Imanol Arias, protagonista de la adaptación teatral de la obra de Miller

Muerte de un viajante: una pesadilla americana

Hasta el 3 de diciembre se representa en el Teatro Infanta Isabel de Madrid una de las obras más reconocidas de Arthur Miller, quien puso siempre la crítica social en el centro de sus obras


Se afirma convencionalmente que en muchas disciplinas artísticas dentro de la cultura, y esto me parece que adquiere una relevancia especial en el mundo de las artes escénicas, podemos adjudicar la categoría de clásico a aquel texto en el que las cuestiones que plantea —bien sea de Eurípides, Molière, Lorca o Chéjov— siguen siendo tan vigentes en la actualidad como en el momento en el que se escribieron. En este sentido, esta nueva versión de Muerte de un viajante es un clásico fundamental de la historia del teatro contemporáneo, que nos muestra que tanto cuando se estrenó en 1949 como ahora en 2023, la sociedad que en la que vivimos, aquella “sociedad del espectáculo” sobre la que teorizó Guy Debord en los años sesenta, perviven los mismos mecanismos de deshumanización, cosificación y explotación que el capitalismo aplica para lograr sus objetivos.

Muerte de un viajante es quizá la obra más reconocida de Arthur Miller, autor que a lo largo de toda su trayectoria puso siempre la crítica social en el centro de sus obras como elemento fundamental, en especial a medida que en la América de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX el conservadurismo más reaccionario se fue estableciendo en la sociedad estadounidense. Si esta tendencia se mostró claramente en obras como Todos eran mis hijos, por la cual tuvo que comparecer ante el comité de actividades antiamericanas en medio de la paranoia ultraderechista desatada durante la caza de brujas del senador McCarthy o, posteriormente, en Las brujas de Salem, inteligente, mordaz y velada crítica a aquella atroz caza de brujas, en Muerte de un viajante sería donde esa crítica se mostraría de manera más poliédrica, más diversa y más impactante.

La historia narra las últimas 24 horas de vida del viajante de comercio neoyorquino Willy Loman, un hombre que ha trabajado muy duro durante toda su vida para poder dar un hogar estable, un bienestar y unas posibilidades de futuro a su familia, y que, a modo de consuelo ante la mediocridad de su vida, se ha fabricado inconscientemente un pasado como gran vendedor de éxito que en realidad nunca fue tal, pero sobre el que ha inculcado a sus hijos unos valores de competitividad basados en la falacia del “sueño americano”: el ascenso en la escala social, el triunfo en el trabajo, la meritocracia, la ambición… valores que su hijo mayor Biff personifica en la metáfora de sus ansias de ganar un partido de fútbol americano en su instituto, un triunfo que quiere dedicar a ese padre triunfador al que admira, pero cuya relación quedará trágicamente rota para siempre cuando descubra que su padre no practica lo que predica y que engaña a su madre con otra mujer durante sus viajes de trabajo. Ese giro de la historia da más verosimilitud a la historia: Willy es una víctima del sistema, sí, pero no es un santo. Y trata a su mujer en más de una ocasión de manera abierta y repugnantemente machista.

La obra juega mucho con los flashbacks, que reproducen tanto recuerdos reales como ensoñaciones casi alucinógenas de su protagonista, en las que aparece recurrentemente su hermano Ben, ya fallecido, el símbolo del éxito que él nunca pudo lograr, que repite de manera obsesiva: “Yo entré en la jungla con 17 años, salí con 21 años y te aseguro que ya era rico”.

Willy Loman es un trabajador explotado durante décadas por su empresa, sabedor en su fuero interno de que no es el vendedor triunfador al que reciben entusiastas cientos de clientes cada vez que llega a una ciudad a enseñar sus muestrarios y que ha intentado suicidarse. Muy animado por su mujer Linda, decide presentarse a Howard, el director de su empresa e hijo del primer director que le contrató para pedirle que le facilite trabajar en Nueva York y tener un sueldo mejor que le permita poder seguir pagando su hipoteca y su seguro de vida. En lugar de acceder a tal pretensión, Howard le anuncia que le despide, dado su escaso rendimiento en ventas. Esa decepción, unida al enfrentamiento con su hijo Biff y su hermano en la cena que habían concertado esa misma noche, provoca el trágico e inevitable final.

“En esta vida solo eres lo que seas capaz de vender”, una frase que define claramente la patraña del “sueño americano” y la naturaleza depredadora del capitalismo

Una experiencia personal del propio Arthur Miller —que, a causa de la Gran Depresión de 1929, pasó de vivir con su familia en una amplia y confortable casa a una vivienda de Brooklyn mucho más pequeña y menos dotada— inspiró el escenario de la obra: la casa de Willy y Linda es una proyección de aquel pobre piso de Brooklyn, cuya hipoteca llevan veinte años pagando y de la que Willy, cuando se asoma a la ventana, se queja amargamente de que han talado los árboles que se veían cuando compraron la casa y que ahora solamente se ven moles de ladrillo y cemento uniformes, sin personalidad ni estética alguna. Para aquellos que sean de Madrid, seguro que —como a mí— les habrá venido a la cabeza la disparatada tala de árboles que el necio de Martínez-Almeida pretender perpetrar, así como la barbarie urbanística que se ha planificado destrozando el patrimonio histórico inmobiliario de un barrio como Tetuán. “Deberían meter en la cárcel a quienes han permitido hacer esa barbaridad”, exclama Willy.

“En esta vida solo eres lo que seas capaz de vender”, una frase pronunciada por Charly, vecino y amigo que ha logrado también ese bienestar social que Willy ambicionaba, define claramente la patraña del “sueño americano” y la naturaleza depredadora del capitalismo frente a todo instinto, sentimiento o convicción que tenga que ver con la solidaridad, la fraternidad o la idea de lo común, de lo colectivo, de lo social. Individualismo extremo, desprecio por toda concepción de la sociedad como un ente comunitario, y una épica (casi una erótica) del triunfo (en más de un fragmento del texto se hacen veladas alusiones a cómo el éxito económico genera atracción hacia el macho triunfador por parte de las mujeres) es lo único que debe regir la vida de las personas.

Significativa la escena final: el día que se entierra a Willy, su mujer Linda llora recordando que justo ese día han pagado la última cuota de la hipoteca de la casa y cómo ninguno de los grandes amigos de Willy acude a su entierro, mientras que Biff, enfrentándose a su envidioso e hipócrita hermano Happy, desmonta los mitos sobre su padre y reivindica que tanto Willy como él eran, son, simplemente personas normales… y, con ello, pareciera que abre una puerta a la esperanza de un futuro mejor liberados del opresivo modelo del “sueño americano”.

Esta versión, dirigida por Rubén Szuchmacher, tiene como protagonista a Imanol Arias, cuyo trabajo es sencillamente sensacional. Lejos del ya tópico personaje de Cuéntame, su interpretación de Willy es, de largo, lo mejor de la representación, así como la de Cristina de Inza en el papel de la sufrida y atormentada Linda. Menos convincente resultan, a mi juicio por sobreactuación, por exageración, Carlos Serrano-Clark y Andreas Muñoz, quizá en especial este último, en los papeles de Happy y Biff, respectivamente.

La obra se representa de miércoles a domingo en el Teatro Infanta Isabel de Madrid hasta el próximo 3 de diciembre. Créanme, merece la pena verla y reflexionar sobre su contenido.


Madrid –

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