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Mikael Stenberg — Unsplash

El Día del Padre y la ultraderecha italiana que invoca a la familia

A la escasa posibilidad de recurrir al permiso de paternidad obligatorio en Italia, hay que añadir la escasez de plazas en las guarderías. Lo que repercute en las posibilidades de las madres de liberarse del cuidado de los hijos


El 19 de marzo, en los países en los que la presencia del catolicismo es más fuerte, se celebra el Día del Padre en honor de San José, el padre de Jesucristo. Un día en el que se derrochan dos cosas: buenos deseos y mucha retórica hipócrita.

Tanto más si cabe en una Italia gobernada por una ultraderecha que ha hecho de la defensa de los padres una de sus banderas. Sin embargo, en la figura del padre la ultraderecha no defiende tanto la materialidad de millones de varones dedicados a la paternidad, sino más bien el símbolo de un orden tradicional basado en la tradición, la familia, el orden y la jerarquía.

Dicho de otra manera, si de veras le preocupara la vida cotidiana de tantos padres no se entendería el vacío absoluto que rodea a medidas concretas como, por ejemplo, el permiso de paternidad. Hasta 2012, en Italia un padre no tenía derecho a ningún permiso de paternidad obligatorio al nacer un hijo. ¿La consecuencia obvia? El cuidado del bebé recae/recaía exclusivamente sobre los hombros de la madre.

Desde 2012 las cosas empiezan a cambiar lentamente. Pero muy lentamente. De hecho, al principio solo se introduce un solo día de permiso obligatorio y dos opcionales. En diez años, se llega a la cifra de diez días de permiso obligatorio y uno opcional, que se pueden tomar dos meses antes o cinco meses después del parto. Pero solo para los trabajadores por cuenta ajena (públicos o privados). Esto significa que, a día de hoy, un trabajador autónomo no disfruta de ningún permiso de paternidad.

Durante los días de permiso, el trabajador recibe un subsidio equivalente al cien por cien de su salario. Lo abona el INPS (Istituto Nazionale della Previdenza Sociale), aun cuando lo adelante inicialmente el empresario.

Con el paso de los años, el número de padres que disfrutan de los permisos ha aumentado considerablemente. El número de nuevos padres que utilizan este instrumento se ha más que triplicado: ha pasado de 51.745 en 2013 (1 de cada 5) a 172.797 en 2022 (3 de cada 5).

Sin embargo, persisten enormes diferencias territoriales. Los padres que usan el permiso obligatorio se encuentran mayoritariamente en el Norte (con picos superiores al 80 por cien en Bérgamo, Lecco, Treviso, Vicenza y Pordenone); por el contrario, los que menos lo utilizan están todos en el Sur, con los peores porcentajes en Agrigento (29 por cien), Vibo Valentia (29 por cien), Trapani (27 por cien) y Crotone (24 por cien).

Esta diferencia, una manifestación más de la vigencia de la «cuestión meridional», se debe a una pluralidad de factores. Sin duda, los factores culturales pueden influir, pero tampoco hay que pasar por alto la configuración del tejido productivo nacional, bastante distinto en el Norte en comparación con el Sur. De hecho, las grandes empresas se sitúan principalmente en el norte del país y son las que registran la tasa más elevada de utilización del permiso obligatorio: en las de más de 100 empleados, la utilización es del 77 por cien. El porcentaje desciende al 45,2 por cien en las empresas con menos de 15 empleados.

Asimismo, una encuesta reciente realizada en colaboración con SWG y ValoreD con motivo del Día del Padre de 2024 muestra que el conocimiento preciso de los permisos no es un bien muy extendido, si tenemos en cuenta que hasta uno de cada cuatro ciudadanos no tiene la menor idea de lo que son. Un porcentaje que crece aún más en el Sur, donde prácticamente uno de cada tres ciudadanos ignora por completo la existencia de este instrumento.

De la misma encuesta se desprende que la mayoría de los italianos cree que el permiso de paternidad puede ser una herramienta útil si de veras se quiere plantear el objetivo de la paridad. Un 68 por cien por ejemplo —porcentaje idéntico entre hombres y mujeres— considera que esta herramienta puede «aliviar concretamente a la madre de las actividades de cuidado de los hijos». Un 64 por cien de los varones cree que sirve para «estimular un cambio cultural positivo en términos de igualdad de género» (el porcentaje sube al 71 por cien de las mujeres).

Sin embargo, resiste una parte no despreciable del país que, por el contrario, considera que el permiso obligatorio es un riesgo para su carrera profesional —el 36 por cien de los encuestados— y que «los hombres no deben o no valen para cuidar de los niños» —uno de cada cinco encuestados. Si la segunda afirmación remite al planteamiento ideológico del que tira buena parte de la ultraderecha, tanto política como mediática (la empeñada en cruzadas contra la igualdad de género y en defensa de una supuesta división tradicional de roles, donde el padre ejerce de “proveedor” y la madre de “ángel del hogar”), en la primera afirmación es posible encontrar algo más.

Las historias de tantos trabajadores nos devuelven a un mundo empresarial en el que la solicitud de días de permiso de paternidad —al ser obligatorios necesitan autorización— es considerada una molestia por los empresarios. Por usar un eufemismo.

De hecho, en opinión de demasiados empresarios la solicitud de ausentarse, sea cual sea el motivo de la ausencia, es una demostración de la falta de voluntad de poner el trabajo por encima de todo. Es la ausencia de esa «flexibilidad» que exige que tu tiempo e incluso tu cuerpo se sometan a las necesidades del capital. De este modo, ateniéndonos a los datos oficiales, si entre los trabajadores con contrato indefinido, los que cuentan con mayor protección y garantías, el porcentaje de disfrute de los permisos obligatorios alcanza el 69,49 por cien, se desploma entre los que tienen contrato de duración determinada (35,95 por cien) y termina precipitàndose en el abismo si nos referimos a los trabajadores temporales (19,72 por cien). Teniendo en cuenta que un trabajador que hace uso de los días de permiso obligatorio conserva el 100 por cien de su salario, la principal razón de estos distintos porcentajes es fácil de entender: existe el temor fundado de que, cuando termine el contrato, no llegue la renovación porque, a juicio del empresario, no habido una plena disponibilidad para cumplir con las exigencias de la empresa.

Un auténtico chantaje que las mujeres conocen perfectamente. De hecho, no es raro —aunque sea ilegal— que en las entrevistas de trabajo se les pregunte si tienen novio, si tienen intención de formar una familia, si piensan tener hijos. Son eventualidades que chocan con la lógica del beneficio que rige las empresas y que, por lo tanto, deben evitarse en la medida de lo posible. La maternidad y la paternidad son factores que implican una menor utilización de esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo y corren el riesgo de comprometer la maximización de las ganancias.

Aunque es cierto que incluso en el resto de Europa la situación no siempre es halagüeña, no es menos cierto que en muchos países se han realizado progresos considerables. Sin necesidad de mirar a Escandinavia, vanguardia en la materia, basta dirigir la mirada a otro país en el que el catolicismo también ha dejado su sello: España. A partir de 2021, gracias a la acción del movimiento feminista y a la acción dentro del gobierno de la ministra Irene Montero, se ha introducido en el país un permiso intransferible de cuatro meses, utilizable tanto por madres como por padres. Seis de las dieciséis semanas del permiso son obligatorias y han de disfrutarse de forma ininterrumpida; las diez restantes son opcionales y también pueden disfrutarse a tiempo parcial. El periodo se retribuye al 100 por cien del salario.

A la escasa posibilidad de recurrir al permiso de paternidad obligatorio en Italia —tanto formal como sustantivo— hay que añadir la escasez crónica de plazas en las guarderías. Una ausencia que repercute inmediatamente en las posibilidades de las madres de liberarse del trabajo de cuidado de los hijos y que las relega de facto a permanecer en el hogar.

Así, pues, no es de extrañar que en las clasificaciones sobre las tasas de empleo femenino Italia aparezca siempre en los últimos puestos. Y las regiones del sur de Italia incluso las últimas. Así lo certifica Eurostat, que informa de que en 2022 (los datos más recientes) cuatro de las cinco peores regiones de la UE en tasa de empleo femenino son italianas: la última es Sicilia (30,5 por cien), justo por delante de Campania (30,6 por cien), Calabria (31,8 por cien) y Apulia (35,4 por cien). Basilicata (39,9 por cien) se salva por los pelos, porque le va peor, con un 38 por cien, la colonia francesa Guyana, situada geográficamente en Sudamérica.

Frente a una ultraderecha que no oculta que le interesan casi exclusivamente las mujeres a la hora de engendrar hijos para la «Nación» y que invoca el retorno de la figura del padre (desesperada por lo que Lacan ya definió como su «evaporación» a finales de la década de 1970), no se necesita una nuevo dosis de retórica, esta vez progresista e igualitaria. Por el contrario, hay que volver a partir de la materialidad de nuestras existencias, de la cotidianidad de las relaciones de poder que hay que transformar de raíz.


Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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