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Transiciones

Esta es la novela de los hijos de la independencia de la India, del milagro económico, del fin de las castas y del culto al dios del dinero


La edad del vicio
Deepti Kapoor
Alfaguara
601 páginas

Todo título ofrece una clave semiótica de la obra, esto es, una guía interpretativa. Así, La edad del vicio puede referirse tanto al momento vital de los protagonistas como a un periodo histórico concreto que se corresponde con nuestra época, eso que llamamos contemporaneidad y que se va prolongando indefinidamente con el presente. Los protagonistas de esta edad del vicio son jóvenes e inmaduros, como aquellos que vivían en la Edad de Plata que menciona Hesíodo en su Los trabajos y los días y que eran perpetuamente adolescentes.

En la novela, el narrador se centra en el desarrollo vital de una serie de personajes: comienza con un jovencísimo Ajay, del que sabemos que está involucrado en algún delito vinculado con un accidente de tráfico e inmediatamente se realiza un flashback para retrotraer al lector a la niñez del joven. Paria, vendido como esclavo, sirviente perfecto de occidentales en las montañas, Ajay está condenado de antemano y cada una de las decisiones vitales de su entorno conduce a su condena. Es como el héroe de una tragedia griega: su única salvación sería huir sin mirar atrás y esto sólo puede hacerlo una vez que ha perdido todo, o cuando cree haberlo perdido todo. Hasta entonces será una herramienta del destino y una especie de chico para todo (desde servir copas o preparar desayunos a conducir, proteger, asesinar e incriminarse en un delito del que es inocente). Así, el lector es testigo de su proceso vital de madurez al modo de una novela de formación o una bildungsroman. El narrador también se detiene en una joven periodista, Neda Kapur (ignoro si su apellido despierta resonancias o es un trasunto fonético del apellido de la autora: para los interesados en las relaciones entre la realidad y la ficción, es una hipótesis atractiva). Neda representa a los descendientes de una clase funcionarial, culta y acomodada que, desde la independencia de la India, ha atesorado cultura en lugar de dinero. En la historia de Neda, el género de la obra se transforma en una novela romántica: hay un recorrido por las distintas etapas del amor (conocimiento, seducción, relación sentimental y cadena de catástrofes) que concluye con un acontecimiento que hace que el equilibrio previo sea imposible de alcanzar. Sin embargo, el gran protagonista de la novela y sobre el que el resto orbita es Sunny Wadia, el hijo de un empresario de Uttar Pradesh con vínculos con la política y la delincuencia. En torno a él, la obra ofrece la forma de una novela negra. Hay, por tanto, una cierta variedad genérica y esto hace que la obra sea ciertamente atractiva (novela de formación, novela romántica, novela negra), a la vez que narra la evolución occidentalizante y sentimental de la ciudad de Delhi y algunos de sus habitantes. El modo en que el narrador se centra en distintos personajes en distintos momentos puede también cautivar a los lectores.

De este modo, todos los personajes, acciones y espacios obedecen a la necesidad de representar una sociedad india en decadencia, puesto que hay un retrato del dinero y de los privilegios que este ofrece. A pesar de que tanto Sunny como su primo tienen propósitos de hacer algo importante (modernizar Delhi y U.P., hacer una sociedad más justa e igualitaria), lo que retrata la novela es la corrupción y la degradación moral y ética que sufren los personajes al contacto con el dinero y el poder. De hecho, para Sunny, primero mecenas de las artes e impulsivo entrepeneur, diletante perpetuo, el dinero acaba siendo un medio a través del cual mortificar y degradar a aquellos a los que admira por algún motivo. El dinero implica poder y tanto la occidentalización como el desarrollo son (¡oh, sorpresa!) un pretexto para corromper a la sociedad india. Es decir, bajo la promesa del progreso y los beneficios de una sociedad democrática y más justa, los ciudadanos se quedan perdidos en un maremágnum de corrupción del que sólo los criminales sacan provecho, dejando a los demás desenraizados y sin alcanzar el paraíso prometido. Pierden sus orígenes culturales y geográficos sin alcanzar un destino distinto a la pobreza y a la desesperación. Así, la novela es el relato conocido del neoliberalismo que no esconde las prácticas que lo promueven.

Hay, por lo tanto, una mirada sobre la India que hace resonar toda una tradición literaria relativa al postcolonialismo y los efectos de las rápidas transiciones de un tipo de sociedad a otra en cuanto a lo que tiene de moral, económico y político. Cuestiona esta transición y lo que puede tener de positivo si se realiza de acuerdo al relato de la obra. Así, la novela está en la línea del Macondo asolado por las compañías plataneras, el Foe de Coetzee, la magnífica Wide Sargasso Sea de Jean Rhys y, de algún modo, la célebre Welcome to Hard Times de Doctorow. Como ejemplo, en un momento de la obra, Sunny Wadia pretende convertir Delhi en Londres o París y se queda en el camino, ante el desprecio de la prensa en la forma del compañero de Neda y la desidia de su propio padre. También se burlan de los europeos que viajan a la India con fines espirituales en diversos momentos y se quejan del significado impostado que estos viajes tienen y de cómo unos (los turistas) y otros (los residentes) se prestan a este juego.

Esta es la novela de los hijos de la independencia de la India, del milagro económico, del fin de las castas y del culto al dios del dinero. En definitiva: occidente exporta lo peor de sí mismo: la corrupción, el crimen, el vacío existencial que demuestran los personajes una y otra vez, convertidos en arquetipos del mundo occidental, incapaces de acudir a una esencia arrancada y denostada, o de huir hacia adelante, atrapados en un camino sin destino. Es, en todo caso, una novela carcelaria, como diría Piglia, porque narra el fin de la experiencia. «Y cuando no hay experiencias el relato avanza hacia la perfección paranoica».


Madrid –

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