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Isabel Infantes / Europa Press

Alcalá de Henares

La única forma de que los planteamientos de la decencia y los derechos humanos no sean aplastados es escapar por todos los medios de la falsa dicotomía que nos presenta, por un lado, a Ayuso y, por otro lado, a Marlaska como las únicas dos opciones disponibles


El racismo y la xenofobia, además de un pensamiento moralmente repulsivo, es también una estrategia política predilecta de la derecha y la extrema derecha desde tiempos inmemoriales. El motivo principal detrás de ello es que la producción de un odio visceral hacia las personas migrantes o racializadas permite poner a pelear al penúltimo de la sociedad contra el último y esto tiene numerosas ventajas a la hora de poder llevar adelante el programa real de estos partidos, que no es otro que el de garantizar los privilegios económicos y sociales de la oligarquía y su control prácticamente absoluto de los diferentes resortes de poder en el país. Si la derecha política y mediática consigue convencer a la mayoría trabajadora autóctona de que los causantes de sus problemas materiales más importantes son una determinada minoría étnica o religiosa —por ejemplo, los judíos durante el Tercer Reich— o las personas migrantes, entonces sacan del foco a los verdaderos culpables de la desigualdad y la opresión económicas: el 1% más pudiente de la población. Si la gente empieza a mirar hacia el costado en la búsqueda de culpables, entonces deja de mirar hacia arriba y los dueños de los operadores políticos y mediáticos del bloque derechista quedan protegidos y exonerados. Esta es la ventaja principal de la estrategia de la xenofobia, pero no es la única. Poner al penúltimo de la sociedad a odiar al último también es instrumental a la hora de partir a las mayorías trabajadoras y así evitar que el 99% se organice para reclamar lo que es democráticamente suyo. Finalmente, la deshumanización de las personas migrantes o racializadas también sirve para justificar su explotación laboral para mayor beneficio de los grandes poderes económicos.

Por todo ello la inmigración se está convirtiendo en uno de los temas principales de conversación en el mundo rico y por eso no hay absolutamente ningún líder político o mediático de las derechas que no utilice el odio xenófobo en un momento o en otro. Lo hace Trump, lo hace Meloni, lo hace Sunak, lo hace Le Pen, lo hace Abascal y lo hace Ayuso. De hecho, esta pasada semana, la presidenta de la Comunidad de Madrid y líder ideológica del PP llegó a culpar a las personas que viven en un centro de acogida de Alcalá de Henares de «reyertas graves», de «agresiones sexuales a algunas mujeres del municipio» y hasta de «un brote de sarna». Todo ello sin pruebas, sin ningún dato que lo avale y con los correspondientes desmentidos por parte de la Policía y la Delegación del Gobierno. En la misma semana en la que generaba odio contra las personas migrantes desde una posición de notable poder institucional, Ayuso viajaba a Auschwitz para recordar el holocausto y, en España, el supuestamente moderadísimo portavoz del PP, Borja Sémper, le daba todo el apoyo oficial del partido: «Estamos absolutamente de acuerdo y alineados con la oposición de la presidenta Ayuso», decía Sémper este viernes.

Esta pasada semana, la presidenta de la Comunidad de Madrid y líder ideológica del PP llegó a culpar a las personas que viven en un centro de acogida de Alcalá de Henares de «reyertas graves», de «agresiones sexuales a algunas mujeres del municipio» y hasta de «un brote de sarna»

Porque no solamente la derecha supuestamente más extrema está utilizando la violencia política contra las personas que se ven forzadas a migrar. La victoria cultural de los ultras en esta materia ha sido tan amplia que lo mismo que dice Le Pen lo puede decir unos meses después Macron y lo mismo que dicen Abascal o Ayuso lo suscribe sin problemas en una rueda de prensa el portavoz de Feijóo. De hecho, y como suele pasar cada vez que los reaccionarios concentran todo su poder de fuego mediático en un tema, incluso buena parte de la progresía ha acabado comprando los principales argumentos derechistas y ha renunciado a distinguirse en exceso de los gobiernos abiertamente racistas en la materialidad de sus políticas públicas. Así, aunque Biden criticó duramente en campaña a Trump por «el muro» y por sus políticas de odio y violencia contra la población negra o contra los inmigrantes latinoamericanos, durante su presidencia el demócrata ha acabado repitiendo una parte del discurso de su adversario ultraderechista y prácticamente no ha puesto en marcha ninguna medida que permita distinguir a su gobierno del de Trump.

En España ha ocurrido algo similar. Más allá de un pequeño gesto simbólico inicial de Pedro Sánchez al proporcionar puerto seguro al buque Aquarius y trascendiendo el discurso político de los socialistas —que es básicamente correcto—, si vamos a los hechos materiales relacionados con la acción de gobierno del PSOE desde la moción de censura de 2018, lo cierto es que es muy difícil distinguirla de lo que hubiese hecho en este apartado un gobierno del PP. Bajo la dirección operativa de Fernando Grande Marlaska pero con el apoyo directo del presidente —manteniéndolo durante todos estos años como ministro, mientras otros miembros del gobierno iban y venían—, el PSOE no solamente se ha opuesto a eliminar las devoluciones en caliente sino que además las ha utilizado en repetidas ocasiones en las fronteras de Ceuta y Melilla, no ha resuelto la violación sistemática de los derechos humanos y civiles de las personas migrantes en los diferentes centros de detención, ha aplaudido la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en masacres como la de la valla de Melilla en junio de 2022, ha firmado acuerdos vergonzosos con dictaduras como la marroquí para subcontratar la «mano dura» contra los flujos migratorios, no ha reparado el racismo institucional con el que trata permanentemente la administración a las personas migrantes en todos y cada uno de los trámites, ha liderado la firma de un pacto migratorio europeo que no solamente ha sido suscrito sino también aplaudido por gobiernos de extrema derecha como el de Meloni en Italia y se ha negado durante una legislatura entera a regularizar al aproximadamente medio millón de vecinos y vecinas que viven con nosotros en situación administrativa irregular —algo que sí hicieron antes José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero—.

El odio y la violencia racista van a ser —junto con la reacción machista a los avances del feminismo y el negacionismo climático— uno de los principales ejes en los que el conjunto de la derecha política y mediática van a seguir percutiendo para conseguir sus objetivos. En esa pelea, como en tantas otras, la única forma de que los planteamientos de la decencia y los derechos humanos no sean aplastados es escapar por todos los medios de la falsa dicotomía que nos presenta, por un lado, a Ayuso y, por otro lado, a Marlaska como las únicas dos opciones disponibles: o la violencia discursiva y política más descarnada o un discurso más suave acompañado de prácticamente las mismas medidas que lleva a cabo la derecha. El odio racista no se para con hipocresía, agachando la cabeza ante él y comprando sus políticas. Si a lo máximo que podemos aspirar en materia migratoria es a lo que ofrece el PSOE, será solamente cuestión de tiempo que llegue la derrota cultural absoluta en ese ámbito y entonces la gente acabe votando de forma natural a los vencedores.


Madrid –

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