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Gallego

Nunca unas elecciones gallegas habían importado tanto, observo yo, que hasta me preguntan en los bares


Como exiliado en Madrid, estoy estos días muy contento y saltarín por ser gallego, pues resulta que por fin mis amigos y amigas me hacen caso. No me había pasado nunca.

Al principio pensé que este repentino interés por mis ideas, mi nacionalidad y mi persona se debía a mis encantos personales y a mi académica formación diletante.

Tampoco me decepcioné cuando comprendí que no. Que solo interesaba repentinamente a la gente porque soy gallego. Y porque mañana hay elecciones en Galicia.

Nunca unas elecciones gallegas habían importado tanto, observo yo, que hasta me preguntan en los bares.

El caso es que los gallegos, en esta fatídica semana, somos contemplados con atención desde la florentina Madrid, las altivas y aceituneras Andalucía y Extremadura, el bravo Levante y hasta allende las dos Castillas y Aragón, míticas tierras donde a veces no vive nadie.

No os creáis que este interés por los gallegos se repite cada cuatro años con las elecciones autonómicas. Nada más lejos de la verdad. A mí y a los gallegos llevan sin hacernos caso desde 1989.No elijo la fecha por casualidad. Fue el año en que Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular y Partido Popular, se presentó por primera vez a las elecciones autonómicas, después de que los españoles no le hubieran votado, por fascista, y tuviera que emigrar a su propia tierra, a ver si sonaba la gaita. Y sonó.

El periodista Óscar Iglesias, que es un nihilista amigo que le escribe cartas a La Nada, ayer me mandó misiva recordando un turbio asunto que pudo cambiar el destino de Galicia si unas sacas de votos no se hubieran perdido en el Atlántico.

Los madrileños podéis presumir mucho de vuestro tamayazo. Pero el hecho de que el tamayazo madrileño haya sido una sutil obra maestra, que las gentes del norte admiramos, no quita que el pucherazo gallego de Manuel Fraga en 1989 lo supere con creces tanto en ejecución como en logística, estética, brutalidad, estilismo, náutica, planteamiento, nudo y desenlace.

Al fin y al cabo, el tamayazo fue una simple compra de votos de dos diputados del PSOE. Nada más fácil. Lo digo sin ánimo de ofender a los madrileños ni menospreciar sus corruptelas. Pero nuestro pucherazo, el de los gallegos, lo dimos desde ultramar, atravesando el Océano Atlántico con inmensa y antidemocrática bravura, y eso no se nos valora.

El tamayazo nunca fue aclarado. Y el pucherazo de 1989 tampoco. La presunta compra de dos diputados socialistas que hicieron presidenta de la comunidad de Madrid a Esperanza Aguirre en 2003 nunca fue resuelta. Aún no se sabe la razón por la que esos dos diputados socialistas cambiaron su voto. Creo que se investigó su patrimonio, pero sin demasiado entusiasmo.

Al día siguiente del tamayazo, mi periódico me mandó a Ferraz a entrevistar a José Blanco, entonces secretario de Organización del PSOE. El tío que lo sabía todo. Fue distante y amable. No dijo nada relevante en más de media hora de conversación. Y salí de su despacho con la certeza íntima de que él sabía quién, por qué y cuándo se habían comprado esos dos votos. Y yo, como soy muy malicioso, me admiré de una conspiración en la que el asesinado (el PSOE) no podía denunciar porque también era asesino. Crimen perfecto. Bravo, Espe.

Sin embargo, como me recuerda el nihilista de las cartas a La Nada, lo de Fraga en el 89 fue mucho más atlántico y, por tanto, más corsario. Y en asuntos de alta política lo de ser corsario se valora.

En 1989, año en que se presenta Fraga a la presidencia gallega tras su fracaso en España, se celebran elecciones generales en octubre y gallegas en diciembre. En las generales, el voto emigrante fue casi al 50% del PSOE en Ourense, por ejemplo. En las de diciembre, el voto al PP subió hasta el 63%.

Quizá todo se debiera al efecto Fraga, dirán los golondrineros politólogos. Pero es que, pasado el tiempo, supimos de sacas de votos de la emigración que nunca habían llegado a las urnas. Y, como se descubrieron tarde, nunca se abrieron y nunca se contabilizaron esos votos de la emigración perdidos en el Atlántico y en los aeropuertos y barcos, votos que podrían haber cambiado el curso de nuestra historia.

Hoy día, 251.968 personas están inscritas en el censo de residentes, y otras 103.382 en el censo de emigrantes de Ourense. Casi un tercio de los emigrantes vieron como sus sacas de votos se quedaban en los aeropuertos y océanos. Pura poesía. Pero eran otros tiempos.

Los gallegos hemos diseñado corrupciones tan míticas que no se entiende cómo no nos hacen más caso. Antes que vuestra Gürtel de mierda, una chapuza por la que os han pillado, estuvo nuestro caso Naseiro sobre la financiación ilegal del PP, que se archivó porque se anularon unas escuchas ligadas a otra investigación por narcotráfico. Financiación ilegal de un partido, narcotráfico y archivo judicial en una misma frase: superad eso, aprendices.

Alegra que de una vez echéis una vista a Galicia, esa tierra que os ha enseñado a corromperos, y a la que no se lo podréis agradecer nunca.


Madrid –

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