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Daniela Porcelli / Zuma Press / ContactoPhoto

El “Se Acabó”, visto para sentencia

Queda por ver si la judicatura de este país estará a la altura del momento y habrá aprendido la lección o seguirá enrocada en su torre de marfil, plegada a sus elementos más conservadores, esos a los que la “justicia de género” les parece un mal a extirpar


El 2023 terminaba con Jenni Hermoso despidiendo el año frente al reloj de la Puerta del Sol y ha arrancado con su declaración ante la Audiencia Nacional. En ella la futbolista ha insistido en que el beso de Rubiales no fue consentido y que, tras el mismo, vinieron los “atosigamientos”, la coacción, las presiones. La ganadora del Mundial le ha dicho al juez —según fuentes judiciales— que esos días su vida normal se alteró, entre el desasosiego y tristeza, como le ocurre a tantas mujeres que deben lidiar con la búsqueda de justicia y de reparación, bregando con coerciones, con el miedo a no ser creídas y con los pactos de silencio entre caballeros que han amparado por los siglos de los siglos la violencia sexual.

Hermoso, además, hubo de hacer todo esto a la vista de un país —del mundo entero— que escudriñó cada uno de sus pasos desde aquella final de Sidney. Lo hizo en medio del machismo mediático y de los “vuvuzelos” tronando en los medios de comunicación que intentaron ahogar sus reivindicaciones desde aquella misma noche. Lo hizo entre portadas que las acusaban, a ella y a sus compañeras, de “chantajistas”, de “mentirosas”, de “exageradas”, de querer aguarle la fiesta a su propio país y a su propio equipo. Lo hizo, pese a saber que en este país se paga muy caro poner nombre y señalar al agresor y, sobre todo, a quienes le permiten serlo, como esa inolvidable Asamblea de la Federación donde todos aplaudían aquel “no voy a dimitir” que fue la tumba de Rubiales.

Si Hermoso ha podido llegar hasta aquí, hasta este 2024, es, probablemente, porque tuvo también otras muchas razones para hacerlo. Un equipo de compañeras que la sostuvo y la apoyó, que no la dejaron sola; la oportunidad histórica de terminar con décadas de violencia estructural contra las deportistas profesionales; un sindicato, una buena defensa y  el coraje que debe acumularse habiéndose curtido en el fútbol profesional desde Carabanchel, a donde volvió hace poco a echarse una tangana con las niñas, niñes y niños de su colegio público. Pero, también, porque tuvo un movimiento feminista y una sociedad española que esa tarde de verano, frente al televisor, reconoció la violencia en aquel beso. Millones de personas que se indignaron ante la chulería y el desdén de Rubiales, acostumbrado a agarrar lo que quisiera, cuando quisiera, en nombre de España y del fútbol, y de sus cojones. Millones de mujeres que en ese instante, tenían ya claro qué significaba el consentimiento, y por qué era tan importante defenderlo.

Que millones de españolas conectasen, conectásemos, con el #SeAcabó, fue posible gracias a que este verano, España, como cantó María Jiménez —otra superviviente— ya era otra. Sus feministas habían puesto el cuerpo, la calle y el relato para romper con la impunidad de la Manada, para acuerparse en el Cuéntalo, para parar el mundo haciendo huelga un 8M. Ellas han sido el ariete democrático que iba despejando el camino y abriendo paso a los derechos, a la justicia social, a las vidas dignas. Muchas de esas luchas y de esos activismos que jamás habían sido escuchadas en la institución tuvieron traslación en un Ministerio, en un equipo y en una ministra que tuvo que soportar una violencia atroz por querer, precisamente, poner el consentimiento en el centro del código penal y dar reparación y respuesta a las víctimas de violencia sexual. Montero tuvo que ver como la “cultura de la violación” que llevó a un debate parlamentario era considerada una expresión ofensiva, digna de ser borrada de las actas de la Cámara, y no el marco teórico que explicaba, mejor que ningún otro, por qué los jueces de este país prefirieron beneficiar a agresores sexuales antes que proteger a sus víctimas. Y ese mismo verano, tuvo que ver también como su agenda feminista era silenciada porque molestaba a algunos amigos cincuentones y a algunas aliadas que prefirieron no mancharse las botas de barro y quedarse aplaudiendo en los palcos, que son más calentitos.

Resignficaron el Sólo sí es sí, enseñaron consentimiento a un país que estaba de vacaciones y hasta consiguieron hacer amable la rojigualda a muchas personas escépticas que ahora ven el fútbol no como el privilegio de unos pocos, sino como algo que puede transformarlo todo. Y encima, ganando un Mundial

Hasta que llegó un grupo de mujeres jóvenes, deportistas, nada menos que una Selección nacional, y marcaron el gol que dio sentido a todo: al consentimiento, a la sororidad, a las victorias en equipo. Resignficaron el Sólo sí es sí, enseñaron consentimiento a un país que estaba de vacaciones y hasta consiguieron hacer amable la rojigualda a muchas personas escépticas que ahora ven el fútbol no como el privilegio de unos pocos, sino como algo que puede transformarlo todo. Y encima, ganando un Mundial.

Queda por ver, eso sí, si la judicatura de este país estará a la altura del momento y habrá aprendido la lección o seguirá enrocada en su torre de marfil, plegada a sus elementos más conservadores, esos a los que la “justicia de género” les parece un mal a extirpar, porque ha destapado sus fratrías y sus pactos entre poder y togas, donde también campaba impune la violencia sexual. Su mundo se ha quedado atrás y sus sillones también pueden volcarse, como el del malogrado Rubiales, al que han seguido, como un castillo de naipes, sus cooperadores necesarios. La sociedad española lo supo interpretar enseguida, pero ellos, la RFED, el TAD, no tanto. Pensaron que podría, incluso, salirles gratis. Pero mientras ellos hacían balance de daños, el #SeAcabó ya llenaba las plazas. Mientras algunos planeaban la reacción patriarcal que ahogase la revuelta, otras ya habían invadido el campo y pitado su derrota. Fin del partido.

Tiene mucho de simbólico que fuera ella, Hermoso, la involuntaria protagonista del #SeAcabó, la que brindara junto a Ana Mena, Ramón García y su capa el pasado día 31 de diciembre en millones de hogares de nuestro país, mientras a pocas calles un puñado de majaderos celebrara un nacional-cotillón fascista, con lapidación a un muñeco de Sánchez incluida. Para que digan que esto no va de batallas culturales, que bien vale pelearlas —no nos queda otra— para que ganen las buenas. Quién nos iba a decir que la justicia poética sería, esta vez, justicia deportiva.


Madrid –

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