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Foto Diego Mayor Huesca

Ser o no ser… madre: La tragedia de Yerma

La compañía La Dramática Errante presenta en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 3 de marzo su adaptación libre del clásico de Lorca, que habla de la maternidad, la fecundidad y la infertilidad en nuestros días


En mitad de su sermón (“¡Sermón!, sí, ¡sermón!”), el personaje del autor dice en su monólogo dirigido al público: “¿Por qué hemos de ir siempre al teatro para ver lo que pasa y no lo que nos pasa?”. Esto sucede al principio de Comedia sin título, la obra que Lorca no pudo terminar interrumpida por su asesinato a manos de los fascistas en 1936. Ir al teatro a ver lo que nos pasa. Estas semanas coinciden en Madrid dos títulos del granadino: Yerma (Teatro Fernán Gómez) y La casa de Bernarda Alba (Teatro María Guerrero). La fidelidad al texto original es escasa en el primer caso y completa en el segundo. Sin embargo, la conmoción es total en la Yerma de la compañía La dramática errante y la sensación que mejor describe lo que me pasa con la tentativa de Alfredo Sanzol es la incomprensión, no de la obra, sino de la propia tentativa. Esta es una opinión y como tal subjetiva y puede que hasta errada y errática. Cada cual tiene una relación personal y válida con lo lorquiano a la hora de llevarlo a la práctica escénica, pero a mí no dejan de pasarme cosas en el montaje que dirige María Goiricelaya y con el del Centro Dramático Nacional, que presenta unos ingredientes a priori muy solventes, lo único que hago es mirar el reloj a ver si el tiempo me lleva rápido a ese final archiconocido y se hace el silencio de una vez.

Pero esto no es una crítica de La casa de Bernarda Alba, sino de Yerma. Lo que pasa es que me viene bien la comparativa inicial porque la Yerma de La dramática errante es en realidad prácticamente una obra nueva inspirada por la tragedia lorquiana, de la que toma la línea argumental básica, los personajes principales y el tema central, pero presenta a una Yerma de nuestros días, una Yerma que va al BBK Live, una Yerma que nos invita a reflexionar sobre las maternidades y sobre cómo ser mujer es tan grande como jodido hoy como hace 100 años. Y me sirve para pensar que a Lorca no se le profana por sacarle folclore anacrónico de encima, que no se le pierde el respeto, que no se le traiciona. Basta con entender que, como buen clásico, es capaz de hablarle al nosotros de ahora, aunque sea tomándolo como pretexto. Ganadora del Premio Max 2023 a la Mejor Adaptación, María Goiricelaya trabaja ya en la versión cinematográfica con Gariza Films, una de las productoras de 20.000 especies de abejas. Pero hablemos de la obra.

El adjetivo yermo o yerma es terriblemente cruel aplicado a una persona. Yermo es un lugar solitario y desértico, y yermo es lo estéril, lo baldío, lo árido, lo infecundo. Es casi el adjetivo ideal para referirse a las tierras de Marte, por ejemplo, porque en este nuestro planeta, por mucho terreno baldío que haya, nos caracteriza la posibilidad de la vida, del florecer, del brotar, del alumbrar. Federico García Lorca estaba empeñado en completar un ciclo trágico del que Yermaera el segundo título (tras Bodas de sangre y antes de La casa de Bernarda Alba) y sabía muy bien lo que hacía al llamar así a la protagonista de su historia “de la casada seca”, como solía calificarla, que estrenó en 1934 con Margarita Xirgu en el papel principal. Yerma era una mujer abocada a la tragedia como “imagen de la fecundidad castigada a la esterilidad”, en palabras del poeta. “Yo he querido hacer, de hecho, a través de la línea muerta de lo infecundo, el poema vivo de la fecundidad. Y es de ahí, del contraste de lo estéril y lo vivificante, de donde extraigo el perfil trágico de la obra”.

Una historia ubicada en tierras castellanas, en la España profunda diríamos hoy, entonces todavía de ferviente actividad, lejos aún los años en los que se empezó a vaciar el campo. Hoy el rural es más yermo porque una obsesión productiva y una ambición de progreso nos ha llevado a las ciudades, donde la mutación antropológica que presagió Pasolini al observar ese mismo movimiento en Italia atizado por la nueva religión consumista, ha terminado por hacer yermos muchos úteros, en sentido literal y figurado, arrastrados por los rigores de la contracepción exclavista disfrazada de liberación. Muchas mujeres entregan sus cuerpos fértiles a la productividad capitalista al tiempo que la fecundidad se revela gran negocio y todo lo que gira en torno a la maternidad, la lactancia y la infancia se convierte en uno de los submercados más salvajes del gran mercado del mundo. Constructo sobre constructo: la virginidad, el reloj biológico, el retraso consciente y voluntario del momento de concebir, la congelación de óvulos, la realización como persona, como trabajadora, como empresaria, como artista, como mujer, la vindicación feminista lógica contra el mandato de la maternidad como condición única de la feminidad, las formas alternativas de formar familias… todo estaba en la Yerma de Lorca y todo está en la revisión precisa de María Goiricelaya y su compañía La Dramática Errante, que cuajan un espectáculo catártico, como buena tragedia que es.

Porque no renuncia la adaptación a ese destino trágico, por mucho que nos conflictúe la deriva obsesiva del personaje principal, en este caso una artista de éxito que ha conquistado un lugar de prestigio y una comodidad económica, que vive con un hombre de negocios ambicioso que no para de viajar por el mundo, que nunca está. Ella se encierra en su estudio, trabajando en una técnica pictórica que, proyectada sobre un lienzo/pantalla, se erige en símbolo amniótico donde podría adivinarse una forma fetal. Los colores inyectados generan formas caprichosas, una suerte de símil de esa tómbola genética que supone la fecundación. Todo es líquido, como el tiempo de la contemporaneidad; todo fluye, o debería fluir. Juan, el marido de Yerma, recorre cada rincón del planeta, donde fluyen -ahí sí- las bebidas típicas enumeradas como nexo entre escenas. Él triunfa y se divierte lejos del hogar. Ella a solas con su instinto, busca los ojos del hombre que ha de compartir el sueño con ella, pero casi nunca puede, siempre hay algo más urgente.

Ane Pikaza y Aitor Borobia componen una pareja modélica, moderna, urbana, comunicativa, una pareja que lo tiene todo, humor y amor lo que más. Pero algo se tuerce. Las parejas amigas van teniendo hijos. Los escaparates, la publicidad, los nuevos rituales consumistas, adoban el deseo de ser madre, a veces casi como una aventura más que añadir al listado de experiencias vitales y reels de instagram. Ahora, cercanos los 40, con el éxito y la realización conquistadas, parece que ha llegado el momento. Pero no sucede. No sucede de forma natural ni de forma artificial. El sexo se ha convertido en un ejercicio pautado en busca de un objetivo único. El día a día se desgasta. El sufrimiento dinamita el castillo de la felicidad. Y solo ella parece tener la culpa, su obsesión, su empeño. ¿Nada tiene que ver un sistema que supo aprovecharse de las conquistas feministas para encadenar a las mujeres a sus objetivos laborales? ¿Es controvertido decir esto, suponiendo una merma en la capacidad de agencia femenina? ¿Nada tiene que ver un neoliberalismo que juega con el viejo constructo del instinto materno para imponer modelos de maternidad exitosos con un perverso reverso? ¿Nada tiene que ver un mundo patriarcal que deja en manos de las mujeres todas las responsabilidades de la infertilidad, sin asumir los problemas, carencias e incapacidades masculinas?.

Esta Yerma es un montaje teatralmente impecable, interpretativamente sobresaliente, emocionalmente diverso, intelectualmente provocador. Esta Yerma es una caja de preguntas y una invitación a pensarnos como hombres y como mujeres, como padres y como madres, como especie que ha llegado a un punto capaz de alterar cualquier proceso natural para convertirlo en negocio. Un buen rato de teatro, en definitiva, con los ingredientes básicos de una expresión, trabajada profunda y honestamente, de la cultura contemporánea.


Madrid –

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