Manifestación en Madrid, 2023

Carlos Luján / Europa Press

Ucrania: la guerra que no puede terminar

A estas alturas, se confirma la impresión de que esta guerra no tiene solución convencional, militar o diplomática y de que, por lo tanto, la puesta en juego solo puede resolverse mediante la extensión del conflicto fuera de las fronteras ucranianas de 1991 y mediante la transformación de la guerra convencional en guerra total.


Se van a cumplir 19 meses de la invasión de Ucrania por parte del ejército de la Federación rusa, dentro de lo que la neolengua putiana denominó como “operación militar especial”. Concebida como una guerra relámpago, de cuyo inicio y objetivos solo tuvo conocimiento un muy restringido grupo de leales a Vladimir Putin, y que aspiraba a poner de rodillas al estado ucraniano en unos pocos días o semanas, ha terminado convertida una guerra de desgaste en el centro de Europa sin perspectiva probable no ya de un final por victoria o negociación, sino ni siquiera de una tregua duradera.

Las últimas estimaciones, que son siempre una amalgama de realidad y propaganda, hablan ya de cientos de miles de combatientes muertos por ambos bandos y de otros tantos cientos de miles de heridos. En cualquier caso, se trata de cifras extraordinariamente altas, elocuentes de la transformación de la guerra de movimientos en guerra de trincheras tras la estabilización del frente en torno a Bajmut-Soledar en diciembre de 2022. En la posterior batalla de Bajmut, las fuerzas compuestas de regulares rusos, milicianos de las repúblicas del Donetsk y sobre todo las levas de presos enrolados en las fuerzas mercenarias de Wagner con la promesa de la redención de sus penas, consiguieron recuperar la iniciativa, al precio de toneladas y toneladas de carne humana. La construcción posterior de una serie de líneas defensivas en profundidad por parte de las fuerzas rusas, en un frente de unos 800 km, ha sido una de las claves de los magros resultados de la anunciada contraofensiva ucraniana, que comenzó finalmente en junio de este año y que ha terminado confirmando los temores del Pentágono sobre las opciones reales de la campaña militar, como puede leerse en los documentos filtrados el pasado abril. Lo único que podría salvar la cara del alto mando ucraniano ante los patrocinadores occidentales serían objetivos como la destrucción duradera del puente de Crimea, que haría más creíble el objetivo de recuperación de la península, o la reconquista de la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa.

En comparación con el abultado baile de cifras de soldados muertos y heridos, se advierte un cierto contraste con respecto al número de civiles muertos y heridos. Según la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, a la altura de este septiembre se habían producido algo más de 9.600 muertes de civiles y unas 17.500 personas heridas. Qué duda cabe de que las cifras han de ser mayores, pero así y todo nos hablan de que estos 19 meses de guerra aún no han mostrado ni un ápice de lo que terminará sucediendo tarde o temprano, como es la norma de la guerra moderna: la destrucción completa de ciudades y pueblos y la mortandad de millones de civiles ucranianos. Otro tanto podríamos decir de la devastación ecosistémica directa: si ya son notables los daños producidos por la destrucción de la presa de Kajovka sobre el río Dnieper el pasado 6 de junio, con la muerte de cerca de 60 personas y la inundación de un extenso territorio de pueblos y aldeas que han visto contaminada el agua potable con aceites industriales y han conocido la muerte y desaparición de especies animales y vegetales, o por los incendios forestales en áreas especialmente protegidas, no cuesta imaginar los efectos que tendrá el uso de proyectiles dotados de uranio enriquecido, como la munición antitanque que el gobierno estadounidense va a entregar en breve al ejército ucraniano.

Hasta aquí las dimensiones del “parte de guerra”. En lo que atañe al balance político y ético, podemos preguntarnos: ¿han puesto de manifiesto algo nuevo estos 19 meses de guerra? Resulta obvio que sí. A estas alturas, se confirma la impresión de que esta guerra no tiene solución convencional, militar o diplomática y de que, por lo tanto, la puesta en juego solo puede resolverse mediante la extensión del conflicto fuera de las fronteras ucranianas de 1991 y mediante la transformación de la guerra convencional en guerra total. No tiene solución convencional porque la victoria, aun por la mínima, se ha convertido en una explícita cuestión existencial para todos los actores estatales y militares en guerra. No tener en cuenta este hecho es el principal defecto ético y analítico de las posiciones belicistas de uno y otro bando. ¿Por qué no hay solución convencional; por qué la victoria es una “cuestión existencial”? Para saberlo y reconocerlo necesitamos recordar que este conflicto tiene al menos tres dimensiones o, dicho de otra manera, que Ucrania es el epicentro de al menos tres guerras concomitantes. En primer lugar, en Ucrania se libra una guerra de liberación nacional frente a una invasión ilegal de otro estado, en violación flagrante de la Carta de Naciones Unidas. Sin, embargo, al mismo tiempo y de manera inseparable, se libra un conflicto interimperialista, donde las aspiraciones revanchistas de la Federación Rusa, (heredera en términos militares y diplomáticos de la URSS, que fuera durante décadas la segunda potencia mundial y, desde el punto de vista de la larga duración histórica, heredera a su vez del Imperio ruso) se enfrentan al bloque atlántico que venció la Guerra Fría contra el llamado bloque socialista y que, por lo tanto, pudo dictar sin remilgos las condiciones de devastación humana, económica y financiera en todo el espacio postsoviético y contribuyó a crear el capitalismo oligárquico y criminal que caracteriza a todo el antiguo bloque del Este: Putin es una coproducción ruso-atlántica. Por si fuera poco, este conflicto está capturado en una disputa por la hegemonía en el sistema mundial. En ella, el hegemón indiscutible desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos de América, se juega en esta partida final con la Federación rusa la conservación de su hegemonía frente al aspirante chino. La desarticulación o la destrucción del régimen ruso nacido en 1991 y consolidado a partir de 1999 es una batalla esencial en esta disputa, no solo para Estados Unidos, sino también para las elites capitalistas de Europa Occidental, que han decidido unir su destino al del hegemón estadounidense, bajo la retórica de una defensa de la civilización (occidental) frente a la barbarie (asiática) representada por la Federación Rusa y por la República Popular China.

De este modo, es tal la concentración de violencia y poder estructural la que se condensa en la guerra de Ucrania que, a estas alturas, podemos decir sin ambages que el sistema de relaciones políticas, económicas, financieras y culturales nacido en 1945 y que ha conocido las dos grandes fases de la Guerra Fría y de la globalización liberal desde la década de 1990, ha muerto irreversiblemente. Hemos entrado en un periodo de caos sistémico.

Por si fuera poco, este conflicto está capturado en una disputa por la hegemonía en el sistema mundial. En ella, el hegemón indiscutible desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos de América, se juega en esta partida final con la Federación rusa la conservación de su hegemonía frente al aspirante chino.

Sin embargo, hay que añadir una lectura de clase, raza, género y naturaleza a esta descripción. De lo contrario no seremos capaces de sustraernos al vórtice de violencia, miedo y militarismo que la invasión rusa ha desencadenado en todo el planeta, acelerando las tendencias relativamente separadas de las crisis energéticas, ecosistémicas, humanitarias, financieras y geopolíticas. A las elites capitalistas y coloniales nunca les ha importado el caos y la devastación: antes al contrario, los han utilizado para reafirmar nuevos órdenes de poder y explotación, desde la invasión de los continentes americano y africano y el sistema de la trata atlántica hasta la presente guerra de pillaje por los recursos naturales que se está librando en el sur global. Por eso la guerra de Ucrania señala un punto de inflexión irreversible en el capitaloceno, es decir, en la época geológica y climática del planeta Tierra que se inicia con la extensión mundial del capitalismo en el siglo XV. Tras la crisis del orden internacional, roto por Estados Unidos en 2001-2003, tras la crisis sistémica del capitalismo occidental que estalla en 2008 y tras la pandemia global del Covid19, a las elites capitalistas y coloniales ya no les quedan más ases democráticos en la manga para disputar y recomponer su poder sobre las sociedades y los ecosistemas. Las contradicciones insuperables del capitaloceno se expresan en las retóricas de los bandos en disputa: tradición autocrática y patriarcal del imperialismo fósil ruso frente a la decadencia moral del occidente globalista; civilización occidental, grecolatina, liberal, tolerante y ecológica frente a la sempiterna y recidivante barbarie asiática. Sin embargo, todos los regímenes convergen en la búsqueda de la guerra como medio de resolución de los atolladeros políticos económicos y financieros, tanto en la forma bélica que en lo sucesivo han adoptado las disputas comerciales, financieras, energéticas, así como el tratamiento de las migraciones humanas, como en la instauración de regímenes de guerra y excepción cada vez más extensos e intensos no solo en las “autocracias asiáticas”, sino también en el occidente que, para salvar la democracia liberal, necesita abolirla introduciendo un esquema amigo-enemigo en las disputas sociales y políticas y reforzando la militarización de las economías y del orden público. En lo sucesivo, los derechos políticos y sociales son un privilegio que se gana con la obediencia al régimen de guerra. Al mismo tiempo, en la dialéctica entre los estados, el patrón de medida de las fuerzas en las disputas es el empeño bélico, como estamos comprobando dentro de la UE con los chantajes polacos, húngaros y eslovacos a la Comisión Europea, pero también en el tratamiento privilegiado que recibe el gobierno de España por parte de la CE y que es inexplicable si no atendemos a la exquisita obediencia que, con la excepción de Podemos, ha mostrado el gobierno respecto al mandato bélico de la OTAN de suministro de armas y de militarización del presupuesto público y de la actividad industrial.

Mientras tanto, los regímenes de guerra alimentan las especies que mejor se desenvuelven en el ecosistema bélico: racistas, fascistas y asesinos cobran cada día más legitimidad y crédito como operadores necesarios. Las disputas interimperialistas e intrasistémicas se desplazan al Sahel, escenario inmediato de otra guerra por delegación continental que terminará con toda esperanza para las multitudes del continente africano. Toda esperanza de democracia, emancipación y supervivencia masiva frente al calentamiento global y los eventos climáticos extremos pasa en primer lugar por el rechazo activo y radical del régimen de guerra global y por la búsqueda del alto en fuego en Ucrania. Es algo que tenemos que recordar cada día que pasa, mientras comprobamos que, como sucediera tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, la sedicente izquierda occidental que ha abrazado el entusiasmo bélico, como minoría putinista como mayoría atlantista, se convierte cada día en la cara amable del supremacismo blanco, imperialista y neocolonial. El tiempo se acaba.


Madrid –

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