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Pablo Iglesias recibiendo la cartera de Vicepresidente de Derechos Sociales y Agenda 2030 — Eduardo Parra / Europa Press

El don de la oportunidad

Los ejemplos en las portadas impresas, en los titulares o en la narración de las noticias son tantos que es grosero y burdo ir con ello. Es un insulto a la inteligencia. Y a los insultos a la inteligencia se les dice, con Unamuno: venceréis, pero no convenceréis


Corría el año 2014 cuando Pablo Iglesias pronunció aquellas palabras que se han recordado frecuentemente: El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto. Claudio Rodríguez abría El don de la ebriedad con un verso inconfundible: Siempre la claridad viene del cielo. Iglesias y Claudio Rodríguez no tienen nada en común, exceptuando que ambos tienen alguna vinculación emocional con Zamora, de donde era Claudio Rodríguez. De allí, por cierto, también era Agustín García Calvo que, entre otras cosas, es el poeta compositor del himno de Madrid que se cierra con el verso de Madrid, al cielo, que es a la vez refrán. Esta serie de serendipias que tienen a Zamora, al cielo y a Madrid podría cerrarse recordando cómo ha cambiado Madrid: ahora es la comunidad de los sobrecostes y hace cuatro décadas el himno costó una peseta. Los tiempos cambian, las personas cambian y uno no puede bañarse dos veces en el mismo río, según dejó escrito Heráclito y puede leerse en la edición y traducción de Agustín García Calvo, cuya figura siempre hay que reivindicar.

La ebriedad es una manera hermosa de hablar de emborracharse (magnífica la canción de Lori Meyers al respecto). La oportunidad es una forma de ebriedad porque se puede caer en la embriaguez cuando se actúa en un momento conveniente. Es la ebriedad del éxito. El éxito embriaga y la derrota también, y esto hace que se tomen medidas precipitadas. Ahora es cuando, si este texto fuera una columna de opinión al uso, se iniciaría la andanada contra Podemos en la forma de acusaciones a Pablo Iglesias, Ione Belarra, Irene Montero, Pablo Echenique o cualquier otro que no se haya plegado. Pero no es el caso. Apuntar a las mismas personas es deporte nacional y es a lo que la prensa nos tiene acostumbrados. Siendo honestos, hay tópicos y lugares comunes que habitualmente consiguen que alguien se gane todas las simpatías del auditorio: decir que todos los políticos son iguales, que todos los políticos roban, que los funcionarios no trabajan o desayunan cuatro veces, que en los sindicatos se celebran mariscadas, que (poner cualquier asunto de interés transitorio) debería estudiarse en las escuelas. Verdades incontestables como que el ciclo de Podemos está agotado o que el personalismo de Iglesias o la terquedad de Montero ahogaron su espacio político. Y un coro de indiscutibles insensatos aplaudirá hasta hacerse sangre en las manos. Y en el humo de la andanada, las parrafadas y los comentarios en redes sociales, se ocultará la verdad. Con frecuencia se suele decir, citando a Machado y a su Juan de Mairena que la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. No se suele completar la cita, que continúa del siguiente modo: Agamenón: Conforme. El porquero: No me convence. La palabra de Agamenón y la palabra de su porquero no tienen el mismo peso porque la posición social que ocupan no es la misma. Así, los porqueros saben qué verdades son agradables para los monarcas (absurda oración para escribir en el siglo XXI pero extrañamente vigente). Sobre esto, hay verdades populares y cómodas que deben repetirse hasta la náusea y otras que se han de callar o, como mucho, contar entre susurros para no incomodar a nadie. Y todos saben cuáles son.

Cada vez que una persona de Podemos ha abandonado el partido, el recorrido ha sido el mismo, a pesar del epigrama de Heráclito: esa persona ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y ha sido premiada con atención mientras sus declaraciones han servido al propósito de hacer daño a Podemos y favorecer el relato que se ha construido al respecto (bunkerización, pyme, líder). Una vez han cumplido esta función, desaparecen de la escena pública, se diluyen en el maremágnum de no-noticias. No se sabe si perdieron el don de la oportunidad o no, aunque esto les sirviera para crear otro partido político o acabar con algún cargo en otro lugar, pero la atención mediática se vuelve más amable sin ninguna travesía en el desierto. A pesar de todo esto, lo que viró, según el relato oficial, no fue la persona que abandonó Podemos, sino el propio partido, que es el que traicionó una suerte de Arcadia, Edén o paraíso original del que ha sido expulsado por el comportamiento de sus dirigentes, haciendo, curiosamente, que aquellos que se marchan permanezcan mágicamente en el mismo sitio. Este relato se ha repetido (se repite) con vigor y sin perder fuerza ni actualidad. A una andanada hay que sumar otra, sin descanso, y el relato y su argumento se ven reforzados por la muchedumbre. Obviamente, hay toda una orquesta mediática tocando, mientras esperan que el barco se hunda, que comentan la no-noticia cultivando un espíritu crítico aparentemente aséptico. Juegan al tópico, al lugar común, a las verdades simpáticas para quienes ocupan el lugar de Agamenón y a la vez ayudan a fundamentar una opinión social de forma vehemente. Todos esperan cobrar los servicios prestados, en esta vida o en la otra, como diría Máximo Décimo Meridio (les gustan las referencias cinematográficas). Querrán argüir que Iglesias es Agamenón y ojalá así fuera, pero Iglesias ha pasado a tener un puto podcast, un puto canal y un puto diario digital. La doble, triple o cuádruple vara de medir es escandalosa porque sirven para las mismas personas en distintos momentos o para los mismos actos en distintas personas. Los ejemplos en las portadas impresas, en los titulares o en la narración de las noticias son tantos que es grosero y burdo ir con ello. Es un insulto a la inteligencia. Y a los insultos a la inteligencia se les dice, con Unamuno: venceréis, pero no convenceréis.

Casi diez años después, recordar: el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto es obligado. Por mucho que nos quieran convencer de lo contrario, es difícil que un tránsfuga permanezca en su propio partido o que Podemos en su conjunto, incluyendo a militantes y dirigentes, haga transfuguismo de aquellos que abandonaron la nave los primeros o los últimos. Tal vez el don de la oportunidad les haya sido propicio, pero a la larga se puede augurar (y recordar) que Roma no paga a traidores.


Madrid –

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