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Gennaro Sangiuliano, ministro de Cultura del gobierno de Italia — Cecilia Fabiano / Zuma Press / ContactoPhoto

El Gramsci “redescubierto” por Sangiuliano y el Gramsci real

El 22 de enero de 1891 nacía en Ales, en el corazón de Cerdeña, Antonio Gramsci, el futuro fundador del Partido Comunista de Italia


En los últimos días, Gramsci, normalmente olvidado y ocultado, vuelve a ser noticia en la prensa italiana. Y no, no se debe a quienes deberían ser sus herederos y, por el contrario, hace tiempo que lo tienen guardado en el trastero, privándose así de una referencia política y teórica que, sin embargo, resultaría muy útil para navegar en tiempos de crisis. De la misma crisis sobre la que Gramsci escribió en 1930, ya en prisión, y que consistía “en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se produce toda una variedad de fenómenos mórbidos».

En realidad, el regreso de Gramsci tiene su origen en una iniciativa para colocar una placa conmemorativa en la clínica Quisisana de Roma. Allí exhaló su último suspiro el 27 de abril de 1937. Todavía prisionero del Estado fascista, que lo había encarcelado en 1926. El objetivo del régimen, en el momento de su detención, era «impedir que ese cerebro funcione durante veinte años», tal y como remató su requisitoria Michele Isgrò, fiscal del «gran proceso» contra Gramsci y sus compañeros.

Para sorpresa de muchos, Gennaro Sangiuliano, ministro de Cultura del gobierno Meloni, se sumó a la iniciativa de la colocación de la placa conmemorativa. El que fuera director de informativos del segundo canal público de la RAI, el Tg2. hasta las elecciones del 25 de septiembre de 2022, expuso por escrito las razones de su respaldo en una carta al principal diario italiano, el Corriere della Sera.

El pasado 17 de enero, Sangiuliano escribió que el suyo era el «reconocimiento debido a la vida humana y cultural de un gran intelectual. Gramsci es parte activa de la dialéctica del siglo XX y un actor fundamental de la ideología italiana». Y continúa explicando: «Gramsci corrige el marxismo clásico y lo abre al pueblo nación y sobre todo al valor de la historia evaluada con arreglo a la ‘conciencia contemporánea’, reconociendo el historicismo de Benedetto Croce». En resumen, Sangiuliano intenta recuperar a Gramsci como intelectual «italiano», como parte de la cultura nacional y, en cierto modo, expresión de ese idealismo cuyo máximo exponente fue Benedetto Croce.

Aparte del hecho de que Sangiuliano parece haber entendido poco del tema —empezando por el uso de la categoría de «nacional popular», que seguramente hizo sus delicias, porque donde Meloni y compañía oyen «nación» se imaginan a unos protofascistas—, la operación que lleva a cabo el ministro, como otros antes que él, es la esterilización, cuando no el vaciado del potencial de ruptura de Gramsci.

Si Gramsci es un intelectual y —sin duda lo es—, es un intelectual de tipo nuevo. Un intelectual cuyo objetivo es la transformación de lo existente, la ruptura revolucionaria. De ahí que la página de su biografía que para Sangiuliano es casi un desafortunado incidente en el camino («Claro, fue el fundador del Partido Comunista […] pero esto no debe ser óbice para un análisis objetivo y libre de su pensamiento»)sea en realidad todo menos un hecho casual y secundario. Sin un Gramsci militante, partisano, protagonista de la batalla de las ideas (a través de las herramientas mediáticas de la época: los periódicos); sin un Gramsci comunista, sencillamente no hay Gramsci que valga.

Sin embargo, hay quienes no están nada contentos con este torpe intento de apropiación de Gramsci por parte de la ultraderecha. No se trata de los herederos del PCI, sino de algunos liberales patrios. Desde las columnas del Corriere della Sera, el periodista Antonio Polito, con un pasado en el PCI antes de abrazar la “Tercera vía”, reprocha a Sangiuliano el hecho de que «en el panteón [de las derechas] nunca aparece un liberal. Tal vez haya llegado el momento de celebrar a un liberal, a cualquier liberal».

Al fin y al cabo, ¿para qué desenterrar a Gramsci, cuando Sangiuliano tendría a su disposición a un Croce?

La respuesta la da el propio Polito, remitiéndose de hecho a la teoría de “los extremos que se tocan”, tan en boga en nuestros días, encontrando improbables puntos de contacto entre uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia y la ultraderecha meloniana. Escribe, de hecho, que si en tiempos de Gramsci «hubiera existido la RAI, estamos seguros de que le habría prestado la misma atención que hoy presta a la nueva derecha para ‘compensar’, como dijo la primer ministro en una rueda de prensa, décadas de ‘hegemonía de la izquierda’».

Lo que quizás Polito pretendía que fuera una acusación, resulta ser en realidad un homenaje a la ultraderecha del gobierno.

Si para Gramsci la hegemonía es la extensión de los intereses de una de las clases en lucha sobre las otras clases (o sobre fracciones de las mismas) y es un sistema de poder que se construye a través de «aparatos hegemónicos», las derechas han aprendido la lección mejor que los supuestos herederos del PCI. Y hoy emprenden el asalto a uno de esos “aparatos hegemónicos”: los medios de comunicación (pero no solo).

A través de estos, desde la televisión privada de Berlusconi hasta la RAI pública, controlada por el gobierno, se han marcado el objetivo de construir, difundir y apuntalar su propia «hegemonía». Habrá que ver si lo consiguen. Y la causa última de que no lo hagan no sería tanto la mala calidad de la clase dirigente de la ultraderecha, sino más bien la crisis que afecta a la clase de la que es expresión. Una crisis que se traduce en ausencia de visión e incapacidad para prefigurar un horizonte compartido hacia el que avanzar.

La reanudación del debate sobre Gramsci puede ser una oportunidad. Para quien quiera aprovecharla. Desde luego, frente a una ultraderecha que querría apropiarse parcialmente de él, anestesiándolo, expurgando su carácter revolucionario, la respuesta no puede ser la de los progresistas, que hacen como si la cosa no fuera con ellos mientras lo dejan olvidado en el desván.

Gramsci ha sido estudiado en todo el mundo y ha demostrado que aún tiene mucho que ofrecer a quienes quieren interpretar el presente. Y sobre todo a quienes quieren cambiarlo. Ya es hora de acabar con la paradoja que hace que sea Italia —su país natal— el país en el que menos se le conoce. Tomando cartas en el asunto de su reactualización podríamos descubrir no solo elementos útiles para entender y combatir a la ultraderecha, sino también para construir las herramientas —teóricas y concretas— necesarias para quienes quieran atreverse a construir el ‘nuevo orden’.

Empezando por esa «hegemonía», que no es una mera ocupación de las instituciones culturales y mediáticas. Tampoco es la mera producción de «consenso». No hay hegemonía alguna sin fuerza material en la sociedad. En sociedades cada vez más caracterizadas por prácticas discursivas que se antojan casi divinidades capaces de generar nuevos mundos, Gramsci nos recuerda lo imprescindible de la materialidad de lo existente. Porque la producción de hegemonía no es la contienda oratoria entre dos equipos de sofistas noveles, no es una cuestión de lenguaje, sino que consiste en la capacidad de una fuerza material colectiva de irradiar su propia manera de ver el mundo, la que opera también y sobre todo en términos inconscientes, sobre los demás sectores que hay que «conquistar» en aras de la conservación o la transformación del sistema en el que vivimos.


Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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