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‘Oppenheimer’: permítanme que discrepe

Llega a las plataformas de streaming la gran triunfadora de los Oscar, un telefilme histérico a mayor gloria de un monstruo


Hay películas, como ‘Oppenheimer’, que detrás de su envoltorio histórico, y supuestamente intelectual, esconden una perversa argucia ideológica. La nueva película de Christopher Nolan, basada en el libro Prometeo Americano, de Kai Bird y Martin Sherwin, no juzga al físico que creó las bombas que asesinaron a 250.000 personas, sino que prefiere mostrar el proceso que sufrió por sus simpatías y amistades comunistas. Además, Nolan lo expone con una ineptitud narrativa que clama al cielo.

La crítica, como es habitual en Nolan, se lanzó a glorificarlo y dedicó al filme infinidad de páginas. “Éxtasis y fascinación de una obra maestra que hace ¡boom! Christopher Nolan toca el cielo” (El Mundo), “Una de las mejores películas de la década” (Chicago Sun-Times), “La obra más madura de Nolan” (BBC), “Una obra maestra monumental” (The Washington Post)… Parecía que acababan de ver Lawrence Arabia.

Entre muchos de los ensalzadores, hubo críticos que apuntaron que Oppenheimer es “una película difícil”, pero no lo es. En realidad, es una película facilona, confusa, tediosa y de una pobreza cinematográfica alarmante. Nolan recurre a una realización televisiva y a una edición basada en cortísimos planos que hacen que la película parezca una sucesión de tráilers en vez de una sucesión de secuencias. La película no respira.

Y siendo una película excesivamente hablada (el palique llega a ser mortífero porque muchas veces no sabes de qué diantres te están hablando), las secuencias de diálogos, de montaje picado y siempre acompañadas de música machacona, convierten a Oppenheimer en un filme histérico más que histórico. Además, sus diálogos no son naturales, resultan tan pretenciosos que parecen sacados de cualquiera de los Batman de Nolan (“Tú ves cosas que nosotros no vemos”, “¿Cómo podía ser tan ciego este hombre que vio tanto?”).

Tampoco funcionan los saltos temporales, que llevan a la película al desastre porque está tan mal cortada y ordenada desde el inicio, que Nolan es incapaz de explicarte como es debido el talento de Oppenheimer, ni su carrera, ni su pasado político, ni sus relaciones de pareja. Hay subtramas tan funestas como la del hijo al que abandona (algo tan dramático en la vida de una persona) y del que no volvemos a saber más.

Por culpa de tan desastrosa escritura y edición, nunca conseguí entrar en la película, ni me atrajeron sus personajes, que, además, son demasiados. Y en ningún momento está justificado que Oppenheimer no sea un relato lineal y más comprensible. Sus elipsis son pésimas, como cuando vemos a discípulos vitorear a Oppenheimer como si de una estrella del rock se tratase, pero no conocemos las razones que le han llevado a semejante fama.

A este errático montaje se le unen licencias narrativas ridículas. Para plasmar el complicado funcionamiento del cerebro de su protagonista, por ejemplo, Nolan nos ofrece un festival de planos supuestamente ligados a la física: estrellas, fuego, explosiones y chispas que pretenden ejemplificar la fusión nuclear. Otro de los momentos más risibles de la función llega cuando sus interrogadores le preguntan por una infidelidad a Oppenheimer y Nolan muestra a Cillian Murhpy desnudo copulando con su amante sobre su silla y frente a los miembros de la Audiencia de Seguridad. Bochornoso, igual que cuando Oppenheimer observa al público que lo aclama con sus rostros arrasados por la radiactividad o a sus interrogadores cegados por la luz nuclear.

Tampoco hay que olvidar el palique científico, el mayor lastre de toda la película. Durante sus tres largas horas, sus protagonistas usan una jerga científica que es imposible que un espectador medio pueda sobrellevar. Supongo que Nolan busca a espectadores de su altísima talla intelectual, pero como no es mi caso, y creo que tampoco el de millones, cuando llegan las parrafadas científicas y políticas me aburro. No es la primera vez, generalmente el cine de este hombre me aburre soberanamente.

Otro de los mayores desatinos del guión de Oppenheimer (que no tiene la altura cinematográfica de otros filmes sobre la bomba atómica como Lluvia negra, de Shohei Imamura o Rapsodia en agosto, de Akira Kurosawa) es la nula mención, solo verbal y de forma errada, de la competición de los nazis por conseguir la bomba atómica para ganar la guerra. El filme solo se centra, y de forma machacona y repetitiva, en el acoso al científico por sus antiguas simpatías comunistas. De eso va principalmente el filme, no sobre la creación de la bomba y su terrorífico uso.

Con este enfoque, unido a las conjuras como la de su archienemigo Lewis Strauss (que como espectador me importan un comino), Oppenheimer blanquea a un individuo que creía en la necesidad de acabar la guerra matando a cientos de miles de personas y en ciudades que tenía muchos más civiles que militares. Y ese blanqueamiento se remata con la escena en la que el presidente Truman, ante el sentimiento de culpa que le muestra el científico, le contesta que el responsable del lanzamiento de las bombas es él, el presidente. La ciencia solo está al servicio del poder.

Para colmo, el último Nolan, posiblemente el director más sobrevalorado de las últimas dos décadas, no muestra el horror y devastación de la bomba creada por Oppenheimer con honestidad, detalle y arrojo. Y esa omisión, claramente intencionada, se me antoja repugnante.

Lo mejor: el parecido entre Cillian Murphy y Oppenheimer.

Lo peor: el guion y su realización, dignos de un telefilme, el espantoso montaje, la fallida fotografía (un blanco y negro gratuito y un color excesivamente sobrexpuesto) y esa anodina banda sonora que subraya cada plano “importante”.


Madrid –

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