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Michael Brochstein / Zuma Press / ContactoPhoto

¿Era Nikki Haley “el mal menor”?

Nikki Haley ha abandonado la carrera por la nominación republicana, dejando vía libre para Donald Trump. Sin embargo, hay que seguirle muy de cerca. ¿Por qué? ¿Qué propone en materia internacional?


“Ha llegado el momento de suspender mi campaña. Dije que quería que la voz de los estadounidenses fuera escuchada, y lo he hecho. No me arrepiento y, a pesar de que ya no seré candidata, no dejaré de usar mi voz para aquello en lo que creo.” Con estas palabras, la candidata a la nominación republicana Nikki Haley abandonó la carrera presidencial en Estados Unidos, siendo la última y definitiva incorporación al club de los vencidos por Trump en el Partido Republicano. Anteriormente, lo habían hecho figuras de la talla de Ron DeSantis, Vivek Ramaswamy, Tim Scott o Mike Pence; algunos de ellos suenan ahora en las quinielas para ocupar el ticket de vicepresidente de Trump.

El “Súper Martes” (primer martes de marzo), donde se escogen 865 delegados para la posterior selección del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, apuntaló lo que era cuestión de tiempo: Trump no tiene rival en el partido. Para dimensionar este hecho, solo es necesario un dato: para ser nominado, son necesarios 1.215 delegados. Habiendo concluido el Súper Martes, el ex presidente cuenta con 1.031, al tiempo que Haley únicamente atesora 89. Indiscutiblemente, el trumpismo se ha convertido en el ala mayoritaria del Partido Republicano, consolidando la retórica conspiracionista y protogolpista que había sido históricamente marginal en el principal bloque de la derecha nacional.

En este contexto, hay que admitir que Haley sostuvo su campaña durante más tiempo de lo que lo hicieron el resto de candidatos, a pesar de las contundentes victorias que obtuvo Trump en Iowa, Idaho y otros tantos enclaves. Para comprender por qué continuó a pesar de la aparente inevitabilidad de su derrota, hay que apuntar uno de los elementos constitutivos de los procesos de primarias en Estados Unidos: además de lo inmediato, definen el futuro próximo. Nikki Haley puede estar pensando en 2028 mucho más que en los comicios de 2024, considerando que la identidad republicana “tradicional”, no trumpista, podría recuperar fuelle a lo largo de una hipotética presidencia de Trump o como consecuencia de una posible derrota frente a Biden. En Estados Unidos, las primarias marcan el peso de los candidatos vencedores, pero también de los perdedores: gracias a su aguante (generosamente financiado) durante la campaña por la nominación, ha logrado posicionarse como la principal referente del republicanismo anti Trump. Este liderazgo podría rendirle cuentas de cara a 2028, cuando el partido deberá nuevamente escoger un candidato. Así, el abandono de la carrera en 2024 debe leerse con cautela: Haley continúa en política, y probablemente intentará negociar algún acuerdo con Trump si este logra volver a la Casa Blanca.

¿Quién es Haley?

No sería apropiado en ningún caso dar por cerrada la trayectoria política de Nikki Haley, así como no sería correcto igualar sus posturas a las de Trump por el mero hecho de compartir partido; nada más lejos de la realidad, Haley representa un republicanismo distinto al trumpismo que es crucial diseccionar, por cuanto muchas cosas pueden cambiar en los próximos cuatro años. Haley, quien fuera Embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas durante la presidencia de Trump y gobernadora de Carolina del Sur (2011-2017), no representa “el ala izquierda” del Partido Republicano. De hecho, tal cosa es hoy profundamente minoritaria. El trumpismo ha logrado distorsionar los consensos del bloque, redefiniendo algunos de sus fundamentos y relegando a quienes sostienen una línea continuista del republicanismo “de toda la vida”: conservadurismo, reducción del gasto público, injerencismo y una reiterativa alusión a “la causa de la libertad” frente al “camino al socialismo” (sic) que habría tomado, según ella, el gobierno de Biden.

En cualquier caso, y pese a su particular enfoque de la política interna estadounidense, lo más reseñable de Haley es, sin lugar a dudas, su perspectiva de la política exterior que debe tomar Washington. En este sentido, postula una estrategia eminentemente belicista e injerencista, en mayor medida de lo planteado por Trump y su retórica de “fire and fury” que, muy a menudo, no se correspondió con la efectiva estratégica internacional durante su mandato. Haley fue clara durante su discurso tras el Súper Martes: “el mundo está en llamas por culpa de la retirada estadounidense”. Según ella, la paz internacional solo será posible a través de un mayor involucramiento militar de Estados Unidos en el mundo.

Es en esta cuestión donde sus diferencias con Trump se hacen más evidentes. Con respecto a Ucrania, Trump ha insistido en una retórica de delegación del conflicto en los actores europeos, oponiéndose a la financiación de Ucrania acusando falta de transparencia y remarcando el escaso interés geográfico que la guerra en suelo europeo representa para Estados Unidos, pero Haley no sigue esta línea. Ucrania es un asunto prácticamente existencial para ella, por cuanto el escenario ucraniano se engloba en una disputa general de Estados Unidos contra el eje Rusia-China. “Una victoria de Rusia es una victoria de China”, afirma habitualmente.

¿A qué hace referencia al hablar de una victoria de China? En realidad, a Taiwán. En este punto, es necesario hacer un inciso estratégico. Joe Biden, Donald Trump y Nikki Haley comparten una mirada general sobre la política exterior estadounidense: el Pivot to Asia. Esta doctrina, puesta en práctica desde la primera presidencia de Barack Obama, postula que para que Washington sostenga su dominación global, debe poner su foco en el Asia-Pacífico con el objetivo específico de presionar a China buscando el colapso de su sistema. Esta perspectiva es coherente con la mirada global que Estados Unidos ha sostenido durante más de un siglo, según la cual la prioridad ineludible en materia internacional es, en todo contexto, evitar la consolidación de potencias emergentes que confronten la hegemonía estadounidense. Los éxitos económicos, comerciales, políticos y diplomáticos del modelo del Partido Comunista de China y su apuesta por un orden multipolar colisionan con el proyecto monolítico y unipolar del hegemón norteamericano.

Para lograr el deseado colapso de China, Nikki Haley insiste en la relevancia de Taiwán, cuyo gobierno lleva siendo un firme aliado de Washington desde que Tsai Ing-wen asumiera la presidencia en 2016. Según la perspectiva de la ex candidata, China tratará de resolver el anquilosado asunto de la reunificación de Taiwán y la República Popular por la vía militar, privando potencialmente a Estados Unidos de un enclave geoestratégico crucial y de un aliado ideológico decisivo en Asia-Pacífico. De hacerlo, Washington habrá de ir a una guerra directa con Pekín en el escenario taiwanés, por cuanto buena parte del dominio estadounidense en la región depende de sus éxitos en evitar que China “recupere” la isla. La mirada de Haley es integral, unificando simbólica y estratégicamente a los actores internacionales “díscolos”. Ucrania es existencial porque abriría las puertas a que China “ataque” Taiwán; Taiwán es existencial porque reforzaría enormemente a China, cuya consolidación favorecería a Corea del Norte e Irán.

La conexión de Haley con las Fuerzas Armadas es familiar, ideológica y estratégica, y una hipotética presidencia en 2028 supondría probablemente una agitación definitiva del cóctel belicista e injerencista de Estados Unidos. Trump apuesta por una lógica en cierta medida negociadora (a excepción de Israel, a quien reserva un lugar de aliado privilegiado en línea con la postura histórica del Partido Republicano) que pudo observarse durante su presidencia, albergando importantes reuniones con Putin o Kim Jong-un. Además, Trump cree que la guerra comercial contra China es más efectiva que la vía militar, excesivamente riesgosa para Occidente. Haley rechaza estas perspectivas “tibias” y profundiza en la tendencia histórica del republicanismo: con todo y contra todos.


Madrid –

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