Felipe VI al finalizar su discurso — Carlos Luján / Europa Press

El discurso del rey

Felipe VI dispone de las mejores fuentes de información y, por ello, sabe perfectamente que las probabilidades de que su hija nunca llegue a reinar son altísimas. Por eso, cada vez que abre la boca, tiene que afirmar —con tono solemne y con gesto agrio— exactamente lo contrario


Ayer miércoles a las 11:00 de la mañana daban inicio los actos solemnes de arranque de la XV Legislatura —tras ser ésta puesta en marcha de forma efectiva mediante la investidura exitosa de Pedro Sánchez— con una sesión conjunta del Congreso y el Senado en el hemiciclo del primero de ellos en la Carrera de San Jerónimo. Como es habitual, los fastos dieron comienzo con la llegada de Felipe VI —acompañado de la reina consorte y de la heredera, y escoltado por decenas de guardias a caballo vistiendo uniforme de gala— en el Rolls Royce Phantom IV comprado por Francisco Franco en 1952. Después de bajar del lujoso coche que recordaba el origen de la actual monarquía española mediante la designación de Juan Carlos I por parte del dictador, el rey se subía a una pequeña tarima colocada en el medio de la calle, mientras el presidente del Gobierno apoyaba sus pies directamente sobre el asfalto. En esta posición, que dejaba clara por la vía del protocolo la supremacía del poder monárquico no electo sobre el poder democrático, ambos escucharon con gesto serio el himno de España interpretado por una banda militar y, a su fin, Felipe VI —jefe supremo de las Fuerzas Armadas según el texto constitucional— pasó revista a las tropas apostadas a las puertas del Congreso. Una vez evocada la dictadura, señalada la Nación como concepto primigenio, establecida la preeminencia de la Corona sobre el Ejecutivo y saludado el poder militar como última ratio en el caso de que las cosas se pongan serias, entonces sí, en cuarto lugar, llegó el momento de dirigirse a los representantes de la soberanía popular.

Primero habló la presidenta del Congreso como única cesión del protocolo a la legitimidad democrática y los diputados de la derecha y la extrema derecha no aplaudieron de forma ostensible sus palabras. Esta decisión —que con toda seguridad traían adoptada previamente, independientemente de lo que dijera Francina Armengol— sirvió para generar un intenso debate mediático en un gremio periodístico cada vez más obsesionado con las formas de la moqueta y la Corte y más desconectado del fondo de los asuntos que afectan a la sociedad.

En una intervención de poco más de 10 minutos y dos folios y medio, y en la que miró en varias ocasiones a Pedro Sánchez como si le estuviera administrando una reprimenda, mencionó 10 veces la Constitución

Después de Armengol, le llegó el turno a Felipe VI. En una intervención de poco más de 10 minutos y dos folios y medio, y en la que miró en varias ocasiones a Pedro Sánchez como si le estuviera administrando una reprimenda, mencionó 10 veces la Constitución, se refirió dos veces de forma explícita a la unidad de España —y unas cuantas veces más de forma indirecta: «el valor de nuestra historia en común», españa como «una realidad compartida», «proyecto común», «propósito común»—, dejó claro que solamente conoce una Nación —aunque se despidiese estéticamente en los cuatro idiomas cooficiales—, hizo varias veces referencia a la continuidad de la monarquía encarnada en Leonor —la función de la Corona es «simbolizar la unidad de España y su permanencia», «el juramento de la Princesa es condición de su continuidad en el desempeño de la misión asignada a la Monarquía Parlamentaria en la Constitución» y significa, para los ciudadanos, «la certeza de estabilidad en el legal desempeño de las funciones de la Jefatura del Estado»— y dejó muy claro que es obligatorio defender de forma militante el espíritu del régimen del 78, que «abrió una nueva página de nuestra historia», es un «momento histórico» que es «constante fuente de motivación porque representa el espíritu más noble en el ejercicio de la política» y «reivindicar su profundo significado» no es «mirar atrás con nostalgia» sino «una orgullosa y consciente reafirmación de nuestras mejores capacidades como país y del mejor logro que ordena, en nuestros días, la vida de la sociedad española: la Constitución».

La unidad de España como la única Nación existente, la continuidad ad æternum de la Casa Borbón como símbolo y garantía de esa unidad y la conservación en formol de un pacto político de hace 45 años que la inmensa mayoría de las españolas y españoles vivos nunca ratificaron democráticamente. Esta fue la propuesta ultraconservadora que hizo ayer a sus señorías Felipe VI y, esta vez, la derecha y la extrema derecha sí aplaudieron el discurso, y también lo hizo el PSOE.

Un repliegue reaccionario y autorreferente de la monarquía que deja entrever en realidad una consciencia de su propia debilidad política, y que también puso de manifiesto el rey en su dolorosamente incoherente apelación a la juventud. Instrumentalizando la figura de su hija y heredera, Felipe VI recordó que, en las últimas elecciones generales y también en las municipales y autonómicas, «miles de jóvenes de la misma edad que la Princesa ejercieron por primera vez su derecho al voto» y afirmó que «para nuestros jóvenes, votar es la forma democrática de expresar una voluntad de futuro». Seguramente el monarca conoce la reciente encuesta de eldiario.es en la que esos jóvenes —a los que efectivamente les gusta ejercer su derecho democrático y que jamás fueron consultados sobre la monarquía o sobre la Constitución— se muestran mayoritariamente en desacuerdo con que la jefatura del Estado sea un cargo hereditario y Leonor sea la próxima reina y están mayoritariamente a favor de que haya un referéndum sobre monarquía o república en el que más de la mitad de ellos y ellas votarían a favor de la segunda opción. Felipe VI dispone de las mejores fuentes de información y, por ello, sabe perfectamente que las probabilidades de que su hija nunca llegue a reinar son altísimas. Por eso, cada vez que abre la boca, tiene que afirmar —con tono solemne y con gesto agrio— exactamente lo contrario.


Madrid –

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