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KIM Jae-Hwan / Zuma Press / ContactoPhoto

2024: ¿Estallará la guerra en Corea?

El 2024 inicia con una nueva escalada bélica en Corea y con pocas expectativas para la diplomacia. El anticomunismo del gobierno surcoreano, la injerencia de Estados Unidos y la doctrina “songun” norcoreana tensionan un conflicto crucial para la seguridad internacional y para la estrategia de Washington en Asia-Pacífico


2023 se cerró en Corea con la entrada en una nueva fase del conflicto entre norte y sur. Las tensiones entre Pyongyang y el eje Washington-Seúl-Tokio dieron de sí durante todo el año cifras récord en materia de movimientos militares conjuntos y lanzamientos de misiles que culminaron en una crucial declaración de cierre de año de Kim Jong-un en el plenario del Comité Central del Partido del Trabajo de Corea. Todos estos hechos, relevantes en lo numérico y por el peligro que entrañan para la seguridad internacional, es fruto de procesos internos en la península que en absoluto pueden sintetizarse aludiendo al reiterativo argumento del supuesto belicismo norcoreano.

Aunque no sea lugar común en la prensa de Occidente al hablar de las Coreas, conviene acudir a la fuente primaria. El 31 de diciembre, la agencia estatal norcoreana KCNA brindaba un extenso resumen del plenario en cuestión en el que se extraían declaraciones cruciales para la seguridad en Asia-Pacífico: “la conclusión general a la que llega nuestro Partido, analizando las relaciones de larga data entre el Norte y el Sur, es que la reunificación nunca podrá lograrse con las autoridades de la República de Corea que definieron la «unificación por absorción» y la «unificación bajo la democracia liberal» como su política estatal. […] Actualmente, Corea del Sur no es más que una malformación hemipléjica y un estado subordinado colonial cuya política está completamente fuera de orden, cuya sociedad entera está contaminada por la cultura yanqui y cuya defensa y seguridad dependen totalmente de Estados Unidos. […] Las relaciones Norte-Sur se han convertido en relaciones entre dos Estados hostiles entre sí y en relaciones entre dos Estados beligerantes, y ya no en relaciones entre dos estados que comparten lazos de sangre”.

Así, la reunificación es asumida por Pyongyang como inviable en el estado actual de la crisis y Corea del Sur pasa a ser definido como estado enemigo y beligerante; de esta forma, una de las claves que alejaban en cierta medida la posibilidad de nuevas escaladas se esfuma, pues Corea del Norte abandona oficialmente —en la práctica, ya lo había hecho— la retórica de los lazos de sangre respecto a Seúl. De nuevo, este no es sino un capítulo más en el deterioro de las relaciones entre las dos Coreas desde la asunción del anticomunista Yoon Suk-yeol (Partido del Poder Popular; PPP) como presidente del sur en el año 2022. De hecho, la actitud confrontativa del norte es ante todo un acomodamiento a los tiempos reales de la diplomacia intercoreana, pues ya en febrero de 2023 el gobierno surcoreano modificó la definición que el país otorgaba en su Libro Blanco de Defensa a Corea del Norte: a partir de ese momento, pasó a ser considerado como un enemigo.

El año 2024 arranca en la región con el temor de una reedición de la crisis de la isla de Yeonpyeong del año 2010. En aquella ocasión, también gobernaba la derecha anticomunista del Partido del Poder Popular (entonces Gran Partido Nacional) de la mano del que fuera CEO del chaebol (versión surcoreana de las empresas monopolísticas) Hyundai, Lee Myung-bak. Varios obuses norcoreanos fueron disparados sobre la isla surcoreana de Yeonpyeong, situada inmediatamente al sur del Northern Limit Line (la frontera marítima entre ambas Coreas) en la costa oeste de la península, matando a cuatro surcoreanos. Por su parte, Corea del Sur -que había estado realizando pruebas de artillería balística en la zona- respondió bombardeando las bases norcoreanas de Kaemori y Mudo. La crisis se enfrió, pero el pico de tensiones puso a prueba la frágil estabilidad de la paz en la península, sostenida sobre la base de un armisticio de más de setenta años.

En este nuevo año, la segunda parte de la crisis de Yeonpyeong dibuja un escenario enormemente convulso. Corea del Sur ha denunciado que el norte realizó múltiples disparos de artillería cerca del límite marítimo en la zona, aunque por el momento al norte de la propia frontera. Como respuesta, Seúl ejecutó sus primeros ejercicios militares con fuego real desde el año 2018 en la costa oeste, luego de haber tensionado la crisis al realizar simulacros de combate junto a Estados Unidos en la frontera entre ambas Coreas. Este beligerante inicio de año complementa la persistente ruptura de los lazos diplomáticos que todavía quedan en pie como resquicios de los años de acercamientos durante los gobiernos pro Política del Sol -la doctrina surcoreana que defiende acercamientos políticos, económicos y familiares con el norte- de Moon Jae-in, Roh Moo-hyun y Kim Dae-jung y que van agotándose dando buena cuenta de la caducidad de una política exterior bienintencionada pero limitada por los intereses militares de Estados Unidos en Asia-Pacífico.

Es difícil imaginar una mejoría de la seguridad en la península, y muy sencillo advertir vías para nuevas y mayores escaladas. Desde el mismo Kim Il-sung (1948-1994), el norte ha sostenido una retórica pro reunificación sin importantes titubeos. Dicha línea fue sostenida durante el gobierno de Kim Jong-il (1994-2011), etapa en la cual se produjeron quizá los mayores avances en materia de la diplomacia intercoreana, con él y el ex presidente surcoreano Kim Dae-jung (1998-2003) firmando la South-North Joint Declaration en el año 2000. En ella, se establecía un consenso primario que habría de regir el grueso de las relaciones entre Pyongyang y Seúl a futuro: ambos estados rechazaban la reunificación por absorción y definían la vía federativa como la única posible y aceptable para alcanzar el fin de la guerra y la creación de un estado coreano unificado.

Por supuesto, entre lo que contenía este acuerdo y la praxis que ha dado forma al conflicto existe una brecha considerable. La consolidación de la doctrina songun en Corea del Norte -que prioriza los asuntos militares y soporta en lo doctrinal la proliferación nuclear y la carrera armamentística de Pyongyang- y el reforzamiento de la injerencia militar estadounidense en la península han entorpecido los esfuerzos diplomáticos de ambos gobiernos. Paralelamente, la primacía de las posiciones anticomunistas, anti norcoreanas y pro estadounidenses en los procesos electorales surcoreanos -la derecha anticomunista ha gobernado entre 2008 y 2017 y regresó a la Casa Azul en 2022- ha ido dinamitando los tibios avances de las administraciones favorables a la política del Sol a medida que los líderes de la derecha alcanzaban el Ejecutivo nacional.

El mandato de Yoon Suk-yeol debería extenderse hasta mayo del año 2027, hecho que pondrá a prueba durante demasiado tiempo los precarios equilibrios de contención bélica en Corea. Por el momento, la disuasión nuclear parece ser la principal valedora de la “paz beligerante” de la península, aunque el beneficio estratégico que obtiene Washington de la continuidad del conflicto intercoreano -le permite justificar su presencia en un enclave privilegiado de su agenda injerencista en Asia-Pacífico aludiendo a la retórica de “proteger a los aliados”- juega también un papel clave. Con todo, Corea del Sur se vale de una relativa autonomía estratégica que es plena en el caso de Corea del Norte, por lo que nuevas escaladas están encima de la mesa a pesar de la relativa tutela (a menudo, exagerada) de Estados Unidos sobre el conflicto. Cabe esperar que siga consolidándose la “tríada” imperialista de Estados Unidos, Corea del Sur y Japón, que continúen los movimientos de presión y asfixia del eje liderado por Washington contra Pyongyang y que este último continúe desarrollando su armamento, en línea con sus recientes éxitos en materia espacial.


Madrid –

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Editorial

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