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Alberto Ruiz Gallardón, llevando a cabo un blackface cuando era alcalde de Madrid en 2007

El Baltasar pintado de Almeida y las bengalas de los cazas

Si mañana algún partido de izquierdas presenta una iniciativa en el Congreso para condenar la práctica del blackface, es probable que el PP vote a favor. Y, si no lo hace, lo hará dentro de unos años


En estos días de víspera de Reyes, las redes sociales se llenaban con la noticia: la Junta Municipal de Chamartín —quizás sin saberlo o a lo mejor en un acto deliberado de racismo— se había marcado un blackface como una catedral. En la mejor tradición de esta práctica denigratoria hacia las personas negras que tiene varios siglos de antigüedad y que se inició en los comienzos del esclavismo, el Ayuntamiento de Madrid decidió contratar a una persona de raza blanca para caracterizarla como el Rey Baltasar y ponerla a grabar vídeos para los niños con un acento falso que no se sabe muy bien si pretende pasar por árabe o por algún tipo de acento subsahariano.

Las manifestaciones de indignación han sido muchas y están completamente justificadas. Obviamente, se trata de un gesto racista que caricaturiza y, por tanto, humilla la dignidad de las personas negras, y no se puede admitir que se siga produciendo en nuestra sociedad. Pero, al mismo tiempo, tenemos que ser muy conscientes de que la práctica del blackface u otras acciones denigratorias hacia las personas racializadas no constituyen los principales problemas que sufren éstas y, de hecho, ni siquiera revestirían un carácter denigratorio si no fuese por la existencia de un conjunto de desigualdades y agravios muchísimo mayor que sitúa a estas personas en condiciones de opresión social, precariedad material y limitación de sus derechos humanos. En España, existe un racismo estructural y también institucional que establece una discriminación permanente de las personas migrantes racializadas —y también de las personas españolas racializadas— en todos los aspectos de la vida. Estos vecinos y vecinas no solamente tienen que soportar un trato prejuicioso por parte de muchas de las personas con las que interaccionan a lo largo del día, sino que además tienen una mayor dificultad objetiva para procurarse sus necesidades materiales básicas a través, por ejemplo, de los estudios, del empleo o del acceso a la vivienda. Si, además de presentar rasgos racializados, estamos hablando de personas migrantes, entonces la discriminación y la precariedad se multiplican. Una persona sin papeles en España, o incluso con papeles pero sin tener todavía la nacionalidad, es objeto del maltrato institucional permanente a través de la limitación de sus derechos sociales y civiles, y también de una burocracia opresiva que persigue el desistimiento y que no se aplica sobre ningún español con derecho a voto en las elecciones generales.

El Baltasar pintado de Almeida es una auténtica vergüenza, pero lo es en tanto que símbolo y consecuencia de un conjunto de problemas mucho mayores. Como tal, el blackface de Chamartín —el último de una larga lista de humillaciones de las que incluso participó Alberto Ruiz Gallardón, disfrazándose de Baltasar cuando era alcalde de Madrid en 2007— es el menor de los problemas de las personas negras —migrantes o no— en España. Hay que acabar con este tipo de acciones denigratorias, por supuesto, pero, sobre todo, hay que regularizar a todas las personas que viven en España en situación administrativa irregular, hay que garantizar los derechos civiles y la participación política de todas las personas migrantes, hay que derogar la Ley de Extranjería y sustituirla por una norma sin trazas de racismo institucional, hay que garantizar que las personas migrantes o racializadas tienen derecho a las mismas ayudas y servicios que el conjunto de los españoles, hay que perseguir y castigar duramente cualquier tipo de discriminación infligida sobre estas personas a la hora de acceder a la educación, a la sanidad, al empleo o a la vivienda, hay que dotar de recursos suficientes a la administración pública para acabar con el maltrato en los trámites que las afectan y hay que tomar, en definitiva, todas las medidas ejecutivas y legislativas que sean necesarias para acabar con la desigualdad política, económica y de oportunidades que estas personas sufren.

El Baltasar pintado de Almeida es una auténtica vergüenza, pero lo es en tanto que símbolo y consecuencia de un conjunto de problemas mucho mayores

Y es importante recordar esto porque, siendo vergonzoso que el Ayuntamiento de Madrid lleve a cabo un blackface con motivo de la festividad de Reyes y siendo absolutamente necesario acabar con este tipo de prácticas, tenemos que ser conscientes también de que hacer precisamente esto —acabar con la discriminación simbólica— es algo que perfectamente pueden aceptar aquellos sectores ideológicos que en ningún caso están dispuestos a acabar con las discriminaciones materiales más graves. Del mismo modo que el PP ha aceptado ya eliminar la palabra ‘disminuidos’ del artículo 49 de la Constitución Española para sustituirla por ‘personas con discapacidad’ pero jamás va a aceptar un sistema fiscal que aumente significativamente los impuestos a las grandes corporaciones y a las grandes fortunas para sufragar un sistema de cuidados que elimine la brutal desigualdad económica que sufren precisamente estas personas, el consistorio de Almeida no va a tener ningún problema en admitir el error del Baltasar pintado y en prometer que nunca más lo va a volver a hacer. De hecho, ya han enviado fuentes a los medios de comunicación disculpándose y diciendo que contrataron a cinco actores que eran negros y solamente a uno que no, pero que el problema fue que varios se contagiaron de COVID. Si mañana algún partido de izquierdas presenta una iniciativa en el Congreso para condenar la práctica del blackface, es probable que el PP vote a favor. Y, si no lo hace, lo hará dentro de unos años. Porque eso les blanquea y también porque apuntarse al carro de lo simbólico funciona como esas bengalas señuelo que lanzan los cazas de combate para que los misiles confundan su calor con el de los motores del avión y así se vayan tras ellas.

Acabemos con la práctica del blackface y eliminemos la palabra ‘disminuidos’ de la Constitución, por supuesto, pero no nos olvidemos de que eso es solamente la punta del iceberg y no nos vayamos detrás de la bengala. Que eso es justo lo que quieren.


Madrid –

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