El canciller alemán Olaf Scholz en un acto reciente en Berlín — Michael Kuenne / Zuma Press / ContactoPhoto

Sajonia-Anhalt y el fin de la democracia liberal en Europa

Se entiende el sentimiento de culpabilidad nacional del pueblo alemán por el horror del holocausto nazi, pero eso no justifica en ningún caso la decisión tomada por el Lander de Sajonia-Anhalt


Innumerables crónicas se han escrito en los últimos años advirtiendo de los peligros que corre la democracia liberal en el continente europeo, debido, fundamentalmente, al ascenso de los partidos autoritarios de extrema derecha en los diferentes países de la Unión.

Esta ola reaccionaria se ha fortalecido notablemente a raíz de la asunción por parte de la práctica totalidad de los líderes políticos europeos del discurso de furor bélico reclamado por EEUU a través de la OTAN como respuesta a la invasión rusa de Ucrania. Cualquier defensa de los principios de la diplomacia y del pacifismo ha sido durante los últimos dos años violentamente atacada desde la hegemonía mediática —desde la derecha hasta la progresía—, y cualquiera que se opusiese al envío masivo de armamento al gobierno ucraniano para alimentar la escalada bélica ha sido criminalizado en las televisiones, radios y periódicos y señalado como «amigo de Putin». Tal ha sido la violencia política ejercida contra cualquiera que no comprase la totalidad de la estrategia otanista que incluso los verdaderos «amigos de Putin» en los diferentes países —Salvini en Italia, Abascal en España o Le Pen en Francia— han podido maniobrar con comodidad para situarse como los defensores de la democracia europea y aumentar mediante el impulso belicista y militarista sus apoyos electorales. La compra acrítica por parte del conjunto de la progresía política y mediática de la mercancía averiada del furor bélico en la guerra de Ucrania ha provocado, así, que la mayor amenaza a la democracia liberal en el continente crezca empujada por el discurso hegemónico. Justo lo que dicen combatir.

Algo muy similar está ocurriendo con el genocidio que está llevando a cabo el Estado de Israel contra el pueblo palestino. Mientras el ejército de Netanyahu asesina civiles en la Franja de Gaza 400 veces más rápido en términos relativos que Putin en Ucrania, la maquinaria militar y mediática de EEUU, la OTAN y las corrientes políticas europeas sumisas al poder norteamericano han decidido renunciar a cualquier acción concreta que pueda llevar a detener el mayor genocidio de seres humanos del siglo XXI y a empezar todos sus discursos cómplices con la condena del atentado terrorista de Hamás del pasado 7 de octubre y con el reconocimiento del «derecho de Israel a defenderse». Una condena del terrorismo y un «derecho a defenderse» que, por lo visto, incluye el asesinato de 100 niños por día a manos de uno de los ejércitos más poderosos del mundo. De nuevo, y como era de esperar, el que la progresía política y mediática haya aceptado doblar la cerviz y comprar el discurso justificatorio del exterminio ha impulsado a las corrientes políticas ultraderechistas que, a lo largo y ancho del continente, ven con buenos ojos el asesinato industrial de seres humanos siempre y cuando estos sean musulmanes o tengan la tez morena. Así, y de forma similar a lo ocurrido respecto de la guerra de Ucrania, el discurso hegemónico de justificación del genocidio sionista ha permitido a los partidos que cuentan con cuadros intermedios —o incluso dirigentes— filonazis en los diferentes países de la Unión Europea maniobrar políticamente con comodidad y permitirse el lujo de acusar de antisemitismo a los partidos de izquierdas que apoyan la causa Palestina.

Estamos ante una medida que es, en sí misma, un ataque a la línea de flotación de los principios básicos de la democracia liberal. Por definición, una democracia liberal es una democracia no militante

Quizás uno de los acontecimientos más reveladores en este sentido es el que publicaba el medio alemán Deutsche Welle antes de ayer. El Lander (estado federado) de Sajonia-Anhalt, gobernado por una coalición entre la CDU (el homólogo del PP en Alemania), el SPD (homólogo del PSOE) y el FDP (homólogo del ya extinto Ciudadanos), habría anunciado su intención de obligar a cualquier extranjero con derecho a convertirse en ciudadano alemán a firmar la siguiente declaración como requisito para poder obtener la nacionalidad: «Reconozco expresamente la especial responsabilidad alemana por el Estado de Israel y el derecho de Israel a existir y condeno cualquier intento antisemita. No persigo ni he perseguido esfuerzos dirigidos contra el derecho del Estado de Israel a existir».

Puede parecer algo pequeño pero se trata, en realidad, de una decisión enormemente preocupante. Se entiende el sentimiento de culpabilidad nacional del pueblo alemán por el horror del holocausto nazi, pero eso no justifica en ningún caso la decisión tomada por el Lander de Sajonia-Anhalt. No solamente se fuerza a cualquier persona a suscribir las mismas afirmaciones que Netanyahu utiliza para justificar el asesinato masivo de civiles palestinos. No solamente se acepta el discurso de extrema derecha que hace avanzar a las fuerzas políticas iliberales por todo el continente. Además, estamos ante una medida que es, en sí misma, un ataque a la línea de flotación de los principios básicos de la democracia liberal. Por definición, una democracia liberal es una democracia no militante. Es decir, en una democracia liberal, aunque todas las personas están sujetas al cumplimiento de la ley, ninguna persona está obligada a estar de acuerdo con las leyes vigentes. Exigir una declaración militante hacia cualquier tipo de principio político o de ordenamiento legal para obtener la condición de ciudadano es exactamente lo contrario que lo que representa una democracia liberal. Para entenderlo muy rápidamente, imaginemos que en España tomamos la decisión de retirar la nacionalidad española a todos aquellos que no firmen una declaración explícita en contra de la homofobia, el machismo, la islamofobia y el racismo. O a todos aquellos que no firmen una declaración explícita de estar a favor de la progresividad fiscal que figura en el artículo 31 de la Constitución. Que exactamente esto esté teniendo lugar en el país más poderoso de la Unión Europea y que la militancia que se esté exigiendo como requisito de ciudadanía sea la de alinearse sin condiciones con un Estado que está llevando a cabo una limpieza étnica no es tan solo un hecho más.

Cuando los sectores que se llaman a sí mismos «progresistas» ceden terreno a discursos netamente ultraderechistas, como el discurso del furor bélico otanista en Ucrania o el discurso del «derecho a defenderse» —cometiendo un genocidio— de Israel, no solamente pavimentan la avenida ideológica que luego recorrerán las fuerzas de la nueva extrema derecha autoritaria para hacerse con el poder. Además, legitiman con su cobarde posición la adopción de medidas concretas que nos retrotraen a tiempos oscuros del pasado de nuestro continente. Si de verdad quieren proteger la democracia liberal en Europa, más vale que los «progresistas» dediquen menos tiempo a gritar «que viene el lobo» y asuman de una vez por todas que la única manera de evitar la victoria de los reaccionarios pasa por combatir sin cuartel sus ideas y sus posiciones políticas.


Madrid –

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