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President Of Ukraine / Zuma Press / ContactoPhoto

¿Quién se va a enfrentar al capitalismo de guerra en Europa?

La necesidad de una izquierda fuerte y no subordinada a la socialdemocracia, que sea capaz de poner pie en pared ante el avance del capitalismo de guerra, se convierte ahora en una cuestión existencial y en una de las preguntas principales de las próximas elecciones europeas


A medida que se intensifican las características primordiales del sistema capitalista, aumenta la violencia y se reduce el principio democrático. Así, no cuesta mucho trabajo entender —especialmente, si se acude a los libros de historia— que el fascismo no es otra cosa que la expresión más descarnada del capitalismo; la forma que sale al escenario cuando el sistema ya no consigue proteger los privilegios de la oligarquía únicamente mediante el discurso y la persuasión. En su forma fascista, el capitalismo es maximalmente violento y completamente antidemocrático; pero hay otras formas que podríamos considerar intermedias (previas). Entre ellas, sobresale lo que podríamos llamar el «capitalismo de guerra». Para comprender su naturaleza, lo más eficaz es mirar hacia los Estados Unidos de América. A lo largo del último siglo, el hegemón norteamericano siempre se ha constituido como la vanguardia en la putrefacción —¿o el perfeccionamiento?— del sistema capitalista. Por eso, muchas veces mirar lo que sucede al otro lado del Atlántico es como mirar al futuro. ¿En qué consiste, entonces, lo que los viejos marxistas llaman el complejo industrial-militar? La idea básica no es muy compleja. Si el sistema capitalista necesita de la fabricación y el consumo continuo de bienes y servicios para que la rueda del capital se mantenga girando, ¿qué puede resultar más óptimo para ese fin que fabricar bombas? Desde el punto de vista capitalista, una bomba es un objeto enormemente útil para el sistema. Al fin y al cabo, una bomba permite destruir recursos existentes, lo cual lleva a tener que volver a fabricarlos, para, a continuación, fabricar nuevas bombas que los vuelvan a destruir, y así sucesivamente, y con el correspondiente margen de beneficio empresarial en cada paso. Es en esta lógica en la que los Estados Unidos han basado una buena parte de su potencia económica durante los últimos 100 años. Esto es el complejo industrial-militar. Un gigantesco sistema de grandes corporaciones alimentadas por billones de dólares de dinero público y justificadas por un estado de guerra permanente. Un entramado infinitamente más poderoso que cualquier presidente y cuyos beneficios son proporcionales al número de ciudades bombardeadas y personas asesinadas no solamente por el ejército norteamericano sino también por todos aquellos ejércitos armados por Washington. Pero no sólo Estados Unidos impulsa su maquinaria capitalista de este modo. Este esquema, que también podríamos denominar «keynesianismo de guerra», es precisamente el que ha permitido a Vladimir Putin mantener la economía de la Federación Rusa funcionando a pesar de las sanciones y los bloqueos comerciales que occidente ha impuesto al gigante euroasiático como respuesta a la invasión de Ucrania.

Es una lógica económica despiadada y brutal, es un esquema que basa el beneficio capitalista en la destrucción y la muerte, pero nadie puede negar que funciona. De hecho, es tan evidente su eficacia económica, su capacidad para hacer crecer el PIB y generar empleo, que la propia Unión Europea está emitiendo poderosas señales de que pretende ir por el mismo camino. Después de la infernal carnicería de seres humanos que supuso en el viejo continente la Segunda Guerra Mundial y el holocausto nazi, Europa había conseguido congelar durante algunas décadas su furor bélico y apostar por un crecimiento económico fundamentado —si no completamente, al menos en mayor medida— en una paz duradera entre los pueblos. Pero todo indica que eso está empezando a cambiar. Con la invasión rusa de Ucrania, los poderes oligárquicos, a través de sus cañones mediáticos, consiguieron instalar en la mayoría de la población la idea de que enviar armamento sin límites al ejército ucraniano era nada más y nada menos que la lucha por la libertad y la democracia. Ahora que —después de dos años de infructuoso conflicto— los argumentos de las élites políticas y mediáticas empiezan a sonar a hueco y los corazones de los ciudadanos europeos se empiezan a enfriar, en vez de empezar a hablar de paz, los líderes de la Unión Europea nos anuncian su voluntad de apostar por una guerra eterna.

Ahora que los argumentos de las élites políticas y mediáticas empiezan a sonar a hueco y los corazones de los ciudadanos europeos se empiezan a enfriar, en vez de empezar a hablar de paz, los líderes de la Unión Europea nos anuncian su voluntad de apostar por una guerra eterna

Se presiona al Banco Europeo de Inversiones para que invierta en armamento, y Nadia Calviño no dice que no. Donald Trump —el próximo presidente de los Estados Unidos si el Partido Demócrata no hace nada por evitarlo—, avisa de que no va a defender a los países europeos si no aumentan significativamente su contribución armamentística a la OTAN. Ursula Von der Leyen acepta la invitación y propone un sistema de compra conjunta de armas similar al modelo de las vacunas o el gas. «La guerra no es imposible», afirma la ex ministra derechista de Merkel y hoy máxima representante de la Comisión Europea. Los diferentes líderes europeos reunidos esta semana en París coinciden en dirigirse a «una economía de guerra» con la excusa de «ayudar a Ucrania». Emmanuel Macron, presidente de una nación orgullosa de contar con la bomba atómica, incluso se abre a la posibilidad de enviar tropas al conflicto; algo que podría desencadenar perfectamente la tercera guerra mundial.

El avance de la ideología del capitalismo de guerra parece imparable y eso hace que, automáticamente, surja la pregunta: ¿Hay alguien dispuesto a hacer frente a esta deriva violenta y suicida a la que tantos parecen querer arrastrar al continente europeo? Desde luego no parece que la socialdemocracia clásica esté por la labor. Si miramos al país más poderoso de Europa —y también el más traumatizado por la historia reciente del continente—, el Canciller Olaf Scholz del SPD y sus socios de gobierno «verdes» y «liberales» ya han demostrado su voluntad inquebrantable de rearmar a Alemania y volver a llevarla a una dinámica de guerra; con todo lo que ello significa. Más cerca de casa, ni el presidente Sánchez —también una figura relevante de la socialdemocracia europea en estos momentos— ni el PSOE se están saliendo tampoco del guión. Su discurso en París el pasado lunes estuvo perfectamente alineado con la voluntad bélica del resto de sus homólogos y ha dejado claro en los últimos tres meses que no está dispuesto a tomar ninguna medida concreta contra la guerra ni siquiera cuando ésta toma forma de genocidio, como está ocurriendo en la Franja de Gaza. «¿Debe Europa replantear su pacifismo y aumentar el gasto en defensa?», titulaba recientemente una pieza de análisis el periódico de referencia de los socialistas, El País, y cualquiera entiende lo que significa formular la cuestión en clave de pregunta. De hecho, el PSOE no ha hecho otra cosa que responder que sí, presupuesto tras presupuesto.

Así las cosas, la necesidad de una izquierda fuerte, autónoma y no subordinada a la socialdemocracia no es ya una condición de posibilidad solamente para la justicia social, para el avance del feminismo o para la transición ecológica en el viejo continente. Ahora, además, que haya un movimiento social y político capaz de poner pie en pared ante el avance del capitalismo de guerra se convierte en una cuestión existencial y en una de las preguntas principales que habrá que contestar en las próximas elecciones europeas.


Madrid –

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Editorial

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