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Magia negra y ciencia blanca. Cuentos de buenos y malos para salvar África

En la sala Cuarta Pared de Madrid se ha estrenado la obra teatral Érase una vez un G.I. Joe en la Cólquide de Uganda, a partir de la campaña Kony 2012 de Jason Russell, que su autora, Paloma Arroyo, ha entreverado con el mito griego de Jasón y Medea


En 2012, un joven blanco y rubio de California pensó que podía salvar Uganda y poner la primera piedra para liberar África entera de sátrapas desalmados. Movilizó a miles de compatriotas, aunque muy probablemente el 90 por ciento de los estadounidenses no sabe colocar Uganda en el mapa. Tampoco los europeos, no nos vayamos a creer más que los otros. África es más un concepto que un continente y mucha gente piensa que es lo mismo un argelino que un sudafricano, un senegalés que un keniata. Igual pasa con otros territorios del sur global, estén en Asia o en Latinoamérica. Esta obra habla, para empezar, de esa relación cultural colonial que se establece en desigualdad y de los monstruos que engendra. Su título es más que sugerente: Érase una vez un G.I. Joe en la Cólquide de Uganda.

En seguida, una pregunta: ¿estamos legitimados desde este lado privilegiado del mundo, no solo para promover acciones militares en lejanas latitudes, sino tan solo para escribir sobre conflictos como el de Uganda? De esto también habla esta obra, escrita por Paloma Arroyo y dirigida por Ana Contreras. Y de más cosas. Habla de la tensión entre la ficción y la realidad, del teatro que usa testimonios y documentos reales, de las narrativas audiovisuales usadas en política a modo de propaganda, de la manipulación, de la viralidad, de las tragedias, las clásicas y las contemporáneas, del extractivismo cultural y de sus implicaciones morales. Todo ello fundiendo a dos blancos colonialistas, Jasón (el de los argonautas) y Jason Russell (el rubito de California), con dos personajes racializados y -¿causa-efecto?- maltratados: Medea y el niño soldado ugandés Jacob. Solo por zamparse esta ensalada temática, ya vale mucho la pena la obra.

El vídeo puede verse todavía en YouTube, se llama Kony 2012, como toda la campaña que montó el realizador y activista Jason Russell después de estar en Uganda y conocer de primera mano la situación de muchos niños y niñas usados -a base de secuestros y vejaciones- por las tropas rebeldes del norte del país al mando del malo malísimo Joseph Kony. Se marcó un doble objetivo: primero hacer famoso a Kony y luego convencer al gobierno de Estados Unidos para que enviara tropas a Uganda y lo atrapara. Lo consiguió casi todo. Hizo famoso a Kony, con una de las primeras grandes viralizaciones de la era de las redes sociales (superó los 100 millones de visualizaciones en apenas unos días y, sobre todo, recaudó 5 millones de dólares en 48 horas) y consiguió que el gobierno de Obama enviara 100 soldados (100, sí, una racanería) para trabajar con el ejército oficial ugandés. La cuestión es que Kony y los suyos hacía ya mucho tiempo que no estaban en Uganda y los soldados y oficiales del ejército estatal tampoco eran hermanitas de la caridad y pronto se supo que ellos también violaban y mataban impunemente.

Una década después sabemos ya que lo que se viraliza, se viraliza para bien y para mal. Aquel vídeo, además de convertir a un militar sanguinario en un meme, se le volvió en contra a Russell porque era un gigantesco spot publicitario que, no solo simplificaba la narrativa hasta el manido combate entre buenos y malos, sino que usaba a su propio hijo, Gavin (también sale en la obra), para enternecer con sus cabellos dorados y sus ojos azules a los duros de corazón. Espectacularización de la vida privada. Música épica, montaje frenético, gente haciendo cosas a la vez y multitudes sonrientes gritando consignas con el puño en alto. Famosos y figuras de autoridad. Toda una batería de imágenes apelando a las emociones para conseguir un sueño individual, porque una vez el rubito californiano, conmovido por lo que le contó llorando un niño soldado en Uganda, le prometió, como un héroe, como un semidiós, que volvería para salvar a su pueblo.

Y volvió, como Jasón con el vellocino de oro. Y como Jasón, traicionó a su Medea. Los mitos griegos que tenemos en el sustrato de nuestra cultura están llenos de violencia, pero hemos aprendido a contarlos como se le cuentan cuentos a un niño y a normalizar determinadas cosas. Para Russell, todo esto es como un sucedáneo de Star Wars, su hijo entiende perfectamente qué está pasando cuando le dice que Kony es el Darth Vader de esta historia. Como recoge en el texto de la obra Paloma Arroyo, “campañas tan simplistas como esta perpetúan los clichés de África como tierra de guerras y violaciones, de villanos de película y víctimas inocentes que han de ser rescatados por el hombre blanco. Es estúpido pensar que para algo así existe una solución simple, sencilla y fácil”.

Probablemente, Russell no era consciente de que su ingenuidad estaba plantando una semilla que años después ha dado como resultado el uso de todas estas herramientas narrativas para manipular y poner en la mayor crisis de su historia al periodismo y a la propia verdad (y traernos a Milei y a Ayuso, de paso). El teatro, templo de ficciones en presente, lleva unos años transitando por las posibilidades de lo real en escena, con un auge del llamado teatro documental o de la auto-ficción (aunque esta última yo la asimilaría más a los tiempos ultra individualistas, pero este es otro tema). Cuando la ficción ha invadido la realidad, la realidad ha entrado en este territorio de lo ficticio que es el teatro porque es un lugar seguro, a salvo de algoritmos e inteligencias artificiales, por ahora. Al menos es un lugar que permite, como esta obra propone, desplegar unas temáticas tanto para sentirlas como para pensarlas.

Paloma Arroyo, la autora de la obra, introduce en su texto esta dialéctica entre lo nuestro y lo que no conocemos porque lo hemos colonizado, porque su esencia yace sepultada bajo toneladas de cultura impuesta. Erramos constantemente en el intento de descolonizarnos, tanto como los hombres erramos en la deconstrucción de la masculinidad hegemónica heteropatriarcal. Y está bien, no erraríamos si no lo enfrentáramos. ¿Dónde está el límite entre contar y ayudar o explotar el trauma de los otros? ¿Cabe seguir imponiendo nuestros mitos como base del relato cultural en la América precolombina o en África? Enfrentar la historia de Jason Russell y el niño Jacob con la de Jasón y Medea desemboca en una frase lapidaria que dice el más inocente de todos los personajes, Jacob: “la justicia es una retórica de hombres blancos que yo no entiendo”.

Con épica griega y con hechos reales, con voces múltiples, con actores y actrices que no se esconden tras la máscara, que hablan a público, que se cuestionan al mismo tiempo que representan, que narran y rompen los roles, con un coro que parece una voz de la conciencia occidental tan hastiada que habla desde un sarcasmo cáustico, la obra se presenta en un montaje lúdico, desnudo, tiempo, espacio y cuerpo, al que quizás le falte un velocidad más, hacerlo todo más intenso, masticarlo menos, restarle teatralidad convencional a un texto que está poniendo esa teatralidad vetusta contra las cuerdas. Porque nuestros clásicos no son sus clásicos ni merecen ser colonizados, también, por la sarta de relatos simplistas sobre buenos y malos que infantilizan no solo a los receptores, si no a los sujetos mismos del relato, como le pasa a los “negros de África”, así, como frase hecha, en la campaña de Russell.

Un camino hacia la descolonización podría estar quizás (si me permiten la aportación al debate que enciende la obra de Paloma Arroyo) en lo que escribía José Antonio Sánchez a propósito del trabajo de la compañía colombiana Mapa Teatro y de lo que supone representar las realidades amazónicas: “Tendríamos que cambiar toda la poética aprendida, comenzando por el concepto central, el de drama. ¿Cuántas veces hemos repetido, citando a los griegos, que “drama” significa acción y, leyendo a los alemanes, que el drama se basa en el conflicto? Habría que sustituir ese concepto por una idea nueva, a la que habría que encontrar una palabra, que en la limitación de nuestro idioma sólo cabría nombrar con los términos “transformación” o “metamorfosis”. El acontecer ya no sería el de cuerpos individualizados que interactúan en un espacio con límites definidos, sino el de cuerpos entrelazados, sin bordes fijos, que se transforman unos en otros. (…) No es poca ganancia desvalorizar el conflicto, pues el desacuerdo y el disenso pueden ser necesarios, incluso urgentes, pero de ahí no puede derivarse otorgar valor al conflicto en sí mismo. El valor en cambio recaería sobre la vida y todo aquello que la posibilita y la refuerza, incluida la simbiosis, la de los árboles que se entrelazan, la de los organismos que se acoplan, o las adiciones mediante las que se vuelven indistinguibles los supuestos seres unitarios para hacer emerger las comunidades y las tramas de vida.”


ÉRASE UNA VEZ UN G.I.JOE EN LA CÓLQUIDE DE UGANDA

Sala Cuarta Pared

Hasta el 9 de diciembre

Autora: Paloma Arroyo

Directora: Ana Contreras

Intérpretes: Esther Arranz, Nadal Bin, Begoña Caparrós, Rita Carrasco, Mamadou Coulibaly, Thomas King Jessica Miranda, Julio Provencio y Paola T.

Madrid –

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