El feminismo muestra su fuerza en Italia

Como decía Elena, la hermana de Giulia Cecchettin, un feminicidio no es un crimen pasional, sino un crimen de poder. Esto es lo que da tanto miedo del feminismo. Por eso también el feminismo es una de las principales fuerzas transformadoras de las sociedades en las que vivimos


Hacía tiempo que no se veía en Italia una manifestación tan masiva. Mucho tiempo. El 25 de noviembre, 500.000 personas, en su mayoría mujeres, llenaron el Circo Máximo de Roma e inundaron las calles de la capital. Y decenas de miles más salieron a la calle en las principales ciudades del país.

Una marea que gritaba que los feminicidios y la violencia de género son la verdadera «emergencia» del país. 106 mujeres han sido asesinadas desde principios de año. Entre las últimas está Giulia Cecchettin, una joven de 22 años que «desapareció» el sábado 11 de noviembre en Véneto, junto a su ex novio Filippo Turetta. E incluso hubo quien se aventuró a plantear la hipótesis de una improbable «fuga». Porque en realidad, como muchos escribieron, todos sabíamos lo que había pasado: el cuerpo de Giulia fue encontrado el 18 de noviembre. Pocos días después, también terminó la fuga de Turetta, detenido en Alemania. El asesino de Giulia, el ex novio que la había apuñalado decenas de veces. En la cabeza y en el cuello. Que la metió en su coche para luego deshacerse del cuerpo, escondiéndolo en un acantilado. El hombre no aceptó el fin de la relación. No aceptó que Giulia se graduara antes que él y como no aceptó poseer su vida. La vida de Giulia.

Las 500.000 personas presentes en la plaza de Roma hicieron suyo también el llamamiento de Elena, la hermana de Giulia, que primero en una emisión televisiva en directo en uno de los programas de la ultraderecha italiana y luego en una carta al Corriere della Sera, el diario más importante y leído de Italia, había pedido que no se guardara un minuto de silencio. Que lo que hacía falta era ruido. Como el de la plaza de Roma.

Elena, hermana de Giulia (joven asesinada)

Y, había añadido Elena, no había que poner el foco en un supuesto «monstruo» —Filippo Turetta—, sino en los «buenos chicos», los «hijos sanos del patriarcado».

Porque de eso hablamos y debemos hablar. Del patriarcado. Que no es una cuestión exclusivamente cultural. Ni, mucho menos, sólo del lenguaje. El patriarcado es sistémico y configura la realidad material en la que vivimos. La violencia física y los feminicidios son sus manifestaciones, pero el patriarcado no acaba ahí.

Partamos de un hecho: en Italia sólo el 52,6% de las mujeres tiene un trabajo remunerado (porque «cuidar» también es trabajar, sólo que en la mayoría de los casos sin remuneración) Por tanto, una de cada dos mujeres no tiene ingresos propios de los que depender. Tiene que depender de otros, a menudo de su pareja. A una de cada dos mujeres le resulta imposible vivir de forma independiente.

Varios factores influyen en la brecha laboral, entre ellos el cuidado de los niños. En Italia, 2 de cada 3 niños no encuentran sitio en las guarderías. Así que su «cuidado» recae en la familia. Es decir, sobre la mujer. También porque el permiso de paternidad en Italia dura sólo 10 días, frente a las 16 semanas de España. En cambio, el permiso de «maternidad» dura 5 meses.

¿Y qué pasa con el permiso por cuidado de hijos, en general dirigido a padres y madres? Entre 2015 y 2019, el 82% de quienes lo han recibido fueron mujeres. Los hijos, en definitiva, son cosa de las madres.

También porque no hay ni rastro de guarderías. Por cada 100 niños de 0 a 2 años, hay una media de 13,6 plazas en el sector público y 14,3 en el privado: 28 plazas disponibles por cada 100 niños y la mitad solo para los que pueden pagar unas sumas que a menudo son de todo menos baratas.

En la división geográfica que sigue atenazando a Italia y que hace que la «cuestión del sur» siga estando de actualidad, el sur está aún peor: 16 plazas disponibles por cada 100 niños, de las cuales sólo 6 son en el sector público.

Si nos fijamos en el 50% de las mujeres que trabajan por cuenta ajena, la situación no es nada alentadora. El salario es muy inferior al de los hombres. La «brecha salarial de género», es decir, la diferencia de retribución entre hombres y mujeres, según el INPS (Instituto Nacional de Seguridad Social y Previsión) en 2022 era de casi 8.000 euros al año. La media de los ingresos brutos de los hombres era de 26.227 euros al año; la de las mujeres, de 18.305 euros.

Casi 8 mil euros al año. Más que en 2021. Una brecha que, según el INPS, está «significativamente correlacionada» con la mayor presencia de trabajadores a tiempo parcial entre las mujeres. Pero que resiste incluso en igualdad de empleo. Y en toda la Unión Europea. Según el ISTAT (Instituto de Estadística Italiano) en las profesiones con salarios más bajos (empleos de cuello blanco, servicios y comercio) la brecha es del 8% y sube al 23% cuando nos fijamos en los puestos directivos.

La ausencia de autonomía económica —porque o no se tienen fuentes de ingresos propias o son insuficientes para sobrevivir—, además de obligar a estar sometida a un control diario (hay numerosos casos de mujeres obligadas a abrir cuentas bancarias sin tener una individual; a ir de compras sin dinero en el bolsillo, porque luego tienen que llevar el ticket a casa, para que el marido / novio lo compruebe y proceda al pago), una forma de violencia económica, hace mucho más complicado salir de situaciones de violencia física sufridas en el hogar.

Sin dinero, sin trabajo, sin casa, ¿Dónde se puede ir?

Se supone que el Estado debe proveer, sin embargo, más allá de la retórica y las lágrimas que se derraman ante cada nuevo feminicidio, no sólo no se hace nada, sino que se va en la dirección equivocada.

En Italia sólo hay 373 CAV (Centros Antiviolencia), es decir, 0,07 por cada 10.000 habitantes. Una cifra que incumple una ley estatal —la Ley 119 de 15 de octubre de 2012— que compromete a Italia a respetar la ratio de un centro antiviolencia por cada 10.000 habitantes.

Un objetivo lejos de alcanzarse: tendría que haber 20 veces más centros para poder lograrlo.

Si ampliamos la mirada al conjunto de medidas de prevención de la violencia de género, la situación no mejora en absoluto. Al contrario. El gobierno de Meloni, el primero dirigido por una mujer en la historia de Italia, ha recortado los recursos para la prevención de la violencia contra las mujeres en un 70%: de 17 millones de euros a 5 millones de euros al año. Pero hay más: la mayoría de estos (escasos) fondos se destinan a medidas centradas en el castigo y la represión. Es decir, medidas que intervienen cuando la violencia ya se ha producido.

Lo que se necesita, por tanto, no es sólo más fondos —»sin dinero no se consigue nada» dice un viejo dicho popular—, sino también un enfoque diferente. El debate de las últimas semanas se ha centrado mucho en la posibilidad de incluir en las escuelas la enseñanza de lo que algunos llaman «educación afectiva», otros «educación sentimental», otros «educación sexual». Lo que ha cambiado no es sólo el nombre, sino la asignatura que debería enseñarse, con la ultraderecha denunciando el intento de lavar el cerebro a «nuestros» niños imponiéndoles la «teoría de género» desde pequeños. Un rasgo común a la ultraderecha de cualquier latitud.

El debate político gira demasiado a menudo en torno a los feminicidios como una cuestión puramente cultural. Sugiriendo que con un poco de educación afectiva en la escuela y una mejor educación familiar en casa se superaría el drama. No es casualidad que se expongan puntualmente los cimientos estructurales sobre los que se asienta el patriarcado.

Un relato que sólo se rompe con la entrada en escena de cientos de miles de mujeres, que imponen una visión diferente. Que pretenden ir a fondo. En la cultura y el lenguaje, ciertamente. En el marco normativo. Pero que en su componente más radical -entendido precisamente en el sentido de quien va a lo profundo, a las raíces- exige un cambio de sistema para deshacerse definitivamente del patriarcado. Como decía Elena, la hermana de Giulia Cecchettin, un feminicidio no es un crimen pasional, sino un crimen de poder. Esto es lo que da tanto miedo del feminismo. Es poner las relaciones de poder en el centro. Por eso también el feminismo es una de las principales fuerzas transformadoras de las sociedades en las que vivimos.


Traducción Sebastián Fiorilli

Madrid –

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