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El féretro de la paz mundial

El Féretro

Igual deberíamos organizar unas brigadas internacionales de caminantes por la paz, la paz mundial, para que deje de ser el juguete de esos personajes sin corazón y con coraza


Hace años un amigo mío acudió al entierro de un compañero de trabajo y se ofreció voluntario para llevar el féretro, parte del féretro, la esquina delantera izquierda para ser exactos.

Paco se dio cuenta de que durante el largo trayecto (lleno de cuestas) el único al que no relevaron fue a él. Acabó extenuado, preguntando el porqué de esa dejación de funciones y esa falta de compañerismo.

—Vimos que eras el más joven, no te quejabas, no decías nada.

Fue la última vez que Paco arrimó el hombro en un entierro. Lo arrima en la vida, que no es poco.

Realmente el féretro lo llevan siempre los mismos, las mismas.

Lo lleva Salma, una joven palestina que conocí en la última concentración frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. Que igual ya es la penúltima.

Los de siempre nos quedamos hablando tras la concentración y allí apareció Salma con su sonrisa. Se fijó en la chapa con la bandera palestina de la mochila de una amiga. Yo le di la mía. Me sonrió muy agradecida. La chapa de su país. Un país desprotegido donde la única chapa es la de los carros de combate sionistas.

Salma es de Cisjordania y está en España esperando asilo. Esperando a Godot. A Marlaska, supongo.

Mientras hablábamos en inglés del último ataque sionista (que ya será el penúltimo) me preguntaba yo cuántas sonrisas como la de Salma se apagan cada día a golpe de bombas, fósforo blanco y metralla. Elementos de destrucción masiva que se fabrican aquí. De toda la vida de Dios, su dios.

¡Cómo alguien puede disparar a sonrisas así! Sonrisas de bondad, de ganas de reír, sonrisas de un pueblo al que no le dejan levantar cabeza, ni tronco, ni extremidades.

Amputaciones S.A. Tifus, Abbas, hepatitis C, Biden, varicela, Borrell, desnutrición, Albares, ictericia. Netanyahu se está dejando un bigotito muy mono bajo la nariz.

La cámara de gas es más piadosa que la caja de Pandora armamentística que está aniquilando Gaza a pasos de Goliat. No lo digo yo, lo dice Afnan, una amiga y médica palestina residente en Madrid.

Pero volvamos al féretro de Salma.

La familia de acogida de Salma se fue a la sierra y ella decidió quedarse para tomarse una pizza con nosotras. Se la veía cómoda, con ganas de soltar el féretro y pillar algo de avituallamiento para el largo camino del asilo y exilio forzoso. Ningún ser humano es ilegal, ni una ardilla de Jericó tampoco.

No quiso pedir bebida para no gastar (me di cuenta porque durante mis años de periodista muy precario y profesor de inglés precario yo hacía lo mismo).

Pedimos una cuatro quesos y una fugazetta (el local era argentino). La parte de explicar los de los four cheeses fue muy divertida. Le sorprendía que le echáramos cuatro quesos cuando seguramente en Palestina le echan uno y ni tan mal. ¡Cuatro quesos! Un queso por cada arma que se fabrica en España para matar palestinos, pensé.

Además cheeses suena a Jesus (Yisus). Cuatro niños jesús saltando entre la mozarella, la cebolla y el orégano, yo qué sé. Fue hilarante.

A Salma le gustó más la fugazetta. ¿A quién no?

Le pedimos un vaso de agua. Nos contó que en su tierra era profesora de árabe y reportera. Todo esto sin perder la sonrisa y sin dejar de estirar el queso y los quesos para cortar con ese cordón umbilical que siempre se nos resiste. ¡Intifada!

A la espera de asilo nos dijo que prefería una ciudad con luz aunque nosotros insistíamos con Bilbo (por eso de la solidaridad del pueblo vasco).

Salma se fue contenta. Esa noche hizo varios amigos palestinos en Madrid y tres amigos “madrileños” nuevos: dos mediterráneos y un porteño. El rosarino se fue al cine, cómo no.

Esa noche, como otras tantas, los cuatro nos repartimos el féretro de la deshumanización de este planeta. De la que estamos hartos, que conste en acta. Acta de defunción masiva.

Frente a los que fabrican armas, venden armas, detonan armas… estábamos nosotras compartiendo dos pizzas y resoplando cada vez que la pizza quemaba o alguien mencionaba la palabra Gaza (pronunciado Gaddssa).

Esa noche en el corrillo post-concentración volvió a salir el concepto “somos peor que los animales porque los animales solo matan para comer”.

En ese féretro van nuestras esperanzas perdidas, las ilusiones fulminadas por la codicia, las sonrisas de Salma, las carreras de Charlot y hasta los siete escalones hasta el cielo de Miles Davis. Por no hablar de las ganas de que aterricen vidas inteligentes en este planeta y nos saquen a gorrazos.

El féretro que sujetamos los que hacemos las cosas en vida, sin necesidad de contratar una plañidera personal ni hacer horas extras en el sepelio de un ser querido, pesa demasiado.

El féretro que sujeta el hombre orquesta que lo dio todo por una pareja que de la noche a la mañana empieza a desafinar con otro, pesa demasiado. Pero ese féretro no lo vas a llevar tú solo.

El féretro que sujeta el que creía que con la crisis de los misiles del 62 lo habíamos visto todo y que a partir de entonces los mandatarios mundiales se encerrarían en un cuarto para humanizarse y dejar de hacer el gilipollas, pesa demasiado.

El féretro de los que saben quién habita la cloaca mediática, quién asesina ancianos en residencias, quiénes animan desde la banda a cada bomba que impacta en una niña gazatí, pesa demasiado.

El féretro de los que tienen valores, el féretro de los leales siempre, traidores nunca… pesa demasiado.

Pero se lleva y punto. A la espera del relevo, que tendrá que venir de otro planeta, me temo.

Porque en este mundo los Puich Antich son minoría, las Salmas son minoría, los Perfect Days de Wim Wenders son minoría. Estamos rodeados de Koldos Ayusos, Anas Rosas Grisos y Vicentes Motos, de Pedros Albares y pequeños Nicolases de Borbón y Windsor.

Cayetaners del mundo llevad vuestro puto féretro.

El burro demócrata, el elefante republicano, la gaviota pepera, el capullo socialista, el hdp sionista.

Aburren a las cabras y duermen a las ovejas, decía mi abuela. Son cómplices de todo lo que nos destruye y por supuesto no nos hace más fuerte.

Las que no han aprendido a decir genocidio quieren ir a las manis a figurar pero temen ser abucheadas. No tocan el féretro ni por asomo. No van a salir en la foto.

¿Dónde queda Palestina? ¿En la esquina entre la Calle Caídos de la División Azul y la Avenida de Millán Astray? ¿En la esquina de la Calle Adolf Hitler con la Avenida de la Cámara de Gas? ¿En la esquina de la Calle Pijama de Rayas con el Pasadizo de los 186 escalones de Mauthausen/Gusen?

¿Dónde queda la cárcel polaca de Pavel González?

¿Dónde está Marta Lois? ¿Dónde está Izquierda Unida? ¿Los verdes europeos?

¿Dónde está el juez Garzón? ¿Y Martxelo Otamendi?

Si el diputado Agustín Santos conociera a Salma no votaría con esa crueldad.

Si la diputada Tesh Sidi conociera a Salma volvería a ser Tesh Sidi. Si alguna vez lo fue…

Si Netanyahu hubiera nacido en un suburbio de Moscú, en las 3,000 viviendas o en Villa Fiorito, los gringos le hubieran volado por los aires el 8 de octubre.

Si los palestinos y palestinas no sonrieran tanto (pese a todo), si no fueran tan hospitalarios, si fueran almas en pena hasta las cejas de ketamina paseando por Sunset Boulevard igual tendrían una oportunidad para sobrevivir.  Nakba en vena. Aquí traigo las llaves de mi casa, colono de mierda.

Eh, tú… sabes que tendrías que haber visitado a tu madre en la residencia cada vez que te acordabas de ella (si es que te acordabas de ella).

Te hubieras ahorrado el contrato de urgencia de las plañideras. Y dejarías de hablar del alma que sobrevuela no sé qué mierda para justificar que no fuiste a verla lo que ella merecía. Ese féretro te lo comes tú.

Pero la culpa es siempre del empedrado, el féretro lo llevan siempre las mismas.

No se hacen cargo de sus guerras, de su odio constante, de no dar una a izquierdas. De no dar. De su yo-yó (que no revolución) permanente.

En el corrillo tras la concentración lancé la idea de irnos TODAS andando hacia Gaza, pasando por Argelia, Túnez… otros desde China y Finlandia. Juntarnos millones de personas de todos los colores a las puertas de Rafah o de los Altos del Golán.

Igual Richard Nixon y Golda Meir nos dispararían desde el infierno como Biden y Netanyahu desde esa tierra que no es suya.

—Pero da igual, alguno llegaríamos, dijo mi amigo marroquí Emad, con la voz cascada de tanto gritar “Israel asesina, Europa patrocina”.

Igual deberíamos organizar unas brigadas internacionales de caminantes por la paz, la paz mundial, para que deje de ser el juguete de esos personajes sin corazón y con coraza. Los inútiles de siempre. Llámense Ansar, ZP, Rajoy, Pedro Sánchez o Dios. Su dios. España nos roba. Madrid me mata.

Hartas de la paz escurridiza, hartas de llevar el féretro, no releva ni Induráin con una transfusión la sangre de Usain Bolt.

Hartas de que nos hacinen en pisos de 18 metros cuadrados por 500€.

Hartas de dejarnos la vida trabajando para tener que seguir soportando una reválida diaria, un reconocimiento efímero mientras los vagos de siempre se frotan las manos sin saber que realmente se están disparando en el pie, con armas de aquí, cómo no. Ese féretro lo vas a llevar tú.

Hartas de que nos vuelen por los aires, malos aires para la lírica y la política. Huele a azufre y a fósforo blanco.

Hartas de que simplemente nos dejen decir unas últimas palabras atropelladas entre los escombros de nuestra casa (porque es nuestra casa) en Gaza, del norte, del sur. La fábrica de féretros no da abasto, como la de armas.

Pon un pastor de ovejas de Hebrón en tu vida, y saca al doctorando de Harvard a garrotazos.

Como dijo Salvador Puig Antich antes de ingresar con honores en su féretro: “Digue’ls que continuïn lluitant”. Pese a la sombra del féretro que nos persigue. Pese a todo.

Y las cosas… en vida. Si antes no te mata un misil Stinger teledirigido desde el Despacho Oval por un Biden hasta las trancas de Jim Beam, neat (sin hielo).

Israel aniquila, Europa patrocina. Estados Unidos es una franquicia de fentanilo on the rocks que necesita guerra y más guerra. Big Bang come back.


Madrid –

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Editorial

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