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El sí de las niñas

Tengan, tened, la madurez profesional y política de saber medir a sus adversarias, por su bien y por el de todas nosotras: no hay nada más ingenuo, a estas alturas, que dar por hecho el sí de las niñas


Tengo una costumbre, mitad cotilla, mitad periodística, (más lo primero que lo segundo, aunque a veces se parecen mucho) que es la de mirar al fondo de la foto cuando veo las noticias, la de escudriñar las esquinas del canutazo, la de comprobar si me suena alguna cara de esas que afirman moviendo la cabeza detrás de quien hace declaraciones. También me gusta observar las comitivas, las delegaciones, las personas, en fin, los equipos, porque un equipo dice casi todo de quien lo lidera. Y cuando veo mujeres rodeadas de mujeres, no puedo evitar simpatizar con ellas un poquito más, así de entrada, aunque a veces una se lleve dolorosas decepciones.

“Las chicas de Podemos” —como llamó recientemente una columnista de El País a cuatro diputadas, mujeres, mayores de edad, y hasta donde yo sé, bajo ninguna tutela legal más allá de la de sí mismas—, son, entiendo yo, un equipo. Y las personas que trabajan con ellas lo son también. Quien haya seguido la actualidad del Ministerio de Igualdad —el antiguo, digo— o el de Derechos Sociales, por decir dos lugares donde estas chicas han estado trabajando últimamente, habrá comprobado la abrumadora mayoría femenina que reinaba en ellos: basta con mirar al fondo de la foto en casi cualquier evento público, como bastaba con asomarse a su cotidianeidad. Quien se haya sentado alguna vez con ellas en una mesa, por una razón u otra, habrá comprobado lo mismo: que ahí no hay trampa ni cartón, solo equipos que se componen de mujeres, muchas, para algunos demasiadas mujeres, que diría C. Tangana. Ningún señor agazapado bajo la silla, ningún asesor oculto entre las sombras, solo mujeres, algunas jovencísimas, otras ya pasados los cincuenta y los sesenta también. Mujeres solas, se diría, aunque no hay soledad en el aquelarre. Mujeres haciendo política, interviniendo en tribuna, dirigiendo departamentos o liderando reuniones, redactando informes, fichas, notas de prensa, propuestas normativas, políticas públicas y toda clase de papelitos. Mujeres que debaten acaloradamente, que militan, que acuden a saraos y hacen llamadas de esas importantes, que toman decisiones, mujeres que mandan, y a veces, mucho. Y encima, de izquierdas.

Feministizar la política —o despatriarcalizarla— implica no solo tener mujeres al frente, en los flancos y en las retaguardias, sino dotarse de otras maneras de entender el poder, las relaciones y la propia política, y eso es incomodísimo en la forma y en el fondo, por eso hay quien necesita buscar la autoridad masculina en la parte trasera de la foto. Lleva siendo así toda la historia, ya se sabe, “casa donde la mujer manda, mal se anda«, aunque no me negarán que durante estos últimos años, el relato de las crías a las que la política les venía grande se ha venido construyendo con denodado esfuerzo, aunque los hechos fueran demostrando lo contrario en lo político y también en lo técnico, eso que gusta tanto argumentar al patriarcado, porque es un excelente cobijo de mediocres. Daba igual que entre ellas haya abogadas brillantes, históricas activistas, funcionarias, juezas, académicas, comunicadoras o excelentes trabajadoras y militantes, porque a muchos —y a muchas— se les hacía insoportable pensar que ellas lo habían conseguido y que estaban ahí, ocupándoles esos despachos caoba, o sentando su culo en un escaño, sirviendo coño, —como dice la gente joven—, siendo institución y estado. Por eso Risto Mejide prefiere pensar que hay una alargada sombra masculina que habla por esas boquitas de mujer. Debe parecerle insólito que no sea así, y que una chica de veinte o treinta y tantos se sienta soberana y libre de decir y hacer lo que políticamente consideren ella y su partido, y sin guion en el telepromter. Por eso Najat el Hachmi prefiere creer que hay una pandilla de niñatas atrincheradas junto a un señor no sé dónde, antes que dar a unas mujeres parlamentarias el reconocimiento de su autonomía y capacidad política para tomar decisiones. 

Tirando de refranero, como lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro, podría una pensar que cree el ladrón que todas son de su condición (o de su propiedad) y que en todos los lugares operan las mismas lógicas que en su casa, en sus vidas, o en sus redacciones. Solo así entendería a estas alturas este machismo ensañado en infantilizar y hurtar la autonomía de las mujeres en política, de creer que tras su criterio siempre hay un señor mayor, más sabio, más listo, y más mandón. Solo así podría caberme en la cabeza que sean otras compañeras —de profesión, de trinchera, o simplemente, de género— las que participan de ello y alimenten tan peligrosa narrativa para todas. A ellas, cuya autonomía yo sí reconozco y jamás cuestionaría, les diría que tranquilas, que del colaboracionismo, con un poco de coraje, también se sale.

El sí de las niñas —o en este caso, el NO al dichoso real decreto— ha dolido, y la crítica política, también entre nosotras, feministas, es legítima y necesaria, aunque huela a veces a argumentario precocinado. Pero pretender que esa decisión es un mandato ajeno a ellas mismas, -aunque sea un marco útil para hacerles daño y funcione para seguir cebando la fábrica de villanos-, concebirlas como meras secundarias, despreciar su capacidad y su palabra, demuestra lo patriarcal de esta forma de entender la política en general y lo poquito que se conoce a estas mujeres en particular. Claro que, cuando el relato convenga, pasarán de sumisas a autoritarias, y entonces no habrá problema en convertirlas en mandonas, cabezonas y caprichosas, aunque a mí, personalmente, me pone mucho más esta otra versión de los hechos, como buena bolchevique. 

Así pues, un ruego para quienes tienen la capacidad, o el trabajo, de narrar lo que probablemente sea un curso político turbulento y lleno de tensiones: tengan, tened, la madurez profesional y política de saber medir a sus adversarias, por su bien y por el de todas nosotras: no hay nada más ingenuo, a estas alturas, que dar por hecho el sí de las niñas.


Madrid –

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