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Una patera con 156 personas llega a la isla de El Hierro — Europa Press

El Día del Migrante es todos los días

El mundo está inmerso en una ola reaccionaria que amenaza con acabar con los elementos más fundamentales de la democracia y la cuestión migratoria se sitúa en el centro de la batalla


Ayer, 18 de diciembre, se conmemoró el Día Internacional del Migrante, instaurado en el año 2000 por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Como todos los «días de» no sirve para gran cosa, pero sí obliga colocar el tema en el telediario durante algunos minutos y, en este caso, a hacerlo de una forma un poco más analítica y reflexiva que las típicas noticias apocalípticas de llegada de pateras o asaltos a la valla. Porque lo cierto es que este tema en concreto sí ocupa de forma habitual las escaletas de los informativos. Y lo hace no tanto porque la problemática tenga una gran dimensión —la tiene; no para los países de llegada, pero sí para las millones de personas que migran—, sino porque desde hace ya mucho tiempo la extrema derecha ha decidido utilizar este fenómeno social como uno de los ejes fundamentales de la batalla ideológica.

El drama humano que constituyen los grandes flujos migratorios de nuestra época afecta a millones de personas cada año y tiene sus causas en el núcleo de la desigualdad económica impuesta sobre el conjunto del planeta por el sistema capitalista. Millones de personas son empujadas a migrar cada año debido a la extrema pobreza que se vive en sus países de origen y que está causada en su mayor parte por las políticas coloniales e imperialistas de las grandes potencias, que extraen los recursos y la riqueza de los países del Sur global al tiempo que estrangulan las posibilidades de desarrollo económico de sus gentes. Pero los flujos migratorios también son ocasionados por el desequilibrio ecológico —sequías, hambrunas, destrucción de los ecosistemas— o directamente por las guerras, ambos fenómenos también muchas veces consecuencia de las actividades y los intereses de los países ricos allende sus fronteras. Hasta que seamos capaces de construir un sistema económico global que no condene a miles de millones de seres humanos a malvivir mientras las sociedades occidentales desarrollan un nivel de vida medio muy superior muchas veces a costa de los recursos y la fuerza de trabajo de los países más pobres, los flujos migratorios no se van a detener. Este es uno de los motivos principales por los cuales la derecha y la extrema derecha criminalizan política y mediáticamente a las personas migrantes: porque abordar las causas que las empujan a migrar sería cuestionar las bases mismas del sistema global de desigualdad para cuyas élites los reaccionarios trabajan.

El otro motivo principal tiene que ver con el funcionamiento político del odio. En las sociedades avanzadas, como la española, los causantes de la precariedad material de amplias capas de la sociedad no son las personas migrantes sino el 0,1% de personas más pudientes que, mediante su influencia política y su control del discurso público a través de los medios de comunicación oligárquicos, impiden la puesta en marcha de medidas legislativas que sean capaces de alterar de forma significativa la muy desigual distribución de rentas, de riqueza y de poder existente. Esto es un hecho lo suficientemente evidente como para que las clases populares protagonicen un levantamiento contra la élite privilegiada a menos que se las convenza de que los culpables de sus males son otros. Y ahí es donde aparece el odio como un discurso político enormemente eficaz para los operadores que trabajan para dichas élites. Al poner al penúltimo de la sociedad a pelear en contra del último de la sociedad, el odio es capaz no solamente de desviar la atención de los verdaderos culpables de los males que aquejan a las clases populares, sino también de dividir a los de abajo para que, así, sea mucho más difícil una unión de luchas que sea capaz de desalojar a los privilegiados del poder.

Al poner al penúltimo de la sociedad a pelear en contra del último de la sociedad, el odio es capaz no solamente de desviar la atención de los verdaderos culpables de los males que aquejan a las clases populares, sino también de dividir a los de abajo

Esta es la funcionalidad política del racismo y la xenofobia y esta es su razón de ser. Hace algunos años, alguien podría haber pensado que los que manejaban un discurso duro contra la inmigración a lo mejor estaban genuinamente preocupados por los efectos materiales y sociales que una llegada sustantiva de personas migrantes al país pudiera producir. Sin embargo, esa presunción quedó completamente desmontada después de que los diferentes países de la Unión Europea acogiesen sin ningún tipo de problema a varios millones de refugiados ucranianos como consecuencia de la invasión de Ucrania por parte del ejército ruso. Solamente España proporcionó refugio a más de 150.000 personas provenientes de ese país sin que se produjese ningún incidente reseñable, sin que nadie articulase un discurso de odio hacia ellos y sin que la acogida tuviese ningún efecto económico negativo para la población autóctona. Por comparación, pensemos en el escándalo ultraderechista que se produce en los medios de comunicación a causa de la llegada de apenas 35.000 personas a las costas de Canarias.

Es evidente que un país como España —así como la inmensa mayoría de los países de la Unión Europea— tiene suficientes recursos económicos no solamente para acoger a cientos de miles de personas migrantes sino también para, al mismo tiempo, garantizar una vida digna en términos materiales a las personas que ya viven en nuestro territorio. Poner a competir ambos objetivos parte de una falacia con una intencionalidad política clara. Es más, todos los estudios científicamente serios que existen acerca del impacto económico de la llegada de personas migrantes a un país del primer mundo hablan indefectiblemente de un impacto positivo. No solamente no nos viene mal que lleguen personas a España para vivir con nosotros y nosotras y para trabajar. Es que, de hecho, nos viene bien. Las razones son innumerables y evidentes: las personas migrantes nos aportan riqueza cultural, una base más joven a nuestra pirámide poblacional, una potente fuerza de trabajo o todos los beneficios para los ingresos del Estado que se derivan de sus cotizaciones a la seguridad social y de su consumo de bienes y servicios.

Por eso, con motivo del Día del Migrante, pero también todos los demás días del año, hay que denunciar con contundencia que el PSOE —y la progresía mediática que legitima su acción política— hayan llevado a cabo durante los últimos cinco años de gobierno una política migratoria y de extranjería imposible de distinguir de la que desarrollaría un gobierno del PP. En toda la legislatura anterior, han sido incapaces de aprobar una regularización masiva de las personas migrantes en situación administrativa irregular que viven y trabajan en nuestro país —a pesar de que esto ya se hizo sin problemas bajo los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y hasta de José María Aznar—, no han querido prohibir las devoluciones en caliente como prometieron en campaña —llegando incluso a dejar caer la derogación de la Ley Mordaza por este motivo, entre otros—, han mirado para otro lado ante hechos tan graves como la masacre de decenas de personas en la valla de Melilla y, ahora, en los últimos meses, están utilizando la presidencia rotatoria española de la Unión Europea para intentar cerrar un acuerdo migratorio que será rubricado con entusiasmo nada menos que por Giorgia Meloni, una neofacista que ha llegado al gobierno de Italia precisamente a lomos del caballo del racismo y la xenofobia. Podríamos enumerar sus puntos más reprobables —como la intensificación de las detenciones en frontera, el pago a terceros países para rechazar personas migrantes, la criminalización de las ONG que rescatan en el mar o la apuesta por la externalización del control migratorio a países que incumplen gravemente los derechos humanos—, pero viendo quiénes van a ser los avalistas del pacto, ni siquiera hace falta.

Hace poco, Donald Trump decía que los inmigrantes ilegales «envenenan la sangre» del pueblo norteamericano. En la Franja de Gaza, el ejército de Israel está llevando a cabo un genocidio que reposa sus bases ideológicas sobre el colonialismo y la superioridad étnica. El mundo está inmerso en una ola reaccionaria que amenaza con acabar con los elementos más fundamentales de la democracia y la cuestión migratoria se sitúa en el centro de la batalla. Por ello, desde la izquierda es clave plantar firmemente los dos pies en los derechos humanos y denunciar a todos aquellos que —como los Verdes Alemanes, la nueva escisión de Die Linke o el PSOE en España— alimentan a la extrema derecha aceptando planteamientos que pueden suscribir Marine Le Pen, Viktor Orban, Georgia Meloni o Santiago Abascal. Nos va el futuro en ello.


Madrid –

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