Violencia psiquiátrica y orgullo loco a través del cine y el teatro

Una obra teatral, ‘Contención mecánica’, y un documental cinematográfico, ‘Bailar la locura’, ponen el foco sobre el potencial humano y artístico de las personas psiquiatrizadas


En el obscuro jardín del manicomio

los locos maldicen a los hombres

las ratas afloran a la Cloaca Superior

buscando el beso de los Dementes.

Leopoldo María Panero

Durante el pasado Festival de Otoño se estrenó en el Teatro del Barrio de Madrid una obra teatral titulada Contención mecánica, a cargo de la joven compañía Teatro de los Invisibles. La obra habla sobre una de las prácticas más aberrantes y, aunque se diga lo contrario, más comunes todavía en las instituciones psiquiátricas, precisamente la que da nombre al espectáculo, a pesar de ser un eufemismo de mierda. Porque contención mecánica es una denominación que enmascara prácticas que vulneran los derechos humanos. Como dice el activista loco Rafael Carvajal, que participa en la obra, “parece el nombre de una atracción de feria, cuando se trata de atar a la gente a una cama”..

Teatralmente, la pieza se plantea con una cierta ingenuidad escénica, fruto probablemente de la condición emergente de sus responsables, con recursos manidos como el del show televisivo para abundar en el escarnio social al que se somete a las personas psiquiatrizadas, aunque luego por ejemplo es un acierto usar los nuevos lenguajes del tiempo del streaming para subrayar igualmente hasta qué punto se pierde de vista que se está tratando con personas, sin ser conscientes de su objetualización. Sea como sea, me pareció un trabajo digno que nos hacía mirar hacia una realidad silenciada y muy incómoda, sobre todo para los que la sufren.

Por la misma época, noviembre de 2023, pude disfrutar y emocionarme con el bellísimo documental Bailar la locura, dirigido por Maiol Virgili y Marta Espar, que se puede ver todavía hoy en Filmin. Es el encuentro de tres bailarinas con tres mujeres que han tenido diagnósticos psiquiátricos, para realizar juntas una pieza de danza contemporánea que habla de los límites sociales y culturales entre la locura y la cordura. Inmediatamente lo relacioné con Contención mecánica, y aprovechando que la obra vuelve a estar en cartel en el Teatro del Barrio, pensé que sería interesante hablar de ambos títulos y enlazarlos con el activismo que, desde que apareció la antipsiquiatría, lucha por cambiar la concepción que tenemos mayoritariamente sobre la locura y sobre quien la diagnostica, la trata y, sobre todo, quien la padece, hasta llegar al movimiento del orgullo loco. Así que, vamos hacia atrás.

En marzo de 1978, la revista Ajoblanco, medio contracultural por excelencia en los años de la Transición, publicó un número extra dedicado enteramente a la antipsiquiatría, un término que empezaba a aflorar desde la catacumba gracias a un movimiento sostenido y punzante que buscaba derribar los muros de una institución médico-científica que venía desarrollando durante décadas una serie de técnicas absolutamente deshumanizadoras. Técnicas que tuvieron además implicación socio-política cuando andaba por medio, por ejemplo, la CIA, que experimentó con cobayas humanas el electroshock o el uso de drogas como el LSD para aplicaciones militares y represivas en busca de la privación sensorial y el borrado mental. Sin ir más lejos, los experimentos con electroshock fueron la inspiración para implantar el shock como paradigma de cambio hacia un sistema de libre mercado radical, de la mano del economista Milton Friedman, entre otros. La dictadura de Chile fue su campo de pruebas inicial. También se testeaban con personas, con o sin su consentimiento, las drogas químicas, y en esas pruebas participó, por ejemplo, Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco.

En ese contexto, las personas diagnosticadas con algún trastorno mental vivían verdaderos calvarios y, lejos de recuperarlos para la vida, se les arrojaba definitivamente a un rincón social conocido hasta no hace mucho como manicomio. Pero, como se escribía en uno de los artículos del citado número de Ajoblanco, la locura era un concepto que se administraba un tanto arbitrariamente. Permítanme una cita un poco larga pero muy significativa:

“Burdamente podríamos decir que en nuestra sociedad existen ciertas reservas de ludismo (…) que podríamos agrupar en dos estirpes: los locos tolerados y los locos perseguidos. El loco tolerado, el artista de moda, el play-boy, el intelectual, el psiquiatra, el izquierdoso legal, es por lo general respetado; es objeto de contemplación y admiración/aversión por la sociedad. Se admite que está un poco loco. Pero todos le reconocen una función positiva en la sociedad. (…) El loco perseguido, por el contrario, es marginado. Es la carne de cañón del manicomio. (…) La mujer, el niño, el loco, el borracho, el maníaco sexual no legal, el drogadicto (los que usan drogas no legales), el trotskista, el anarquista, ciertos marxistas, el joven, el autónomo, el artista loco de buhardilla, el pobre, el pordiosero, el pedigüeño, el intelectual marginado (que no sigue la corriente imperante, que no es bien educado), el beat, el dadá, el hippy, el punk, el negro, el homosexual, etc. En ellos, la energía lúdica no está convenientemente canalizada, comercializada. Sus expresiones lúdicas son duramente reprimidas y diseccionadas, ora por los agentes de la represión, ora por los locos tolerados”.

Parece anecdótico, pero lejos de cambiar, la situación se oficializó a través de la patologización creciente y sostenida de cada vez más aspectos de la vida humana, con el concurso siempre de las farmacéuticas, que se han enriquecido hasta la náusea con el desarrollo interminable de medicamentos indicados para los cientos de trastornos mentales que, a veces, no son otra cosa que la consecuencia de la dinámica ultra-productiva que ha ido imponiendo a la cotidianidad el neoliberalismo. Así es como la antipsiquiatría se revitaliza en los años noventa del siglo XX y aparece en Canadá el movimiento del Orgullo Loco, que en España se lleva celebrando activamente desde 2018 cada 28 de mayo.

Tras la pandemia, España, de hecho, se ha convertido en el país del mundo que más tranquilizantes consume y el primero en Europa en consumo de somníferos. Y los que traspasan, a su pesar, determinados límites y necesitan la atención del sistema público de salud mental, se enfrentan a innumerables violencias psiquiátricas, que van desde el electroshock, que todavía se aplica, hasta el abuso sexual y la citada contención mecánica. No son casos aislados, como ha reconocido en varias ocasiones Fátima Masoud, portavoz del colectivo que organiza en Madrid el Orgullo Loco. Ella lo cuenta perfectamente detallado en un artículo que publicó hace unos meses en El Salto Diario, donde sentenciaba que “no fallan nuestros cerebros; falla el sistema”.

Compañero de Fátima Masoud en esta lucha es Rafael Carvajal, que ya hemos citado más arriba. Él es el principal agente de visibilización de las violencias psiquiátricas en Contención mecánica, pero no es el único, ya que la obra presenta diversos testimonios de personas relacionadas con el sufrimiento mental y de sus familiares; son verdaderamente terribles, se te cae el alma a los pies. Personas que van a buscar ayuda y lo que consiguen es reafirmar el pánico que sienten al ser atados y arrinconados. Y se aporta un dato escalofriante: la contención mecánica se aplica en un 25% de los ingresos hospitalarios de niños y jóvenes en España.

La obra tiene una primera parte centrada en estos testimonios reales, que oímos en off o vemos en vídeo a cargo de los que han sufrido esta circunstancia, o interpretados por los actores que han salido a escena con máscaras de cobaya. Estos testimonios se cruzan en paralelo con una escena que simula un directo de YouTube donde un sanitario explica los distintos métodos de contención que se pueden usar y cuándo usarlos en presencia de lo que ellos llaman un “paciente agitado”. Otro eufemismo de mierda. Contención verbal primero, contención farmacológica, contención espacial y contención mecánica, último recurso. El tono desenfadado del streaming contrasta con la dureza de los testimonios y nos da una idea de la arbitrariedad terrible con la que los supuestos sanitarios se relacionan con estas personas que, en realidad, antes que ser atados, querrían ser escuchados, sobre todo cuando acuden voluntariamente a pedir ayuda y se encuentran con frases como esta: “como sigas llorando no te vamos a desatar”.

Irrumpe en escena entonces Rafael Carvajal, un hombre consciente y orgulloso de su locura, que nunca le ha impedido desarrollar su carrera como escritor, performer y profesor de inglés. Sin embargo, ha sido atado a una cama en centros de atención psiquiátrica, en urgencias o en ambulancias hasta 15 veces. “La contención mecánica es una técnica que rompe el alma”, dice ocupando el centro del escenario. “Te sientes una alimaña, un animal peligroso que tiene que ser controlado”. Más adelante expresa una idea que enlaza con la cita de Ajoblanco que hemos puesto más arriba: “la locura es un sesgo transitorio. Si ahora mismo me desnudo, se llama arte, pero si me desnudo en la puerta del teatro, en mitad de la calle, lo llaman locura. Si digo a gritos ¡veo a Dios! desde el púlpito de la catedral de la Almudena, dirán que estoy inspirado, pero si lo hago en el Carrefour dicen que estoy loco”.

Ese límite tan difuso entre lo que es considerado normal y lo que no, lo que llamamos locura y lo que consideramos cordura, acarrea un gran sufrimiento para muchas personas que intentan seguir con sus vidas pese a ese sesgo transitorio del que habla Carvajal. Eloy Fernández Porta lo relata con una lucidez diáfana en su libro Los brotes negros, que lleva como subtítulo En los picos de ansiedad. Ahí acuña el término estajaesnobista para definir a aquellos productores de conocimiento requeridos por un sistema mundo que usa “el mindfulness para domar tus ideas, el brainstorming para excitarlas y el deadline para rematarlas”, hasta el colapso. El colapso mental. “Sé que la idea de ‘normalidad’ —continúa Fernández Porta— es una fantasía, pero ¡quién pudiera ahorrarse esta retahíla de fijaciones y tics! Sé que cabe desconfiar de esa progresiva patologización de la conducta que cada año señala nuevas dolencias allí donde solo había costumbres curiosas, pero ¡qué fortuna inmerecida, la de los que pueden atravesar la jornada sin arrugarse! Incluso cuando se trata de artistas, a quienes ya se les supone alguna excentricidad fundamental, ¡qué diferencia entre quienes parecen sublimarla, como si sus desarreglos pudieran montarse en forma de instalación y ser olvidados en un almacén, y los otros, los dolientes perpetuos, más dolidos cuanto más creativos, cuanto más exitosos más hundidos!”

¿Qué es normal y qué anómalo? Esa es también la pregunta seminal de Bailar la locura, el documental que convierte la escucha en movimiento, figurada y literalmente. ¿Se puede bailar la locura? Pregunta motor que mueve a las bailarinas Amaiur Luluaga, Montse Àlvarez y Clàudia Gómez a encontrarse con Itziar Vaquero, Maria Manonelles y Alba Coll, tres mujeres que se relacionan o se han relacionado con el sufrimiento mental por haber sido diagnosticadas con esquizofrenia, depresión o anorexia nerviosa. Las tres han pasado por el abismo que supone no saber qué hacer cuando estás en mitad de una crisis, experiencias de ingresos dolorosas donde las medicaron en contra de su voluntad, las humillaron, las infantilizaron, las deshumanizaron, en definitiva. Hablan de eso que tanto les dicen, que quieren llamar la atención cuando el suicidio se plantea como alivio de una situación interior insostenible. También de la fortaleza y debilidad a un tiempo que supone tener que construirse una sólida personalidad a la fuerza, conocerse en el dolor para extraer —las que consiguen seguir adelante— un impulso que comporta también una gran sensibilidad.

En paralelo a esos encuentros entre las seis mujeres, que van fraguando un vínculo precioso, vemos cómo se construye la pieza de danza contemporánea. Algunas imágenes son de una gran belleza (la de la playa es digna de estar en Pina, aquella mítica peli ya de Wim Wenders que recreaba las grandes coreografías de Pina Bausch). Surge ahí también una reflexión sobre la relación del arte con la locura. Primero porque el documental refleja de pasada una realidad a la que se enfrentan muchos creadores: la necesidad de escapar, de aislarse de la cotidianidad, para poder trabajar en condiciones, poniendo el deseo en el centro durante unos días lejos de esa otra locura del día a día. Y luego porque uno se pregunta: ¿Quién escribía las palabras de Artaud o de Leopoldo María Panero, por citar a dos locos ilustres? ¿Eran ellos u otras voces de su cabeza? ¿Esas voces son ellos? Hoy leemos esas palabras y les damos valor, aunque pueden ser producto de una enajenación transitoria. ¿Hasta qué punto hablan los fármacos? “Pero yo, ¿soy propiamente mi droga?”, se pregunta Fernández Porta.

Contención mecánica o Bailar la locura, así como el libro Los brotes negros, vienen a certificar lo que la escritora y pensadora Remedios Zafra llama una transformación de la vulnerabilidad individual en una fortaleza comunitaria, sacando una experiencia íntima del espacio privado y/o terapéutico, para dejar de asociar la enfermedad con la culpa o la vergüenza, para evitar que haya cuerpos, personalidades y realidades que se ocultan y terminan desapareciendo. Hay otra creadora escénica, Barbara Bañuelos, que trabajó en su última pieza, Hacer noche (2021), con una persona licenciada en filología alemana, Carles Albert Gasulla, lector empedernido que habla cinco idiomas, que trabajaba precariamente en el turno de noche de un parking: había sido diagnosticado con esquizofrenia. Con él compartía la escena, hablaban del estigma del diagnóstico y de la locura global que suponen las guerras. Cómo no pensar en el loco Milei, en el loco Trump, en el loco Netanyahu. A esos locos no se les aplica la contención mecánica.

Frantz Fanon decía que ejercemos colonialismo en la negación sistemática del otro, sea por machismo, por racismo o, más sutilmente, por las relaciones de poder inconscientes que establecemos con personas con diagnóstico en salud mental, a las que a veces denegamos una humanidad básica restándoles poder de agencia personal en su gestión del deseo propio. Estas obras son, pues, una llamada a la descolonización y un aplauso de aliento al orgullo de ser quien eres. Estoy loco, estoy loca. Sí, ¿y qué?

Cuadro tras cuadro

se dibuja la misma figura,

la de un hombre que ha perdido

y se contempla, extraño Narciso, en el estiércol

Leopoldo María Panero


Madrid –

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