El problema del “fascismo”, las clases y el nuevo centro izquierda colonial

No podemos seguir confiando en la redundancia vacía del uso de la palabra “fascismo” para enfrentarnos al peso creciente de las extremas derechas en el mundo


Aunque en la política del Reino de España vivamos dentro de una membrana específica, que filtra y endulza buena parte de lo que sucede en el resto del mundo y exacerba lo que sucede dentro de la membrana, el goteo creciente de victorias electorales de la extrema derecha en Europa y en el mundo de las democracias de la propiedad es una especie de mazazo funesto administrado en golpes sucesivos, pero que no deja de determinar sus efectos sobre el ánimo y la inteligencia. Ya hemos escrito sobre la función emocional de la difusión del miedo, que opera en el “cerebro reptiliano” colectivo, y que tanto paraliza como lleva a la huida o al ataque desesperado. Ese dominio del miedo es toda una industria de producción de la subjetividad, que hace ganar dinero y distribuye y conserva poderes financieros y políticos, pero que, en lo que nos toca, obtura la inteligencia colectiva con dosis crecientes de ansiedad e incapacidad de concentración en los problemas fundamentales. Pensemos en Milei: aunque sabemos que no va a poder llevar a cabo su programa, el miedo que inspira su performance de pinochetista rockero y su delirio compuesto de misticismo y supremacismo blanco son suficientes para generar el desconcierto, la parálisis, el desánimo y sobre todo la búsqueda del mal menor, cuando no la respuesta desesperada.

La inflación de la palabra “fascismo”, siempre alta, está llegando a cotas justamente argentinas o más aún venezolanas. Esto indica que la palabra ha perdido casi todos sus valores connotativos o de descripción de un referente real y que en realidad expresa emociones y afectos muy dispares y sujetos a todo tipo de manipulaciones de masas. Sabemos que esto es así prácticamente desde el nacimiento de la palabra y del movimiento propiamente fascistas, y que ya en la década de 1920 “fascista” se usaba como arma arrojadiza contra todas las tendencias de la llamada “revolución conservadora” europea, es decir, contra la reacción de las derechas al Octubre soviético y al “bienio rojo” de 1919-1921. en el que se jugó (para mal) el destino de Europa y del mundo, en el que fracasó la revolución europea contra el capitalismo colonial y militarista europeo tras la mayor carnicería humana hasta entonces que fue la Primera Guerra Mundial.

La redundancia vacía de “fascismo”

No podemos seguir confiando en la redundancia vacía del uso de la palabra “fascismo” para enfrentarnos al peso creciente de las extremas derechas en el mundo y, en lo que nos toca más cerca, para atacar fenómenos como Vox o los gobiernos y parlamentos hegemonizados por la extrema derecha en Europa, en Italia, Suecia, Finlandia, Hungría, Países Bajos, Reino Unido… la lista es cada vez más larga. Tampoco para abordar la perspectiva de un Parlamento y una Comisión europeas dominadas por los pactos entre conservadores y ultraderechistas, que es ahora mismo el resultado más probable de las elecciones europeas de los próximos 6-9 de junio del año que viene.

No podemos hacerlo porque de lo contrario nuestro fracaso está garantizado. Tenemos que apuntalar nuestro análisis y nuestra estrategia de combate contra las extremas derechas dentro del cuadro real de las democracias capitalistas actuales, del caos ecosistémico en curso, del régimen de guerra consolidado en el planeta y de las transformaciones del poder y el proceso capitalistas que cierran el círculo. Lo primero que hay que señalar es que en el registro histórico hay “fascismos”, y no uno solo. La búsqueda de la definición canónica es siempre insatisfactoria, porque, como movimiento reaccionario, el fascismo está impregnado siempre de las determinaciones de sus enemigos en cada país o territorio político. Pero hay un aspecto más importante y definitivo: el fascismo “no va a llegar” porque nunca se ha ido. Como escribía Félix Guattari, no tiene sentido decir “No pasarán” porque el fascismo ya ha pasado y forma parte del ADN del poder capitalista. Nunca se fue, siempre ha estado cuidado y cultivado en las estancias intelectuales o en las perreras discretas o clandestinas de los sistemas y aparatos de seguridad occidentales. Pero además, en tanto que síntesis innovadora de corrientes, lenguajes y afectos reaccionarios, así como de apropiación de símbolos, prácticas y palabras del movimiento obrero, encontramos elementos integrantes de los fascismos en buena parte de las derechas y extremas derechas actuales, en las biografías personales, políticas e intelectuales de sus militantes, etc. La cuestión del fascismo se dirime en un laberinto de espejos deformantes.

El fascismo es siempre mutante, ubicuo e invisible como la radioactividad, capaz de hacerse microfísico, micropolítico y fascistizar nuestra percepción y nuestra sensibilidad. Por eso conviene que nos quedemos con algunos puntos sólidos del problema del fascismo antes de abandonarlo para acercarnos a la realidad. Los puntos sólidos son los siguientes:

  • Los que hoy se autodenominan fascistas son un tipo especial de delirio político de repetición obsesiva del origen, carecen de inteligencia y su capacidad de contagio es limitada. Sencillamente son espantajos fáciles de manipular, sin menoscabo del peligro real que suponen para las personas racializadas, fuera de la norma heterosexual y para el antifascismo militante. Su aparición reciente en la “cayeborroka” madrileña es una buena muestra de sus límites y sus contradicciones respecto a la estrategia general de las derechas.
  • Los fascismos son siempre una respuesta reaccionaria pero no conservadora a la percepción de un peligro revolucionario de las clases subalternas. Las “soluciones fascistas” crecen y son alimentadas por los poderes capitalistas cuando triunfan o amenazan con triunfar las revoluciones populares. No es el caso, por desgracia, de nuestro presente contemporáneo.
  • Los fascismos son inseparables del culto de la guerra y de las máquinas de guerra, de la movilización total para la producción de muerte y gloria mortífera. Es axiomático afirmar que allí donde hay guerra moderna proliferan subjetividades y colectivos que se autodenominan fascistas, pero también los afectos, los delirios y las prácticas que encontramos en los fascismos históricos. Guerra moderna y fascismos forman una ecología simbiótica.
  • El fascismo consiste siempre en una alianza entre sectores del capital corporativo e industrial y las clases medias en crisis. Hablar de “fascismo obrero” es usar un oxímoron sin valor analítico. Cuando derrotan a las expresiones políticas de las clases subalternas, entonces el fascismo penetra, mediante la coacción y la movilización productiva para la guerra, en las clases subalternas blancas o construidas como racialmente superiores (pensemos en el fascismo hindutva en India antes y después de la independencia).
  • El fascismo es siempre un culto de la juventud como capacidad de procreación de la raza y como producción de cuerpos para la muerte gloriosa. Por el contrario, en las extremas derechas contemporáneas advertimos un pathos de decadencia y de final, una percepción asustada de las clases subalternas globales como una vida dotada de energías superiores. Sin embargo, comparten con los fascismos el sentido paranoico y conspirativo de la historia, donde el vigor de las clases subalternas globales es nutrido por variantes transformadas del “judío eterno”.

La realidad: las extremas derechas supremacistas y su realismo catastrófico

Las extremas derechas contemporáneas son aliadas del neofascismo obsesivo-compulsivo de los grupos y partidos actuales, pero no dependen de ellos para ganar y construir mayorías electorales. En el contexto de régimen de guerra y de caos ecosistémico, las extremas derechas son ya el enemigo principal, y no la antesala de algo peor que estaría por venir. Las extremas derechas proponen algo que ya es realidad constitutiva de las democracias de la propiedad desde la contrarrevolución neoliberal de la década de 1970. La diferencia es que quieren convertirlo en una nueva constitución global de los derechos y libertades, profundizarlo y hacerlo irreversible. Tenemos que volver a una noción interseccional o sintética de clase y de lucha de clases que integre en la misma distintas dimensiones de interés colectivo: no solo ingresos, educación, relación con el capital y la propiedad, sino también la racialización, la colocación en el orden heteronormativo de géneros y sexos, así como la posición en la ecología mundo del capital. En este sentido, las extremas derechas arman su andamiaje de proyecto sobre la segmentación social y política que ha creado medio siglo de neoliberalismo de derechas y de centro izquierda en el mundo, sobre todo occidental. Avanzan con el viento de cola de una realidad dominante capitalista que, sin lucha de clases, se confunde con la realidad a secas. Solo la lucha de clases, bajo las condiciones en la que la hemos definido, hace que el uno se divida en (al menos) dos.

La contrarrevolución sigue triunfando

El neoliberalismo global fue una respuesta variada a los problemas existenciales del capitalismo occidental bajo hegemonía estadounidense, que se agravan, en las condiciones de la Guerra Fría, con las revueltas y revoluciones mundiales en torno a la cifra 1968. Su éxito rotundo es claro: destruir al movimiento obrero organizado y su potencialidad política, destruyendo el valor político y afectivo de la pertenencia a la clase obrera, al régimen salarial. Para ello se genera una revolución financiera que inventa nuevas formas de capital (ficticio o no) y exporta al Sur global, derrotado a su vez por el apoyo estadounidense a las dictaduras asesinas en el Sur global y por la larga decadencia del socialismo real y su realidad geopolítica. Se destruye a la clase obrera en el Norte y se expande el régimen salarial, formal e informal, al Sur global. Al mismo tiempo, el capital extrae renta de todos los registro de la actividad humana, mediante la conexión informática de los cuerpos y los cerebros globales y la explotación de la atención y el goce humanos. Sin embargo, fracasa en sus versiones reaccionarias, porque no consigue poner fin a la potencia biopolítica del feminismo, ni a los movimientos LGTBQI+, en su larga trayectoria y transformaciones desde la década de 1960. La destrucción del movimiento obrero convierte a las que eran las figuras dominantes de este, varones, blancos, de mediana edad y vestidos de mono azul, en figuras de la derrota, la nostalgia y la tendencia al resentimiento, pero también en presas de la racialización y del supremacismo blanco. Mientras tanto, la combinación de factores de atracción y de empuje externo crean un mercado global de fuerzas de trabajo entre el norte y el sur, primero en el trabajo industrial y ya en la década de 1990, ante la resistencia invariante de las mujeres occidentales a la subalternización en la reproducción doméstica familiar, al trabajo doméstico y de cuidados. La combinación de precarización del empleo y de los ingresos y de resistencia de las mujeres blancas en su autonomía frente a la familia patriarcal provoca una crisis demográfica en occidente y en general en los “países ricos”. Al mismo tiempo, la financiarización de la producción de capital permite la creación de nuevas clases medias vinculadas a la renta financiera y el funcionariado público, la propiedad inmobiliaria y en general la dependencia relativa del poder financiero y estatal para la continuidad de su estatus y sus ingresos. Como sabemos, tenemos variantes de derecha y de izquierda dentro de este autorreconocimiento de las clases medias occidentales, pero sus rasgos invariantes, además de ese vínculo de obediencia y dependencia del estado y del poder financiero, consisten en su mayoría de personas blancas, en su esfuerzo constante de delimitación respecto a trabajo asalariado formal e informal de baja cualificación educativa y de ingresos, dentro de un comportamiento que oscila entre el paternalismo, el utopismo progresista que quiere que “todo el mundo sea clase media” o la inquietud agresiva, fóbica, racista y clasista. Al mismo tiempo, la masiva industrialización y la creación de regímenes salariales en el Sur global ha llevado a la ecología mundo neoliberal y capitalista a un choque con la finitud de la biosfera y al caos ecosistémico ante el que nos encontramos, que a su vez es recogido por las clases medias globales dentro de los mismos polos, utopista y paternalista, ONGs y Green New Deal, por un lado, o negacionista y exterminista, por el otro.

Ahora podemos ver con mayor claridad el problema del combate contra las extremas derechas y las falsas soluciones que no cuestionan las bases en las que aquella hunde su potencial de victoria. Son negacionistas de muchos problemas, pero absolutamente realistas respecto al hecho de que ninguna reforma cosmética va a modificar las inercias profundas de los sistemas políticos y sociales que el neoliberalismo ha creado y que permanecen intocables. Son absolutamente realistas cuando dicen que, para mantener los privilegios de las clases medias y altas occidentales, solo la violencia y el apartheid son la solución, sin menoscabo de que se pueda integrar, a modo de muestrario simbólico, a pequeñas capas de las clases subalternas racializadas mundiales. Son absolutamente realistas cuando afirman que el sur está en el norte y el norte en el sur, y que solo la constitucionalización del privilegio blanco, laico-cristiano y colonial en los países occidentales puede garantizar la pervivencia del statu quo. Por eso apoyan fervientemente a Israel, porque no hay mejor ejemplo del futuro de estados legitimados por una población racial, financiera y culturalmente privilegiada que se disputa un territorio y unos recursos escasos frente a una mayoría pobre y racializada.

Hoy tanto la derecha como la izquierda están dominadas por las fluctuaciones del ánimo de las clases medias blancas, que son su base de dirección y reclutamiento de cuadros y de productores de contenido. Estados Unidos y Alemania, en particular, muestran las paradojas funestas de una defensa retórica de los derechos humanos, dentro y fuera del país, que no cuestiona un ápice la estructura económica, cultural, financiera y ecológica en la que triunfan las extremas derechas. Y que, en su pretendido combate contra ellas, no hace más que abonar su victoria. El centro izquierda global entiende que un poco de fascismo no hace daño; que un poco de apartheid en el régimen de derechos laborales, sociales y civiles no hace daño; que un régimen de guerra en nombre de la democracia no hace daño; que una militarización de la producción y de los mercados financieros es la mejor vía para triunfar sobre los enemigos del futuro verde y sostenible, que además no mermará ninguno de los privilegios de las formas de vida de las clases medias globales, sino que los expandirá por todo el mundo dentro de una misión de civilización y salvación de los pobres globales, presas del atraso, el fanatismo, el antisemitismo, el patriarcado y el desprecio por el medio ambiente.

En los nortes dentro del sur y en el norte que contiene sus sures, racializados y presa de un apartheid creciente, no hay una izquierda capaz de desafiar esta deriva. No la hay, salvo esquirlas, fragmentos que necesitan salir de sus rutinas y sus límites de composición de clase, de conectarse con las mayorías que rara vez intervienen en la realidad política. La que se llama izquierda, y que reúne a Biden, Scholz y sus comparsas verdes Baerbock y Habeck, o a Pedro y Yolanda, es una combinación de estupidez e hipocresía. Es estúpida porque es incapaz, por sus bases de clase, de desafiar la realidad que pide apartheid, guerra y exterminio: y es hipócrita porque pretende colocarse como único baluarte frente a la extremas derechas, cuando no es más que su comparsa vergonzante. Es necesario devolver a su justo lugar, al archivo, las ideas de frente popular, o la unión in extremis de demócratas liberales, socialistas y comunistas contra el fascismo. No funciona, no hay realidad que les corresponda. No hay movimiento obrero, ni socialista, ni comunista, ni demócratas que crean que el capitalismo es un problema para la humanidad. De lo que se trata, urgentemente, es de reconstruir, sobre este diagnóstico y sus bases de clase globales, un proceso político y social de convergencia y recombinación de clase que esté en condiciones de romper en dos o más pedazos el bloque de clase media blanca global que sostiene, en sus polos de centro izquierda y extrema derecha, la deriva hacia el apartheid en un marco de guerra y de exterminismo climático. No hay otro capitalismo posible, solo este que estamos viviendo. Lo que hay es un modo de producción del común global por construir políticamente a partir de las alianzas políticas, sociales, afectivas y sexuales entre las clases medias que rompen con el bloque supremacista liberal o de extrema derecha y sus estados y poderes financieros, en el norte del sur y en el norte que contiene sures, y el proletariado y el campesinado globales, en el norte y el sur. Las plataformas comunicativas son el acelerador que abre la puerta al apartheid global, produciendo industrialmente los individuos y los afectos que nutren el dominio de las extremas derechas, los regímenes de guerra y la violencia contra las minorías. Los zapatistas inventaron otro Internet cuando este estaba naciendo. No tenemos nada que hacer si no repetimos, en las condiciones actuales, ese gesto de invención de las armas que salvan, las de la producción de subjetividad y organización de clases subalternas en lucha y en desobediencia contra el régimen de guerra y el apartheid capitalistas. El seudoreformismo del centro izquierda global es solo un ascetismo narcisista de minorías privilegiadas, un wellness progresista para vivir mientras el horror se hace realidad.


Madrid –

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