Rober Solsona / Europa Press

El Metabulo

La mejor manera de conseguir difundir y hacer que cale un bulo es crear un entorno de difusión de bulos sobre la comunicación de quienes han de rebatir el bulo


Suena a trabalenguas y quizá, un poco, lo es. Voy a intentar explicarme, porque es una idea sobre la que llevo tiempo reflexionando y que me parece fundacional para explicar el fenómeno que venimos atestiguando los últimos años. Como periodista y comunicadora, creo, además, que es de rigor éticamente hablando pararse a pensar en los intríngulis que encierra la mentira no en materia de contenido político, sino, sobre todo, en materia de acción comunicativa, siendo esta última condición de posibilidad para que la primera resulte efectiva.

El caso de Podemos y todo lo colindante (Pablo Iglesias, Irene Montero y el Ministerio de Igualdad, especialmente) no es el único, pero sí sirve para explicar esto de forma muy ejemplificante. Más allá de los afectos y desafectos ideológicos y partidistas, creo que para cualquiera que se dedique a la comunicación, es interesante detenerse a analizarlo. Dicho esto, me meto en faena.

Sobre el Ministerio de Igualdad de Irene Montero han sido incontables los bulos difundidos, algunos de ellos traspasando los límites de todo lo burdo: desde que  defendía la pederastia al legislar la educación sexual integral, hasta que iban a hormonar en masa a los niños y niñas con la Ley Trans. Sin embargo, para que todos estos bulos calasen como lo hicieron, era necesaria la difusión definitiva de lo que me gustaría llamar ‘el metabulo’: insistir en que esos bulos se lograron difundir por culpa de «la mala comunicación» de Irene Montero y el Ministerio de Igualdad. Ese es el bulo primigenio, el que miente sobre cómo ha sido la comunicación, permitiendo responsabilizar, no a quien difunde la mentira, sino a quien acusa de no rebatirla «bien» o «lo suficiente» y que, por ende, permite y posibilita su propagación.

Se ha dicho mucho que la comunicación del Ministerio de Igualdad era agresiva, confrontativa, poco pedagógica, replegada hacia dentro para la autodefensa en lugar de centrípeta para llegar a «las masas», sectorial y únicamente dirigida a quienes ya estaban convencidas en vez de aspirar a convencer hacia fuera, difusora de consignas ideológicas en lugar de explicativa…

Y claro, esa actitud, es lógico que provocase desafección (y que haya habido quien ha querido sacar provecho de ella para su propia diferenciación de campaña), inclusive entre quienes enunciaban «a mí me gusta lo que ha hecho el Ministerio de Igualdad, pero no estoy de acuerdo con su forma de comunicar, que genera confrontación en lugar de sumar». La movida está en que… ¿realmente fue así la comunicación del Ministerio y de Montero? ¿O esa es la idea que se ha difundido de cómo fue la comunicación por parte de los mismos entes que difundían todos los demás bulos?

Aquí, para empezar, creo que es vital tener en cuenta que la mayor parte de la ciudadanía no se informa de la actualidad política a través de los canales institucionales y oficialistas de comunicación. Casi nadie tiene tiempo ni costumbre de verse ruedas de prensa, seguir cuentas de Twitter de La Moncloa o los partidos, verse los actos organizados desde las instituciones, consumir entrevistas de hora y hora y media en programas nocturnos completas… La mayoría de la gente tiene el tiempo justo para ver el popurrí de media horita que se emite en el informativo, el collage de declaraciones seleccionadas a gusto y criterio del redactor (me incluyo, claro) en una pieza resumen del acto, intervención parlamentaria o rueda de prensa de turno. Toda comunicación política, cuando llega al consumidor, pasa por el filtro sesgado y procesado de quienes conformamos los medios de comunicación. Esto es así, es lógico, de por sí no es ni bueno ni malo. Para eso sirve el trabajo de los y las periodistas, para que te llegue la información sin que te ahogues en un océano de contenido. Pero no olvidemos que esa información es, precisamente, la que una mirada determinada escoge (a veces ni siquiera la del o la periodista, a veces la del medio en función de sus intenciones, su línea editorial; a veces la del tuitero o tiktokero de turno que decide subir a sus redes un minuto de una intervención de 45 y no otro…).

Así, poco a poco, se va construyendo el relato, no sólo de lo político, sino también de la acción comunicativa. Voy a un ejemplo concreto. Si mediáticamente solo se da difusión a un minuto de la respuesta defensiva que Irene Montero le da a Carla Toscano (recientemente salida del Congreso , pero recordada por ser la que le espetó en el pleno que lo único que había estudiado en su vida había sido «a Pablo Iglesias») pero no llegan a los escuetos telediarios las horas y horas de explicación que Montero dedica (en entrevistas en profundidad, actos, el propio Encuentro Internacional Feminista que se celebró en febrero de 2023) cómo funciona la violencia política como método de disciplinamiento contra las feministas, entonces, el relato que se construye es que la comunicación de Montero sólo consiste en defenderse visceralmente a sí misma. Si sólo se difunde que Irene Montero «acusa a los jueces de machismo» y se obvian las horas dedicadas a explicar cómo funciona el sesgo patriarcal en todas las instituciones del Estado, pero también en todos los sectores de la sociedad, entonces el relato que se construye es que la comunicación de Montero va enfocada a atacar y confrontar con los jueces. Si se obvian las decenas de vídeo selfies que Irene Montero grababa para Instagram y TikTok (y se obvia que fue la segunda ministra —la primera fue Ione Belarra— en abrirse cuenta de TikTok haciendo vídeos explicativos para llegar pedagógicamente también a los sectores más jóvenes) contando pormenorizadamente los recursos integrales de la ley Solo Sí es Sí, se construye el relato de que comunicativamente solo se enfocaba el consentimiento al ámbito de lo penal. Si se obvia que el corte subido a su cuenta de TikTok en el que desmonta en La Ser con Héctor de Miguel los bulos sobre la Ley Trans alcanzó casi el millón de reproducciones y superó los 117.000 Me gusta, se construye el relato de que no se molestó en rebatir con argumentos los bulos contra la Ley Trans.

Resulta paradójico, por ejemplo, que toda España se haya vuelto experta en derecho penal, se haya informado y haya aprendido los entresijos de lo que significa un tipo penal, qué implicaciones tiene la categorización de un delito contra la libertad sexual, cuál ha sido el recorrido histórico del mismo, a la vez que se acusa al Ministerio de Igualdad de no haber hecho una buena comunicación por haberse alejado de la pedagogía.

Resulta paradójico que se acuse de falta de transversalidad y de confrontativa a la comunicación del Ministerio cuyas campañas se viralizaban en redes sociales, una detrás de otra, recibiendo avalanchas de felicitaciones nacionales e internacionales, por ser casi obras de arte cinematográfico. ¿Cuántas campañas de Transportes recordáis? ¿Cuántas canciones de campañas de Trabajo habéis visto a alguien tarareando? ¿Hasta dónde hay que llegar para que lo que hagas se considere lo suficientemente «mainstream», «popular», «aglutinador»? A mí misma, como feminista poco maja que soy (no me escondo), a veces incluso me chocaba ver imágenes que me resultaban excesivamente conciliadoras al hablar de feminismo, como hombres con bebés en los brazos, aunque entendía que desde las instituciones la comunicación debe estar orientada a todas y todos y que no puede hacerse igual que desde posiciones militantes.

Por eso creo que lo que hizo sentir incómodos a los amigos de Pedro Sánchez, por mucho que desde demasiados sectores quieran convencernos de ello, no fue un problema de la comunicación del Ministerio de Igualdad, que les atacara o que no contara con ellos. Lo que les hizo sentirse incómodos era el fondo, no poder seguir toqueteando con impunidad a su mujer mientras dormía, no poder seguir considerando accesibles por defecto los cuerpos de las mujeres, no poder seguir yendo de aliados feministas porque sí, saberse interpelados más allá de lo cosmético.

Y esto es algo que no empezó con Irene Montero. Allá por 2016, recuerdo a gente de mi entorno, votantes del PP y de Ciudadanos, que venían sorprendidos a decirme lo pedagógico que les había parecido Pablo Iglesias en el debate electoral (este sí es un contenido televisivo que consume en su totalidad algo más la gente), que aunque no compartían sus ideas ni le iban a votar, les había parecido el mejor. Que les había chocado, porque pensaban que sus formas eran las de un comunista bolivariano confrontativo, violento, agresivo y chabacano.

Así, mintiendo sobre «la comunicación», atacándola, tratando de desarticularla, silenciarla, mimimizarla, es como se genera el primer desafecto en el imaginario colectivo sobre determinados líderes políticos, sobre determinadas formaciones, sobre determinadas gestiones institucionales. Y por eso el metabulo, la propagación de bulos que refuerzan el relato de «una mala comunicación» mientras se difunden bulos sobre cómo es dicha comunicación, es la condición de posibilidad para justificar y propiciar la difusión de todo el resto de bulos que ocultan y entierran la acción transformadora verdadera.


Madrid –

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