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Kate Middleton y el príncipe William — Benoit Doppagne / Zuma Press / ContactoPhoto

Kate Middleton y la democracia

Aunque, a primera vista, todo esto pudiese parecer un asunto de prensa rosa o de la sección de ‘sociedad’, no lo es en absoluto. Es un torpedo en la línea de flotación del sistema político del Reino Unido


Cualquiera que haya visto el telediario durante los últimos días ha escuchado hablar de la polémica que rodea a Kate Middleton, su desaparición del foco público, su fotografía manipulada —supuestamente, por ella misma— y el vídeo publicado recientemente por algunos tabloides británicos.

Catherine Elizabeth Middleton (Kate) es la esposa del príncipe William, hijo mayor del rey Charles III con la que fuera su primera esposa, Diana Spencer, y por tanto el primero en la línea de sucesión al trono británico. Para que nos entendamos, William es el príncipe de Gales (el equivalente a nuestra princesa de Asturias) y Kate es la princesa de Gales (si Leonor estuviera casada, la equivalente de su esposo). William y Kate son en estos momentos la «pareja heredera». Es decir, lo mismo que eran Charles y Lady Di hasta la trágica muerte de Diana.

La inestable situación actual, que ha llegado con fuerza a las redes y a los principales medios también en España, comienza a finales de enero cuando el gabinete de los príncipes de Gales informó de que Middleton había sufrido una «cirugía abdominal» que la mantendría fuera de la agenda pública hasta después de la semana santa. Aunque los principales medios del Reino Unido respetaron el silencio impuesto por la Casa Real, lo escueto del comunicado, la evidente apariencia de estar ocultando algún elemento relevante y, hace unas semanas, la publicación de una extraña foto de los futuros reyes dentro de un coche con cristales oscuros, desató infinidad de especulaciones en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas de todo el país, algunas de las cuales se llegaron a constituir en auténticas teorías de la conspiración. Por si esto fuera poco, hace unos días, el propio equipo de los príncipes filtraba a los medios una fotografía en la que se podía ver a Kate Middleton, sana y sonriente, rodeada de sus tres hijos, pero que rápidamente se detectó que había sido manipulada al menos en una o dos decenas de elementos. Aunque a las pocas horas Middleton publicaba una nota en sus redes asumiendo la autoría de la manipulación y quitándole hierro al asunto como una mera práctica habitual e inocente de una «aficionado a la fotografía», la credibilidad de los príncipes de Gales ya estaba por los suelos y la foto consiguió exactamente lo contrario de lo que pretendía: la especulación y las teorías de la conspiración aumentaron varios órdenes de magnitud. Tanto es así que, cuando, hace unas horas, varios tabloides británicos publicaban un vídeo en el que supuestamente se veía a la pareja caminando alegre por las calles de un pequeño pueblo, la mayoría de las personas reaccionaron negando que la mujer del vídeo fuera en realidad Kate Middleton.

Aunque, a primera vista, todo esto pudiese parecer un asunto de prensa rosa o de la sección de ‘sociedad’, no lo es en absoluto. En estos momentos, el trono del Reino Unido —y de los 15 países de la Commonwealth— está ocupado por Charles III, que tiene 75 años y ha sido diagnosticado recientemente de cáncer. Su esposa, la reina consorte Camilla Shand, tiene 76 años y estos días ha viajado a la India para someterse a un retiro ayurvédico, sobrepasada por las tareas de representación pública de la Casa Real. El heredero, el príncipe William, que se convertiría inmediatamente en rey si su padre falleciera, se halla en estos momentos en el centro de un escándalo mediático que ha provocado que prácticamente ningún ciudadano británico se crea ni una sola palabra que salga de la boca de la princesa de Gales y tampoco de la suya.

Esto es relevante y no es prensa rosa. Es un torpedo en la línea de flotación del sistema político del Reino Unido.

En lo básico, la monarquía británica funciona más o menos de la misma forma que la española; al menos en lo que a su lógica política fundamental se refiere

Aunque dicho país de países no tiene una constitución codificada en un único texto sino un convolucionado y opaco conjunto de normas de rango constitucional —pensemos, por ejemplo, que no fue hasta 2003 que se conoció una lista completa de los poderes reales (ejercidos en su inmensa mayoría por el Primer Ministro y el Gobierno)—, en lo básico, la monarquía británica funciona más o menos de la misma forma que la española; al menos en lo que a su lógica política fundamental se refiere.

En particular y respecto de lo que aquí nos ocupa, tanto en el Reino Unido como en España, la monarquía es una institución no democrática en tanto que la persona que ocupa en cada momento el trono se elige por sucesión. La corona, tanto allí como aquí, representa supuestamente al conjunto de la nación y, por tanto, funciona al margen del sistema de partidos. Sin embargo, y a diferencia de las instituciones elegidas democráticamente, que obtienen cada pocos años la legitimidad para ejercer el poder por la vía democrática, las monarquías no tienen más remedio que intentar obtener la legitimidad que permite su misma existencia a través del apoyo popular a su operativa pública. Dicho de otra forma, es muy difícil justificar la continuidad de una institución que nadie ha elegido si no tiene el apoyo holgado de bastante más de la mitad de la población. Por eso, todo lo que tiene que ver con la imagen pública y con la operativa comunicativa que rodea a las diferentes casas reales no es una mera cuestión de cotilleo rosa sobre la vida de los ‘royals’. Es, por el contrario, el tablero en el que se dirime la continuidad del sistema constitucional tal y como lo conocemos.

Si la monarquía tiene una profunda crisis reputacional y su popularidad cae a mínimos durante mucho tiempo, se hace imposible evitar un proceso constituyente hacia un modelo republicano que lo cambie absolutamente todo en el plano institucional y político. Por eso no era un asunto menor todo lo que rodeó al matrimonio entre Charles y Diana (algo que la reina Elizabeth II entendió perfectamente), por eso ocurrió lo que ocurrió en España cuando se descubrió que Juan Carlos I estaba matando elefantes en África con una amante en el peor momento de la crisis económica (y por eso Felipe VI acabó forzando su exilio cuando se destaparon buena parte de sus casos de corrupción), y por eso no es crónica de sociedad la brutal pérdida de credibilidad que están experimentando los actuales príncipes de Gales sino una muy importante señal de alarma política que puede acabar llevándose por delante a la monarquía más longeva y más importante del mundo occidental… y quizás a las demás tras de sí como piezas de dominó que van cayendo.

A pesar de la ilustración y la revolución francesa, varias monarquías han conseguido aguantar en Europa hasta bien entrado el siglo XXI. Pero todo el mundo entiende que esa situación es inestable desde el punto de vista democrático. En los tiempos de Internet, es prácticamente imposible que una institución no electa consiga mantener un alto apoyo social durante mucho tiempo. Que las monarquías europeas van a caer una tras otra es simplemente una pregunta por el cuándo… y quién sabe si una foto burdamente manipulada no acabará siendo la chispa que ponga todo en marcha.


Madrid –

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