. Todo ello en un contexto que tiene como telón de fondo, maravillosamente descrito, la ciudad de La Habana con todas sus singulares peculiaridades y sorprendentes contradicciones. Así como las vicisitudes que un abogado se encuentra en el ejercicio de su profesión en muchas ocasiones, en especial ante ese mal endémico que ningún sistema político ha podido vencer: la burocracia. Historias narradas igualmente como no puede ser de otra manera, con el sentido del humor y la ironía que caracteriza al pueblo cubano, así como con la precisión y la claridad propia de un observador de la realidad de su categoría, tanto como abogado como en su faceta de narrador.

A través del universo literario de José Antonio del Río González se muestran  en esta novela acontecimientos ocurridos durante los últimos treinta años de su vida y de la de muchas de sus relaciones y amistades contemporáneas, bien sean compañeros de Instituto o Universidad o colegas de la abogacía. En un ejercicio de notable originalidad literaria, que a mi juicio entronca con el mejor Borges o el más arriesgado Cortázar, transversaliza a través de diferentes elipsis momentos no siempre coincidentes en el tiempo pero bien engarzados en la estructura del relato, localizaciones que igualmente no obedecen a un orden coherente o personajes de los que en más de una vez hay que retroceder algunas páginas para entender el porqué de su presencia en el relato, pero todo ello narrado teniendo como telón de fondo e hilo conductor la ciudad de La Habana, incluso en aquellos casos en los que la trama nos lleva a otras ciudades y paisajes muy alejados de los límites estrictamente geográficos de la capital de la República de Cuba.

¿Puede inscribirse esta novela en el género que convencionalmente se viene definiendo en los últimos años como «crónica testimonial», tal y como se afirma en las reseñas publicitarias de las librerías que lo comercializan? Creo sinceramente que sí, sin que ello encierre una posición cerrada ni dogmática, algo que entiendo que no es concebible en la crítica literaria. Su autor nos concede la posibilidad de penetrar en un mundo de extraordinarias vivencias a cual más peculiar dentro de una heterogeneidad de situaciones que son un fresco limpio, certero y claro de la realidad de la Cuba de hoy.  

“La Habana, una máquina de escribir, un abogado” puede adquirirse o leerse en formato electrónico a través de las páginas web de la Casa del Libro o de los principales comercios online.


Madrid –

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