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El presidente Ronald Reagan reunido con líderes afganos (muyahidines) en el Salón Oval, 1986 — YouTube

Estados Unidos y el doctor Frankenstein

Cuando se recuerda que el Estado de Israel apoyó durante años a Hamás para dividir a los palestinos y socavar el liderazgo de Yasser Arafat hay quienes se echan las manos a la cabeza. Otras personas, con más memoria, recuerdan que la creación de monstruos por parte de EE. UU. y sus aliados viene de lejos


En 1988 se pudo ver en cines de todo el mundo a Sylvester Stallone hacerse amigo de los muyahidines en Rambo III.  En la película se ve a las claras por qué por aquel entonces los muyahidines —combatientes islámicos fundamentalistas, según la definición de la RAE—  tenían el favor de Hollywood y de la Casa Blanca: el malo de la peli era nada menos que el ejército soviético. Con el tiempo cambiaron las tornas y aquellos muyahidines se convirtieron en enemigos del Tío Sam, quien al entrar armado hasta los dientes en Afganistán tuvo que ofrecer grandes recompensas económicas para tratar de recuperar los peligrosos misiles Stinger que había entregado a sus antiguos amigos.

Un monstruo menos recordado fue el que llevó a la invasión estadounidense de Panamá en 1989 bajo el pomposo nombre de operación Causa Justa, el general Noriega. Según diversas fuentes el militar fue captado por la CIA cuando comenzaba a trepar por el escalafón y le ayudaron a hacerse con el poder. Mientras Noriega resultó útil y obediente Washington hizo caso omiso de las denuncias de asesinatos de opositores, tráfico de drogas y otras tropelías, pero cuando las relaciones del dictador con el Tío Sam se torcieron sí que se abrieron investigaciones en EEUU por narcotráfico y blanqueo. Al final Washington desplegó 26.000 soldados para detener a su antiguo amigo y alumno de la infame Escuela de las Américas.   

Sadam Huseín es un monstruo que no creó EEUU, pero con el que mantuvo un largo idilio. Cuando se convirtió en la figura más influyente de Irak el país aún era cercano a la Unión Soviética y el propio Sadam Husein viajó a Moscú para formar un Tratado de Amistad y Cooperación, pero después comenzó una purga en su propio partido, a perseguir a los chiitas e incluso a reprimir duramente a los comunistas. En septiembre de 1980 Irak invadió Irán con el apoyo de EEUU (uno de cuyos navíos derribó el vuelo 665 de Iran Air, matando a 290 civiles). En las segunda mitad de los 80 Sadam Huseín llevo a cabo un genocidio del pueblo kurdo del norte de Irak, siendo asesinadas decenas de miles de personas, ante lo que EEUU hizo sus habituales malabares de marketing. Esa estrecha amistad duró hasta 1990, cuando surgió una disputa entre Irak y Kuwait por la producción de petróleo que terminó con Sadam Huseín invadiendo a sus vecinos. A comienzos de 1991 EEUU se puso al frente de una coalición que declaró la guerra a Irak, pero finalmente  fueron necesarias dos guerras y largos 12 años para apresar (y ejecutar) al viejo socio de Washington.  

El escándalo Irán-Contra no solo desveló que EEUU había vendido armas a Irán y usado el dinero financiar a la Contra nicaragüense, también se supo que la CIA participó de un entramado para que el dinero del narcotráfico llegase a los paramilitares

Hay otro monstruo, quizá más temible y esquivo que los anteriores, que asoló el propio territorio de los Estados Unidos y cuya actividad destructiva aún puede notarse hoy. A lo largo de los años se han señalado diversos casos en los que la lucha contra la disidencia interna —sea el Black Panther Party, el American Indian Movement o, más recientemente, grupos como Earth First u Occupy Wall Street— se ha saltado la ley y ha golpeado los cimientos de la misma democracia de la que se vanagloria EEUU y, también, momentos en que el tráfico de drogas trató de usarse con fines políticos.

El escándalo Irán-Contra no solo desveló que EEUU había vendido armas a Irán y usado el dinero financiar a la Contra nicaragüense, también se supo que la CIA participó de un entramado para que el dinero del narcotráfico llegase a los paramilitares. Existen también fuentes que apuntan a que se canalizó el tráfico de drogas en determinadas zonas para tratar de alejar a los jóvenes del activismo político y destruir a los movimientos sociales. Ese monstruo no solo socavó (por enésima vez) la democracia de los EEUU sino que también generó una destructiva “epidemia de crack” que llevó a una nefasta “guerra contra las drogas” que aún se nota en las abarrotadas cárceles del país con más presos del mundo además de en sus calles, donde aún hay cientos de miles de consumidores de crack.      

Estos son solo algunos de los monstruos del Tío Sam. Y solo son monstruos que se han vuelto en contra de Washington, porque muchos de ellos —en especial los alumnos de la Escuela de las Américas— han sido monstruos fieles a su doctor Frankenstein.     


Madrid –

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