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Dmytro Smolienko / Zuma Press / ContactoPhoto

Ucrania y el mundo entrando en el tercer año de guerra

Hoy la guerra está en el centro de los procesos globales, la extensión de lo que hemos llamado regímenes de guerra marca el ritmo de las transformaciones del capitalismo


Han pasado dos años desde el 24 de febrero de 2022, desde la invasión rusa de Ucrania. ¿Iba a ser una guerra relámpago, que terminaría con la toma de Kiev y un cambio de régimen orquestado por Vladimir Putin? Tal vez no sea tan importante responder a esta pregunta. Lo cierto es que la guerra ha continuado, combinando imágenes arcaicas (guerra de trincheras) con vuelos de drones y el uso, por parte de los ucranianos, de la red de satélites Starlink de Elon Musk, sabotajes espectaculares (los del puente de Crimea y el de los gasoductos Nord Stream) y bombardeos de ciudades e infraestructuras. La guerra de Ucrania ha sido también un formidable laboratorio para la industria armamentística, una oportunidad para «desguazar» y renovar los arsenales de los países implicados y para probar nuevas tecnologías y estrategias militares. Todo ello, como siempre sucede en las guerras, pagando el precio de la matanza de miles de cuerpos y la destrucción de ciudades y riquezas, prefigurando el gran negocio de la reconstrucción de Ucrania.

La guerra no solo ha continuado. Tras la «ofensiva ucraniana» del pasado verano, parece haberse instalado en un «punto muerto», como ya pronosticara en noviembre de 2022 Mark Milley, Jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército estadounidense. En estos dos años, la resistencia del ejército ucraniano a la invasión rusa ha contado desde luego con un amplio apoyo popular, pero en el marco dominante de un nacionalismo cada vez más exasperado, coherente, por otra parte, con una tendencia que dista mucho de limitarse a Ucrania. Por el contrario, en Rusia el aguante en lo fundamental de la economía y del consenso del régimen de Putin ha impedido aperturas significativas en el plano de la democracia y de la movilización social, consolidando un autoritarismo omnipresente (que seguramente no habría desafiado a Prigozhin si su sublevación hubiera tenido éxito). El estancamiento de la guerra facilita estos procesos y, en lo que respecta a Ucrania, en cierto modo se ve redoblado por la perspectiva del ingreso en la Unión Europea, cuyo calendario es incierto y en cualquier caso será muy largo, al igual que el de la reconstrucción.

Precisamente ese estancamiento ha de adoptarse como un punto de vista privilegiado sobre el significado de la guerra. En estos dos años, muchas cosas han cambiado en la política mundial, y los acontecimientos de Ucrania han sido el marco general en el que se han producido estos cambios. Días después de la invasión rusa, escribimos que la guerra que acababa de comenzar era una guerra europea (por razones históricas y políticas) que, sin embargo, afectaba al centro del sistema mundial. Sin embargo, con esta afirmación nos referíamos al hecho de que enfrentaba directamente a potencias nucleares como Rusia y Estados Unidos, mientras que el perfil de China asomaba en un segundo plano. La retórica de la «nueva guerra fría», que circulaba en Occidente desde hacía algunos años, parecía encontrar una confirmación amenazadora en una coyuntura que, desde la crisis financiera de 2007-2008, parecía caracterizarse por un multipolarismo centrífugo y potencialmente conflictivo.

En este sentido, la guerra de Ucrania fue un punto de inflexión; en primer lugar porque aceleró la extensión de un régimen de guerra mucho más allá de los países beligerantes. Con este término nos referimos a los procesos de militarización de la política y la economía que, bajo el signo de una referencia omnipresente a la «seguridad nacional», pueden observarse en muchas partes del mundo. La carrera hacia el rearme y el cambio en la composición del gasto público (de los que tenemos muchos ejemplos también en Europa) constituyen tanto el resultado como el presupuesto de estos procesos, en los que las dimensiones «geopolíticas» están inextricablemente entrelazadas con las «geoeconómicas». La guerra se instala en el corazón de la globalización capitalista, en la medida en que el conflicto atañe a la organización de sus espacios o, dicho de otra manera, a la organización política del mercado mundial en una coyuntura en la que la hegemonía de Estados Unidos parece estar en crisis y se ve impugnada por la emergencia de nuevos actores (de China a Rusia, de los BRICS al «Sur Global»).

Estos desafíos se han multiplicado y reforzado en los dos últimos años. Al mismo tiempo, confirmando lo escrito por Raúl Sánchez Cedillo (Esta guerra no termina en Ucrania, Katakrak, 2002), la guerra «caliente» que comenzó el 24 de febrero de 2002 no se ha limitado a Ucrania. No se trata de establecer una relación directa con lo que está ocurriendo en Gaza desde el 7 de octubre del año pasado, dentro de un conflicto que, como el ucraniano, tiene raíces antiguas e irreductibles a los escenarios globales que acabamos de bosquejar. La cuestión consiste en que estos escenarios ofrecen al mismo tiempo algunas novedades mientras se modifican a la luz de la terrible violencia de los bombardeos israelíes, con su impacto destructor y su tremenda cifra de muertos (casi 30.000 en el momento de escribir estas líneas). Por poner solo algunos ejemplos: la dificultad de Estados Unidos para plantar cara a las acciones del gobierno israelí de extrema derecha se combina con la crisis de los «Acuerdos de Abraham» y la aparición de nuevos equilibrios y actores regionales; el papel de Irán parece reforzarse, mientras que la iniciativa de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya se percibe ampliamente como un síntoma de un nuevo protagonismo del «Sur global», que apunta volver a redefinir la función de Naciones Unidas, en Europa y Estados Unidos asistimos a violentas presiones para alinearse del lado de Israel, mientras Turquía adopta (como hizo en parte en la guerra de Ucrania) posiciones discordantes en el seno de la OTAN, de la que es miembro clave, reivindicando su autonomía estratégica.

Asimismo, la guerra de Gaza revela una continuidad a medio plazo en los acontecimientos mundiales. Ya el comienzo de la pandemia de Covid-19 se caracterizó por una crisis en las cadenas de suministro globales, esas supply chains que forman el esqueleto infraestructural de los procesos globales. La guerra en Ucrania añadió nuevas dimensiones a esa crisis, sobre todo en lo que respecta a los cereales, el gas y el petróleo. Ahora, lo que está en tela de juicio es nada menos que la viabilidad del Canal de Suez, que desde su apertura en 1867 es un nudo esencial del comercio entre Asia y Europa y un icono del libre comercio. El bloqueo del Canal en marzo de 2021, cuando encalló allí el portacontenedores Ever Given, anticipó en cierto modo —en plena pandemia— lo que está ocurriendo desde hace varias semanas, con los ataques de los hutíes (que controlan ahora la capital y gran parte del territorio de Yemen) contra los buques que transitan por el Mar Rojo, en solidaridad con la población de Gaza. El efecto sobre el comercio es devastador, con el abandono de Suez por parte de las principales compañías navieras, el consiguiente alargamiento de las rutas, el aumento de los precios del transporte y de las mercancías y los posibles efectos indirectos sobre la inflación.

De esta suerte, el resultado de otra guerra, la de Yemen, se combina con la que está teniendo lugar en Gaza, multiplicando sus efectos de desestabilización geopolítica y geoeconómica. China, que también había emprendido una iniciativa diplomática para poner fin a la guerra en Yemen (que era también un conflicto por delegación entre Arabia Saudí e Irán) se encuentra en una situación que en muchos aspectos resulta paradójica, si tenemos en cuenta el hecho de que la crisis en el Mar Rojo puede desviar la atención y los activos militares estadounidenses de los escenarios del «Indo-Pacífico», pero al mismo tiempo el comercio chino con Europa pasa en gran medida por el Canal de Suez. Las declaraciones de los hutíes en el sentido de que no tienen intención de atacar los barcos rusos y chinos dan fe de los nuevos frentes que se han abierto en los dos últimos años, pero no deben resultar tranquilizadoras para Pekín, puesto que cruzar un mar surcado por misiles y barcos militares en equipo de combate es, en cualquier circunstancia, un riesgo para el comercio. Por otro lado, también resulta difícil imaginar que China pueda sumarse a operaciones lideradas por Occidente como Prosperity Guardian, o incluso que llegue a apoyar operaciones militares como las angloestadounidenses contra los hutíes en Yemen, bajo la bandera de esa «libertad de los mares» que fue una parte fundamental de la expansión colonial europea desde sus primeras formulaciones a principios del siglo XVII.

Se trata de escenarios que eran difíciles de imaginar antes del 24 de febrero de 2022. Lo repetimos: hoy la guerra está en el centro de los procesos globales, la extensión de lo que hemos llamado regímenes de guerra marca el ritmo de las transformaciones del capitalismo, condiciona y limita drásticamente el abordaje de la crisis climática y determina un endurecimiento de las relaciones sociales, a partir de las líneas de dominación de género y raza que las inervan. El nacionalismo se afirma bajo formas viejas y nuevas, incluso en países y movimientos que no tienen ninguna posibilidad de gobernar en el plano nacional los procesos globales que los atraviesan. Es más, el multipolarismo que caracteriza la actual situación mundial es ampliamente interpretado por los gobiernos y las fuerzas políticas dominantes desde la perspectiva de la formación de bloques, de unos contra otros armados. Desde luego esto no ocurre solo en Occidente, pero aquí vivimos y aquí debemos luchar contra esta tendencia: esto significa hoy luchar contra la guerra.

Desde la perspectiva del análisis, es importante dar cuenta del entrelazamiento entre los acontecimientos geopolíticos y geoeconómicos, tal y como hemos intentado hacer en este breve artículo. Sin embargo, tenemos que rechazar esa primacía de la geopolítica que caracteriza hoy cada vez más, no solo el discurso público, sino también las posturas de quienes ven en la formación de un «campo» antioccidental (a menudo identificado en el «Sur global») la alternativa a la que apuntar. Al mismo tiempo que reconocemos las oportunidades que se abren en el escenario multipolar, reiteramos que el verdadero factor discriminante para nosotros es la calidad de las relaciones sociales y políticas preponderantes en cada país y región del mundo. Y esa calidad es directamente proporcional a la intensidad de las luchas por la libertad y la igualdad. La oposición a los bloques y a la guerra solo puede partir de aquí.

Ante la violencia atroz de los bombardeos israelíes sobre Gaza, se ha expresado un nuevo movimiento en muchos lugares, incluso en Europa: es un movimiento que reúne distintas motivaciones, desde el rechazo de la guerra hasta la solidaridad con el pueblo palestino; desde el horror ante la masacre y la incipiente limpieza étnica hasta componentes religiosos e incluso fundamentalistas. Sin embargo, este movimiento, en su complejidad, representa la referencia fundamental de una política antibelicista. El alto el fuego inmediato es su primera reivindicación. Somos conscientes de la diferencia de situaciones y, sin embargo, como hemos intentado explicar, existe un vínculo esencial entre Gaza y Ucrania. Alto el fuego inmediato en Gaza y en Ucrania es la consigna —difícil pero necesaria— para un movimiento capaz de invertir la tendencia mundial a la extensión de los regímenes de guerra y de volver a dar un sentido material a la palabra «paz».


Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Madrid –

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