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Marco Bucco / Zuma Press / ContactoPhoto

La matanza de obreros de la construcción en Florencia

En 2023 murieron en Italia hasta 1.485 trabajadores y trabajadoras, una media de cuatro muertos cada día


Son las 8:52 horas del pasado viernes 16 de febrero.

Estamos en Florencia. Concretamente en la enorme zona en la que antes se levantaba la panadería militar y que ahora es una obra en construcción. Al menos 50 obreros están trabajando. Están avanzando en la construcción de un supermercado Esselunga, una de las principales empresas de la gran distribución.

Son las 8:52 y se oye un estruendo. Unos minutos después: “¿Sí, emergencias? Corran, se ha venido abajo todo”. Es una de las primeras llamadas al número de emergencias 118. Una viga de hormigón de 15 metros de largo y 5 toneladas de peso se ha venido abajo, arrastrando consigo tres plantas del armazón del supermercado.

Ocho personas quedaron atrapadas bajo las ruinas. Tres tuvieron la suerte de salir con vida. No fue el caso de las otras cinco. Se trata de Luigi Coclite, de 60 años; Mohamed Toukabri, de 54 años, nacido en Túnez; Mohamed El Farhane, de 24 años, nacido en Marruecos; Taoufik Haidar, de 43 años, nacido en Marruecos; Bouzekri Rachimi, de 56 años, nacido en Marruecos. El cadáver de este último no fue localizado hasta el 20 de febrero. Una matanza de obreros. La enésima de los últimos años en Italia. La última se produjo en la noche del 30 al 31 de agosto de 2023 en la estación de Brandizzo, en la línea Turín-Milán: un tren de pasajeros arrolló y acabó con la vida de una cuadrilla de obreros que trabajaban en las vías. El balance fue de 5 muertos y 2 heridos.

Pero la realidad es que hay matanzas todos los días. En 2023 murieron en Italia hasta 1.485 trabajadores y trabajadoras en el trabajo o in itinere, es decir, yendo y viniendo del trabajo. Una media de cuatro muertos cada día. Todos los días, incluidos Año Nuevo, Semana Santa y Navidad. Lo que sucede es que el ojo de los medios de comunicación y del poder político solo presta atención cuando los trabajadores mueren todos juntos en el mismo lugar.

Luego uno empieza a indagar en el porqué de esa tragedia en particular. Cómo pudo ocurrir. Cuál fue la dinámica precisa. Quién se equivocó y en qué. Políticos y representantes institucionales se apresuran a posar para la cámara tristes y conmovidos, dando declaraciones a partir de un guion que es siempre el mismo: «es inaceptable»; «no puede ser que la gente muera yendo al trabajo»; «nunca más». Pero luego todo continúa exactamente igual que antes, en una trágica repetición cotidiana.

Si se repite se debe a que el problema, piensen lo que piensen quienes denuncian que «falta cultura de seguridad en demasiados lugares de trabajo», en realidad es estructural y está íntimamente ligado al funcionamiento de la lógica del beneficio.

La obra de Esselunga, en Florencia, no es una excepción; antes bien, es el espejo del mundo del trabajo en la Italia actual.

Una vez terminado, el edificio será un supermercado Esselunga, una gran superficie de distribución. La empresa encargada de las obras es Vallata S.p.A., propiedad al 100 por cien de Esselunga y cuyo presidente es Angelino Alfano, antiguo ministro, primero con Berlusconi (ministro de Justicia), más tarde con el centro izquierda de Letta, Renzi y Gentiloni (ministro del Interior y finalmente de Asuntos Exteriores). Hablando de puertas giratorias entre la política y la economía…. El contratista es Aep, Attività Edilizie Pavesi srl, con sede en Pieve del Cairo (Pavía). Esta empresa ya aparece implicada en dos accidentes laborales en los últimos años. Sin embargo, el laberinto de contratos y subcontratos no ha hecho más que empezar. En la obra de Florencia hay hasta 64 empresas. Muchas de ellas son pequeñas o muy pequeñas.

Como explica Alessandro Genovesi, secretario del sindicato FILLEA, rama del principal sindicato italiano CGIL en la construcción, «cada vez es más patente el fenómeno de las empresas individuales, es decir, de trabajadores que no son asalariados, sino que se ven obligados a darse de alta como autónomos y ser subcontratados para realizar la instalación eléctrica o el hormigonado”.

En definitiva, se trata de trabajadores asalariados a todos los efectos, pero que aparecen como trabajadores autónomos. De este modo, las empresas que recurren a sus servicios descargan sobre ellos todos los apuros, desde las cuestiones salariales hasta las que tienen que ver con la seguridad.

Asimismo, para ahorrar en costes de salud y seguridad, muchas empresas de la construcción no hacen firmar a sus empleados el contrato nacional (CCNL) del sector de la construcción, sino el de los trabajadores del metal o incluso el de los jardineros. Lo hacen porque con ello se ahorran dinero en sus nóminas ofreciendo salarios más bajos, pero sobre todo evitan cumplir con las obligaciones de formación en seguridad, que están estipuladas en el CCNL de la construcción y no en los demás.

Así funciona la jungla de contratos y subcontratos: cada eslabón de la cadena, es decir, cada empresa, tiene que sacar su parte del beneficio. Los contratos se adjudican al «precio más bajo»: es decir, los ganan quienes ofrecen el precio más bajo. Un precio que sólo puede conseguirse rebajando todo lo que pueden las condiciones ofrecidas a «sus» trabajadores.

Empezando por los salarios. Por ejemplo, en la obra de Esselunga, en Florencia, el imán Izzedin Elzir explica que algunos trabajadores estaban sometidos a prácticas absolutamente ilegales: «Tres chicos egipcios que trabajaban en la obra me dijeron que, aunque tenían un contrato normal, tenían que dar la mitad de su salario a quienes les habían encontrado el trabajo». Este tráfico de mano de obra se llama en Italia caporalato y está castigado por la ley. Pero con demasiada frecuencia solo sobre el papel.

Asimismo, al parecer dos de los cinco trabajadores muertos no tenían ningún contrato. Eran trabajadores ilegales al cien por cien. Trabajadores en negro. Fantasmas a los que se puede despedir o hacer desaparecer cuando conviene.

Un trabajo sin contrato que es la norma en la construcción. El 93 por cien de las 4.200 grandes, medianas y pequeñas empresas inspeccionadas en 2023 por la Inspección Nacional de Trabajo presentaban irregularidades en los contratos. En 2022, de las 10.500 obras visitadas, 8.648 no cumplían las normas, lo que supone más de 15.000 infracciones.

Los contratos irregulares se acompañan de una absoluta irregularidad en el cumplimiento y la aplicación de las medidas de seguridad: «Aquella mañana le dijimos al jefe de obra que sería mejor esperar un día antes de trabajar en la planta baja, ya que había otros arriba preparando una colada. Él nos contestó: “¡Pero qué dices! Aquí se viene a trabajar. Si no te gusta, coges tus documentos y te vas’». Tal es el testimonio de un trabajador rumano en la obra de Florencia, recogido por el diario Il Manifesto

Por eso no sorprende la cifra del INAIL (Istituto Nazionale Assicurazione Infortuni sul Lavoro), que informa de que los partes de accidentes en el sector de la construcción están aumentando año tras año. En 2020 hubo 32.700, 39.000 en 2021, 40.135 en 2022 y en 2023 parece que los resultados, que aún no son definitivos, señalan un nuevo aumento del 4,1 por cien respecto al año anterior.

Desgraciadamente, no todos los trabajadores accidentados consiguen volver vivos a casa. En 2023, la construcción fue el sector con mayor número de «asesinatos blancos», es decir, muertes en el lugar de trabajo: hasta 150. Y esta estimación del INAIL no incluye a los trabajadores sin contrato.

Finalmente, de los cinco obreros asesinados en la obra de Esselunga en Florencia, cuatro eran extranjeros. Esto supone una confirmación terrible de lo que afirma el Observatorio de Seguridad en el Trabajo y el Medio Ambiente Vega Engineering, de Mestre, que registra 59 muertes por cada millón de trabajadores extranjeros frente a 29 por cada millón en el caso de los trabajadores con nacionalidad italiana. En definitiva, los trabajadores inmigrantes son el último eslabón de la cadena. Carne de matadero lista para el sacrificio en el altar de los beneficios de los empresarios. Más aún que sus compañeros con nacionalidad italiana.

Este es el sistema en el que se produce el mecanismo de las muertes cotidianas. La lógica del beneficio imponiéndose a la lógica de la vida.

Frente a este escenario, la indignación del momento no es suficiente. Y no hablemos de las lágrimas de cocodrilo de políticos y personajes públicos.

Lo que falta en Italia no es la cultura de la seguridad.

La realidad es que cuando uno exige más seguridad, el empresario de turno te amenaza inmediatamente con el despido.

Y si eres un trabajador precario o, peor aún, un trabajador sin contrato, la fuerza de su chantaje («estate calladito y te vas a casa») es aún mayor.

Por eso la primera medida contra los homicidios en el lugar de trabajo, por delante incluso de la introducción del delito de homicidio en el lugar de trabajo y del refuerzo de la Inspección de Trabajo, es la abolición de la precariedad y la batalla contra la lógica del beneficio.


Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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