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Auschwitz – Birkenau y la sinfonía de la muerte

Luego de escuchar los últimos acordes que escucha el enemigo, solo queda esperar a que la muerte asome empuñando el odio por la culata


Una mujer limpia el suelo de un barracón de Birkenau, friega con sus dedos de pianista para que todo siga gris, para que no se borre nada.

Cada tarde, y desde hace más de dos años, un oficial de la Gestapo se sienta y disfruta viéndola tocar a Mahler. Él le apunta a la nuca con una Parabellum y se emborracha, llora sin parar mientras ella cierra los ojos y viaja hacia un lugar donde no existe el tiempo, como si supiera acariciar una partitura, —como si solfeara una tempestad—.

Cada día un carnicero judío escucha por última vez en la radio su sinfonía preferida, —pero no lo sabe—, está ocupado en limpiar los ganchos sucios que cuelgan del techo. El carnicero de Stare Miasto tose sin parar entre los bofes y los animales muertos. Se mira en la ventana que da a la calle y piensa que está flaco, en que quizá tiene alguna enfermedad terminal, pero le reconforta que un trozo de pan negro y duro le aguarda junto a un plato de sopa. Su mujer, junto a la radio, le espera con la misma cantidad de culpa y pobreza.

El cartel del reglamento de la entrada del matadero kosher de Birkenau dice: Aquí se respeta el ritual del sacrificio de las reses y las personas, aquí se escucha a Mahler todas las tardes. Aquí se mata como dios manda.

A última hora de ese mismo día un joven alemán degüella al carnicero judío en un oscuro callejón de Varsovia, a tan solo dos calles de su casa: Momentos previos al último movimiento musical de la segunda sinfonía de Mahler, sujetó la cabeza con una barra y un gancho de hierro y le cortó el cuello. Repetía enloquecidamente que en manos de un buen patriota los cerdos tardan menos de un segundo en morir.

El carnicero de Stare Miasto llevaba puesto su delantal manchado de sangre y en sus ojos dejó para siempre el último movimiento de lo que él creía la música más bella. Luego de escuchar los últimos acordes que escucha el enemigo, solo queda esperar a que la muerte asome empuñando el odio por la culata.

El piano purifica el alma del ejército, las manos de la limpiadora del barracón entretienen a la hija del jerarca nazi mientras él babea desorbitado y grita con la boca llena de patria; porque en este campo se mata como dios y la patria mandan. Alice, —así se llama la mujer— que acabará muerta con un tiro en la cabeza de una Parabellum.

Alguien limpia el suelo del barracón de Auschwitz – Birkenau, friega con sus dedos la sangre de una pianista, para que todo siga gris, para que no se borre nada.


Madrid –

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Editorial

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