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‘La sociedad de la nieve’: la mejor película de Bayona

El director logra una película técnicamente notable, con un buen elenco de desconocidos y menos sensiblería de la habitual


La sociedad de la nieve, con 13 nominaciones a los Premio Goya y candidata por España al Oscar, es una de las películas del año. Se puede ver en Netflix, donde en 24 horas se convirtió en la más vista en todo el mundo en la plataforma. Con 60 millones de euros de presupuesto, el más caro de la historia de nuestro cine (superando a Ágora, de Alejandro Amenábar), se estrenó antes en cines (110 salas) y ha tenido un rendimiento muy inferior al de esa sandez titulada Ocho apellidos marroquís, con 9 millones de espectadores. Pero es lógico, el estreno en salas de La sociedad de la nieve fue simbólico, su verdadero público es el de la plataforma.

Quizás las cifras en salas no hayan entusiasmado a su director, Juan Antonio Bayona, al que llaman el Spielberg patrio, pero se puede consolar con las buenas críticas. “Gran película” para El Mundo, “Primorosamente realizada” para El País, “Obra impecable” para el ABC y “Un trabajo magnífico” para La Vanguardia. Las notas discordantes las han dado La Razón (“Un artefacto mecánico y ampuloso”) y El Confidencial (“Nos deja fríos y con hambre”).

La historia ya la conocen, pero por si acaso se la recuerdo: El 13 de octubre de 1972, 19 miembros de un equipo de rugby uruguayo, 20 de sus familiares y amigos, 5 de la tripulación y una mujer ajena al club viajaban en avión de Montevideo a Santiago de Chile cuando sufrieron un accidente en la cordillera de los Andes. 16 jóvenes sobrevivieron 72 días a 4.000 metros sobre el nivel del mar, con un frío insoportable y alimentándose de los cadáveres de los fallecidos.

Aunque no soy un admirador del cine de Bayona, La sociedad de la nieve me parece su mejor película. Superior, sin duda, al chapapote de clichés que es El orfanato. Mejor que Lo imposible, un caro telefilme de sobremesa. Mucho más digna que Un monstruo viene a verme, plagada de sentimentalismo facilón y en la que Bayona copió al Spielberg de E.T. El extraterrestre y Encuentros en la tercera fase.

La nueva película de Bayona, sobre jóvenes que ven cómo sus vidas se detienen de manera brutal, ahonda en su temática preferida: la inocencia (infancia o juventud) drásticamente interrumpida. Lo vimos en El orfanato (un niño que no sabe que es adoptado y tiene sida), Lo imposible (niños que sufren un tsunami físico y emocional) y Un monstruo viene a verme (un niño cuya madre se muere de cáncer). Su cine está plagado de familias rotas que se enfrentan a fenómenos paranormales (fantasmas, amigos imaginarios) o catástrofes (tsunamis, accidentes aéreos) al más puro estilo de Spielberg. Tampoco hay que olvidar que Bayona acabó dirigiendo una de las películas de la franquicia inaugurada por su maestro: Jurassic World: El reino caído.

Otro de los temas de su cine es la maternidad. Las madres de su cine luchan contra fuerzas malignas (El orfanato), de la naturaleza (Lo imposible) o su finitud (Un monstruo viene a verme) y tienen una clara ligazón con las madres de las citadas Encuentros en la tercera fase o E.T. El extraterrestre. Pero en La sociedad de la nieve las madres desaparecen y Bayona ofrece un nuevo relato de desamparo y supervivencia y con él un relato de amistad. No ahonda mucho en ella, eso sí. Las relaciones entre los jóvenes son superficiales y a Bayona y a sus tres coguionistas (Bernat Vilaplana, Jaime Marques y Nicolás Casariego) se les ve más interesados en la acción, que es lo mejor de la película.

Una de las apuestas más arriesgadas del guion de La sociedad de la nieve es la voz en off, técnica narrativa peligrosa para el cine porque suele verbalizar cosas que puedes mostrar con imágenes. Pero en este caso las diferentes voces en off están usadas de forma original y además ayudan a entender detalles que serían muy complicados o imposibles de mostrar en imágenes. Otro buen recurso, que enriquece a la película, es el uso del grafismo para enumerar a los que van muriendo y sus edades.

Si tienes un gran presupuesto y al todopoderoso Netflix detrás, es complicado salir mal parado a no ser que tu guion sea una calamidad, y no es el caso. La historia de La sociedad de la nieve sigue siendo alucinante, un relato de supervivencia con toques de terror gracias al aderezo del canibalismo cuando los jóvenes deciden salvarse comiendo los cadáveres de sus compañeros. Este elemento de la historia es primordial para el gran conflicto, que en realidad son dos: cometer un delito y cometer un pecado (casi todos los jóvenes son católicos, en especial Marcelo Pérez). En este sentido, son especialmente impactantes los momentos en los que los supervivientes comunican a sus compañeros que si mueren el resto puede comerse su cadáver.

Dicho todo esto, la razonable duda que te queda tras ver La sociedad de la nieve es: ¿por qué volver a rodar otra vez esta historia cuando Frank Marshall (productor habitual de Spielberg) ya rodó ¡Viven! (1993), película peligrosamente parecida a la de Bayona y muy superior a la pobre producción mexicana Supervivientes de Los Andes (1976)? Generalmente, los remakes se plantean para intentar mejorar el original y no es el caso. Bayona ha tenido el acierto de juntar un buen reparto hispanohablante y sin estrellas, lo que ayuda al realismo, pero sus reflexiones éticas y sus resultados formales son muy parecidos a los de Marshall. Por eso La sociedad de la nieve se consume igual que se olvida, como la película protagonizada por Ethan Hawke (como Nando Parrado).

Lo peor: la duración (2 horas y media se hacen largas), las pretenciosas parrafadas en las que los personajes hablan de dios, la innecesaria verbalización de una película de acción. Tan innecesaria como el subrayado del escepticismo religioso de Bayona (que recuerda bastante al de Amenábar): “Es un milagro”, dice la madre de un superviviente. “¿Qué milagro, mamá?”, responde tajante el hijo.

Lo mejor: la escena del accidente, fabulosamente rodada. También la escena de la avalancha y sobre todo su tramo final, lo más logrado de la película. La sociedad de la nieve brilla desde que los protagonistas escuchan que sus compañeros han logrado llegar a una zona poblada, la lectura de cada uno de los supervivientes en una retransmisión por radio o la escena en la que se acicalan para la llegada de sus salvadores. Y el desenlace, con el lavado de esos cuerpos famélicos que parecen sacados de un campo de concentración, con esos jóvenes enfrentados, en el puro desconcierto, a la normalidad. Pero esa es otra película. Que me encantaría ver algún día.


Madrid –

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