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El ministro Albares reunido en Washington con el secretario de Estado Antony Blinken — Ministerio de Exteriores

Albares y Blinken contra la desinformación

Es positivo que el PSOE por fin haya aceptado empezar a hablar de la tóxica difusión de mentiras en el debate público, pero sería gravísimo que intentase cerrar la cuestión en falso por motivos tácticos


Primero Pedro Sánchez nos contó que ‘la máquina del fango’ era una colaboración entre determinados jueces activistas que iniciaban procesos judiciales sin pruebas y una serie de panfletos de extrema derecha que propagaban mentiras sobre su familia. Cuando volvió de su retiro espiritual de cinco días, sin embargo, ‘la máquina del fango’ había pasado a ser una cosa distinta: ya no estaba formada por jueces reaccionarios y por pseudomedios sino fundamentalmente por los portavoces de PP y VOX, que insultan mucho y utilizan un tono muy bronco (es verdad que Oscar Puente estropeó un poco esta idea al sugerir que Javier Milei toma drogas, pero esto a Sánchez no pareció molestarle).

En esas estábamos cuando la reunión del pasado viernes en Washington entre el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, y su homólogo estadounidense, el secretario de Estado, Antony Blinken, nos volvió a modificar el concepto. Más o menos en los mismos días en los que Albares afirmó que el país que está llevando a cabo un genocidio en Gaza «es un país amigo», el ministro que perfectamente podría estar en un gobierno del PP firmaba un acuerdo con Blinken para luchar contra la desinformación de cuyo texto se desprende que, ahora, ‘la máquina del fango’ vendría a ser Vladimir Putin.

Lo que ambos dirigentes reconocen como «una amenaza para la seguridad nacional» ya no serían ni los jueces que retuercen el derecho para hacer política, ni los medios que publican noticias falsas ni tampoco los insultos de Feijóo y Abascal. Después de la reunión en Washington, de lo que nos tenemos que preocupar en términos de desinformación es de «la injerencia rusa».

Nadie duda de la voluntad del gobierno de Putin de utilizar tácticas de propaganda y de intoxicación informativa para alterar a su favor la correlación de fuerzas políticas en los diferentes países occidentales e incluso para provocar su desestabilización. Pero, si los gobiernos de España y Estados Unidos estuvieran verdaderamente preocupados por la amenaza que la difusión de mentiras supone para nuestras respectivas democracias, entonces no se limitarían a hablar únicamente de las maniobras de Moscú. Si Blinken estuviera verdaderamente preocupado por las fake news, debería situar en su mirilla a todo el ecosistema de medios de extrema derecha de su país, con Fox News a la cabeza; por no hablar de la responsabilidad en la difusión de bulos que tienen las grandes empresas tecnológicas norteamericanas, como Meta o X. Por su parte, si Albares hubiese recibido de verdad la misión de Sánchez de luchar contra la desinformación en España, resulta muy extraño que ponga su foco en Rusia y no en Antonio García Ferreras, en Federico Jiménez Losantos, en Ana Rosa Quintana o en Eduardo Inda, así como en los jueces activistas que suministran habitualmente material difamatorio para que los medios españoles puedan intoxicar con mayor potencia de fuego.

Dicho de otra forma, si consiguiésemos neutralizar por completo la maquinaria propagandística rusa, tanto la democracia norteamericana como la española seguirían estando gravemente amenazada por los fabricantes y difusores de mentiras autóctonos.

Es más, si de verdad queremos dirigir la mirada a las campañas de intoxicación masiva patrocinadas por estados, entonces no parece muy coherente que elijamos precisamente a los Estados Unidos como socio. Si el gobierno ruso es bien conocido por difundir mentiras allende sus fronteras, la experiencia del gobierno norteamericano en esta materia es todavía mayor. Si de verdad nos preocupa la difusión de bulos desde instancias gubernamentales, es imposible olvidar que una de las mentiras más graves y más indecentes del siglo XXI —las falsas armas de destrucción masiva que nunca tuvo en su poder Saddam Hussein— partió precisamente de la Casa Blanca. Y no solamente sirvió para intoxicar al conjunto de la población mundial, sino que también sirvió para arrastrar a España a una guerra ilegal y al peor atentado terrorista en nuestro suelo de toda la democracia reciente.

Es positivo que el PSOE por fin haya aceptado empezar a hablar de la tóxica difusión de mentiras en el debate público, pero sería gravísimo que intentase cerrar la cuestión en falso por motivos tácticos. Si nos preocupa el juego limpio democrático, entonces no solamente tenemos que defender nuestro sistema informativo de la intoxicación gubernamental rusa, sino también de la intoxicación gubernamental estadounidense —seguramente, más potente y mucho mejor financiada—, así como de los intoxicadores internos en las principales televisiones, periódicos y radios y sus colaboradores en el Poder Judicial.

«Albares y Blinken se alían contra la desinformación», titulaba orgulloso en su cobertura de la noticia el periódico español que difundió durante años la teoría de la conspiración sobre los atentados de Atocha. Analizando fríamente el acuerdo alcanzado entre los dos gobiernos, podemos afirmar que, de momento, estamos ante una noticia falsa.


Madrid –

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