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Fotograma de ‘La sociedad de la nieve’

La sociedad de la nieve  

Bayona hace del sufrimiento una sinfonía y una oda a la luz


Bergman decía: Sé cómo levantarme en las mañanas, cómo lavarme el rostro, cómo vestirme para salir al día. Sé cómo cepillarme los dientes, cómo peinarme, cómo tomar café. Sé cómo dirigir a mis actores, cómo marcar una secuencia, encuadrar una toma. Pero no sé qué hacer con dios. Bergman decía: No sé dónde guardarlo, no cabe en mis almuerzos, en ningún sitio cabe, decía Bergman. Me duele la cabeza, decía. Entonces, miraba a Liv Ullman y filmaba el infierno.

Adrián Desiderato

Primero fue el abismo, luego el silencio. Cuando dios no está, es que está ocupado en trazar una gran pesadilla sin tregua y sin salida. Dios no está. Dios ha muerto intentando sobrevolar lo que no conoce, perdido en esos lugares de la tierra más allá de la tierra. Dios con un ala rota y desorientado -como casi siempre que alguien lo necesita-, lejos de las alturas, de la comodidad de la siesta celestial.

Nadie está preparado para bailar entre las nubes al son de los vientos del terror. Nadie espera un callado y pronunciado derrumbe blanco. Las miradas se llenan de gritos y las voces de un paisaje de una belleza insoportable. La belleza es insoportable o no es. La belleza es capaz de enceguecer el alma con un súbito apagón helado. Bayona lo sabe porque sabe exactamente cuál es la diferencia entre ver y mirar. Ver implica una percepción más clara y directa de la realidad, en cambio «mirar» suele ser solo un vistazo superficial.

Baudelaire también lo sabía: “Tengo miedo del sueño como de una ancha sima, lleno de un vago horror, que lleva a no sé dónde; contemplo el infinito en todas las ventanas”.

Entonces para qué abrir los ojos pudiendo soñar con un horizonte profundo, mudo y detenido en el parpadeo de un instante eterno.

Todos flotan entre la vida y la muerte. La muerte presentándose de distintas maneras durante la vida. Las primeras muertes de la gente que uno había pensado que no iban a morirse nunca. La muerte de uno mismo. Aquí está el director, haciendo de las suyas, reinterpretando los temas de la literatura y el cine, los mismos de siempre, pero narrados con un nudo insufrible, preciso, precioso. Una sinfonía del sufrimiento. Pero está sólo con su cámara, no parpadea, no deja que parpadee. Piensa en la tristeza, en el abandono, en el origen de la tragedia; en la oscura interrogación de los pájaros. Piensa en  esos hierros que crujen como el miedo, como la piel quemada por el hambre. Alguien tenía que componerla así, verla así, cuanto antes. Pero para eso se necesita sufrir junto al desorden turbio de las montañas, al borde de un precipicio, subido al lomo de todos los relámpagos, en la cima del infierno.

Pero también está la cuestión del catolicismo tapando la idea de la otra vida. A veces el pensamiento y el instinto coinciden en un vértice de espanto: La nada. Una eternidad alumbrada por un diminuto y fugitivo instante de conciencia desesperada. Eso es lo que se ve a través de la angustia de Bayona que, a pesar de su espectacularidad y del cine catástrofe financiado por Netflix, no puede evitar hablarnos de estas cosas. ¿Acaso es posible?

A quién le importa lo que ha costado la producción si lo que subyace entre las nubes, la montaña y la comunión de la carne sepultan y superan a la pequeña y miserable angustia individual.

Sumido en una turbulencia existencial y sin potencia, Bayona hace un viaje hacia la trascendencia sin estrellarse. Comanda con esa otra cosa que no sabemos lo que es pero que es imprescindible. Y también con la idea del cielo y del infierno. Sin los toscos decorados de los ejercicios espirituales, pero con toda la fuerza primitiva que incendia su espíritu de creador. A pesar de la historia, de conocer su final. Solo que al final el cielo y el infierno significan otra cosa para él. El cielo para poder sobrevivir y la vida en los otros. El infierno de la ética y la culpa en el espíritu y la mente de quien lo va contando, de quien no debería haberse subido nunca a un avión.

Luego otra vez la misma cuestión. Un acto tan sencillo de la vida: Todos necesitan la muerte. Poder decir con valentía que en ese horizonte de tinieblas hay una salida. El fin de todo sufrimiento, el comienzo de un responso vacío, donde poco a poco no va quedando nadie.

Lo que acabo de hacer es dilucidar solo un pequeño párrafo de una página de las casi cuatrocientas de “Recuerdo de la muerte” de Miguel Bonasso. Algunas palabras y citas las pude meter en la turbulencia de mi escritura para que se fundieran con la más absoluta y abyecta desesperación de una caída sin fin.

“La sociedad de la nieve” acaba mal, en serio. Acaba mal porque hay frases que dinamitan el final feliz de haber encontrado a los miembros de una sociedad cegada por la culpa. Acaba mal porque tiene que acabar mal. Los cuerpos raquíticos y sucios. El milagro transparente de una ducha. La inenarrable mirada de una madre encontrándose con su hijo. ¿De qué milagro hablas mamá? Y la dificultad de no poder probar bocado.

El libro está ahí, como el fin. La película está ahí, como la ausencia. Y la resurrección de la carne como un problema sin solución.

No estoy aquí para evaluar la factura de una superproducción. Tampoco estoy para ensalzar la naturaleza de un reparto desconocido ni la fotografía con grano o textura. Hay belleza porque hay desesperación.

Pero para lo que sí estoy preparado es para decir, cuando quiero y como quiero; que hay días en los que uno se quiere morir.


Madrid –

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