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‘(P)Ícaro: El pequeño Nicolás’: viaje al interior de las cloacas con un guía de excepción

Netflix ha estrenado la miniserie dedicada al joven embaucador, un trabajo que destapa a una élite empresarial y política tan rancia como ridícula


El Pequeño Nicolás me parece un infeliz de la misma manera que yo le parecería un infeliz al Pequeño Nicolás. Veo y escucho a este joven sin entenderlo, como a un extraterrestre, alguien absurdo, obsesionado por medrar, las influencias, el dinero, la ostentación. ¿Da para una miniserie de Netflix? Con un largo de 90 o 120 minutos hubiese bastado, pero a pesar de todo el producto, bien facturado, se consume por una sencilla razón: el Pequeño Nicolás es un guía perfecto en un viaje que descubre a un país cutre, ridículo y podrido en el que la palabra berlanguiano sigue estando muy vigente. También un buen retrato de lo que es un niñato de derechas, de ese Madrid pijo, clasista, facha y rancio, de lujosas discotecas de gorila con pinganillo en la puerta y reservado con Moet & Chandon Magnum. De veranos en Ibiza, Marbella y Sotogrande.

Aunque quizás sus autores (Javier Ocaña, Adolfo Moreno y Javier Ruiz) lo buscan, no me sorprende o escandaliza especialmente lo que expone su miniserie. A la jueza responsable del caso, en cambio, sí le sorprendió. Y declaró que no entendía que «con su mera palabrería, aparentemente con su propia identidad», el Pequeño Nicolás pudiese acceder a las «conferencias, lugares y actos a los que accedió sin alertar desde el inicio de su conducta a nadie».

El Pequeño Nicolás, del que el informe del médico forense de su juicio concluyó que posee «una florida ideación delirante de tipo megalomaníaco», ​no es nuevo ni original. Podría ser un joven comisionista que enreda a los participantes de la cacería de La escopeta nacional. Podría ser el DiCaprio de Atrápame si puedes o el Ryan O´Neal de Barry Lyndon, un jovencito de buena apariencia que en realidad es un cerebral trepa y un farsante. ¿Cuántos como él merodean y practican el arribismo en el mundo empresarial y político en España? Y en el cultural, artístico, mediático… Son incontables y pueden ser igual de jóvenes y cameladores. Y todos son parte sustancial de un sistema casposo, basado en el conchaveo y en la pura apariencia.

El título de la miniserie, de montaje inteligente y con estupendas maquetas que simulan un juego de mesa tipo Monopoly, se refiere al personaje de la mitología griega retenido junto a su padre, Dédalo, en la isla de Creta por Minos, rey del lugar. Dédalo decidió escapar fabricando unas alas para él y su hijo, al que le pidió que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera con la que estaban hechas las alas. Imprudente, no le hizo caso y cayó al mar, como el Pequeño Nicolás cayó en las redes de la policía y de unos medios de comunicación hambrientos de personajes tan estrafalarios y ridículos como él. Carne de revistas del corazón, tertulias, informativos, realities, talk shows y programas humorísticos (hasta Joaquín Reyes lo parodió).

Lo primero que llama la atención de (P)Ícaro: El pequeño Nicolás es la complicidad de la madre del susodicho, María del Carmen Iglesias. Lo primero que suelta de su hijo es que «era un salao», testimonio que se enriquece con los vídeo caseros y familiares en los que se descubre la enferma ambición del muchacho, que empuja a la madre a los actos por la muerte de Juan Pablo II (su aparición en Telemadrid, como un niño repelente, es demencial) o a los saraos peperos hasta llegar a FAES, el chiringuito de Aznar en el que lo apodaron, con solo 15 años, «Fran FAES». Fascinados, en el PP descubrieron que ese pijo de claros ojos y dentadura caballuna tenía muy buenos contactos y se desenvolvía de maravilla en las discotecas a las que acudían hijos de ministros, nobles y grandes financieros, la eterna élite. A los empresarios de la noche les facilitaba clientes ricos y a los políticos les conseguía público pijo y entregado para sus conferencias y mítines. La gran impostura se puso en marcha.

Francisco Nicolás Gómez Iglesias ejemplifica algo cardinal: en España, sin ser nadie, solo con la fachada, la superficie y la puesta en escena eres alguien. Y este joven era la pura nada, nadie. El Pequeño Nicolás «estudió» en un colegio de deportistas de élite sin tener facultades para entrar en el centro, coló a alguien por él (con un DNI falso) para aprobar la selectividad, logró que le manipularan un carné de conducir falso y nunca acabó derecho. Y, para colmo, es un ignorante, su vocabulario es limitado, su forma de expresarse está plagada de estúpidas frases hechas y le falta hasta la mínima clase (acostumbra a poner los pies encima de la mesa en sus reuniones como signo de poder).

A pesar de que su investigación policial y judicial parece de peso, es una lástima que la información financiera que se expone en (P)Ícaro: El pequeño Nicolás sea escasa, imprecisa y brumosa. La miniserie no llega a indagar seriamente en el fondo del éxito económico del Pequeño Nicolas (chalé de diseño en El Viso con un elevadísimo alquiler pagado por la consultora Edhinor, champán, lujo, fiestas…), se nos dice que es un conseguidor y un comisionista, pero no sabemos de qué y por qué. Además, ante la cámara resulta un tipo tremendamente deshonesto, un fabulador que no suelta prenda.

La miniserie, en la que nadie del PP ha querido participar, logra hablar de un dinero contante y sonante cuando se refiere a los 30.000 euros que el lozano golfante ofreció a Miguel Bernard, secretario general de la organización ultraderechista (dato que la serie pasa por alto) Manos Limpias y encarcelado por extorsión, organización criminal, fraude contra la hacienda pública, falsedad documental y fraude en subvenciones. Nicolás le ofreció ese dinero, supuestamente, como favor a la Casa Real (logró ser invitado a la coronación de Felipe VI y disponía del teléfono personal de Juan Carlos I) y para que Manos Limpias no atacara judicialmente a la Infanta Cristina.

Javier Ayuso, que fue director de comunicación de BBVA, de la Casa Real y adjunto al director de El País (otro tipo que, no cabe duda, sabe moverse en las altas esferas), es tajante: solo estamos ante un sinvergüenza. Otros de los entrevistados son mucho más oscuros: el excomisario Villarejo, un tipo pasmosamente rústico que se dio a conocer por el Pequeño Nicolás, Javier de la Rosa, conocido por el escándalo del caso KIO, o Francisco Martínez, que fue secretario de Estado de Seguridad y está de actualidad: el jueves 22 el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz acordó admitir una querella de Podemos contra él y con ello aceptó también investigar la guerra sucia del Gobierno del PP contra Podemos. La querella se presentó por delitos de organización criminal, apoderamiento y revelación de secretos, prevaricación administrativa y falsedad documental. También por malversación y por delito contra las instituciones del Estado, pero Pedraz desechó estos dos últimos delitos.

Finalmente, y como en una película de gánsteres, al Pequeño Nicolás se le fue la olla, montó un circo ridículo haciéndose pasar por alguien de la casa real en Ribadeo, lo cazaron falsificando documentos oficiales de forma muy cutre y fue detenido.


Hoy El Pequeño Nicolas, que en abril cumple 30 años, sigue sin pisar la cárcel y está a la espera de que se pronuncie el Supremo. Se enfrenta a 12 años y 5 meses de prisión por delitos de descubrimiento, revelación, violación de secretos oficiales y cohecho. Lo curioso, y es otro reflejo del podrido país en el que se movía este joven, es que al final todas sus fechorías tuvieron recompensa: 228.571 euros brutos por participar en Gran Hermano VIP, de Mediaset, emperador de la telebasura.


Madrid –

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