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‘Mano de hierro’: comedia involuntaria que se une al indigente catálogo de Netflix

Guiones atroces, diálogos bochornosos, actores perdidos y un cúmulo de inverosimilitudes hacen de esta serie un total disparate


Lluís Quílez no es nuevo en Netflix, hace tres años estrenó, y con éxito, la película Bajocero. Para su ópera prima en el largometraje, Quílez contó con un buen trabajo de Karra Elejalde y Luis Callejo, pero la película naufragaba hasta ahogarse en el ridículo más espantoso en su tramo final. Igual que en su nueva película, Bajocero (que mezcla, de forma ridícula, el caso Sandra Palo con Con Air y Seven) está plagada de personajes estereotipados y giros de guion que acaban resultando hasta ofensivos.

Con Mano de hierro, su serie para Netflix, ya se puede confirmar que el “estilo” de Lluis Quílez va ligado al despropósito, al todo vale. Si en Bajocero la credibilidad brillaba por su ausencia (llaves resbaladizas dentro del furgón, tiroteos absurdos, casualidades de risa, ni un móvil en escena, ni un seguimiento policial a un furgón lleno de presos raptado toda una noche…), en Mano de hierro la verosimilitud ni está, ni se le espera. Aquí tenemos, nuevamente, una ineficiencia policial que clama al cielo y a un malo malísimo que maniobra en el puerto de Barcelona como si fuese su cortijo (apaliza y asesina a gente sin que las autoridades descubran absolutamente nada), tiene comprados a DOS guardias civiles y solo con eso tiene controlada la entrada a Europa de contenedores con kilos de cocaína manejada por mexicanos e italianos.

Se supone que Mano de hierro es un violento thriller sobre el narcotráfico y el oscuro mundo de los estibadores (sobre el papel suena bien), pero en realidad es una comedia involuntaria. La serie pretende ser Narcos, Fariña o incluso The Wire, pero es chusca y da mucho pudor verla. Para empezar por los cochambrosos guiones, firmados por Lluís Quílez, Daniel Corpas, Arturo Ruiz y Asier Guerricaechevarría, sobrino de Jorge, fiel guionista de las gruesas películas de Álex de la Iglesia. Sus diálogos están a la altura de una función de teatro de fin de curso, las tramas son pueriles y, para colmo, al final nos amenazan con una segunda temporada.

Para seguir, por los pobres actores, que están perdidos, hacen lo que pueden con el piloto automático puesto, con la credibilidad y el registro emocional de un Mister Potato. Además, el reparto está totalmente descompensado. En él conviven, malamente, enormes actores como Eduard Fernández o Enric Auquer junto a mediocres intérpretes como Daniel Grao, el espantoso Jaime Lorente o Chino Darín, que, definitivamente, no ha heredado el talento de su padre.

Nada se salva en Mano de hierro, todos los personajes están pésimamente trabajados, escritos a hachazos, son puros monigotes sin profundidad o interés alguno, creados de forma grosera y vulgar. En resumen: un gran villano manco que lleva una mano de hierro y trata a la gente con mano de hierro (¿han pillado el juego de palabras de guardería?), un hijo ludópata, una hija que es controladora en el puerto y está casada con un criminal que trabaja para su padre y le engaña con un joven boxeador y un hermano alcohólico (bebe botellines de ginebra del trago y se ducha poco) que está enamorado de una prostituta que recibe clientes a domicilio.

El potingue también incluye a dos policías infiltrados (es ridículo que el personaje de Eduard Fernández no conozca al personaje de Darín, que se hace policía sin pasar por una academia), dos guardias civiles untados y una jueza que quiere cazar a una gran red de narcotráfico en la que están implicados unos mexicanos (uno de ellos practica la santería y nos explican por qué en un flashback tronchante) que se han librado de unos piratas en altamar con sus armas automáticas, escena que es una pura charlotada.

Pero hay mucho más en el mejunje. Por ejemplo, una escena carcelaria que es un festival del cliché, un protagonista ensangrentado y desfigurado que entra en un hospital sin que nadie del centro le diga nada, la patética reunión de corruptos en un club de fútbol, la escena en la que dos protagonistas entran en un laboratorio de cocaína como si entrasen en un Mercadona, la inverosímil masacre de un grupo de policías de élite en un tiroteo y sin consecuencia alguna… Cada episodio es una demencial compilación de disparates.

Lo mejor: nada.

Lo peor: la violencia innecesaria y de mal gusto, los espantosos flashbacks, el plagio, patético, de la escena del cuchillo en Aliens (a su vez copiada por James Cameron de El cuchillo en el agua, de Polanski), la gratuita orgía gay, el orondo Sergi López matando (a lo Chuck Norris y con un tiro en el estómago) a cuatro hombres, el vergonzoso flashback a la boda del personaje de Natalia de Molina, las chuscas secuencias del secuestro de su hija… mejor me paro.

Netflix sigue en su línea de pésimas ficciones de usar y tirar, de consumir como se consume una bolsa de palomitas de microondas. Desde hace años les vale con eso, saben que este tipo de inmundicias tienen un púbico que no exige absolutamente nada. No les hace falta innovar o trabajar, cuidar especialmente los guiones, tramas y personajes, les basta con un caro envoltorio, una buena producción. No soy el único que sufre desazón viendo estas mediocridades. Lo único que demuestra Netflix con esta serie, y con muchas otras de su indigente catálogo, es que tienen muchísimo dinero, pero ningún talento para descubrir y financiar el talento, que es de lo que va ser un buen productor. Si no haces series honestas, que cuajen, que busquen perdurar, no fabricas televisión, fábricas alpiste. Y lo peor de todo es que este tipo de pasto audiovisual está haciendo muchísimo daño porque está acostumbrando a los espectadores a consumir lo que sea, sin criterio, sin filtro.

Es demoledor pensar que la gente se lo come todo, capítulo a capítulo, temporada a temporada, sin descanso. Que no hay criterio, que todo vale y se pide más, hasta el empacho. La gente sigue llenando su ocio con toneladas de mugre televisiva y seguimos inmersos en una peligrosísima bulimia audiovisual.


Madrid –

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