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Juego de tronos y lucha política

Es notable cómo un diario de la envergadura del Financial Times relata agudamente este juego de tronos sudamericano sugiriendo de quién será la victoria final


Todas las narrativas de fantasía épica, casi por definición, cuentan el devenir de héroes y villanos, caudillos de pueblos o huestes, que se disputan reinos y tronos entre guerras y maquinaciones, a veces con elementos fantásticos y otras en un registro más realista. Las épicas posmodernas, teñidas de cierto nihilismo en torno a la moral y los arquetipos, intentan matizar los personajes con una gama de grises. Que los buenos no sean tan buenos ni los malos tan malos, que las tramas estén más asociadas a procesos políticos, etc. Son recursos que operan como metáforas de la realidad y sugieren comparaciones, a veces grotescas, de nuestro presente histórico. El género no me atrae particularmente. Me gustan las narraciones legendarias como el Señor de los Anillos o narraciones crudas de procesos reales como la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky. Lo que está en el medio puede ser un pasatiempo evasivo, aunque observo que en relación a la praxis política operan más como modelo que como reflejo.

El expresidente Mauricio Macri ha deshonrado el valor artístico de Tolkien, utilizando la figura mítica del orco como símil de quienes integramos movimientos políticos, sociales y sindicales del campo popular. Los orcos son subhumanos, enemigos del orden y la tranquilidad. Seres de la periferia oscura acaudillados por líderes ambiciosos y malignos. Una reversión netflixera de la contradicción “civilización o barbarie” tan presente en el ideario liberal argentino. Esta dicotomía se vuelve particularmente insidiosa en los tiempos que corren, abonando una visión binaria que separa la “gente de bien” de los excluidos sociales, descartables y peligrosos. Los pobres, desorganizados, son meras víctimas del populismo colectivista… pero cuando se organizan, devienen en grupos cuasi terroristas de parásitos sociales.

Una metáfora más justa puede encontrarse en una de esas nuevas épicas de corte más realista y factura industrial como Juego de Tronos. Los excluidos son los wildlings que habitan más allá del muro de hielo. Descritos como sucios, salvajes y delincuentes, organizados tribalmente en bandas semi autárquicas, rechazados del mundo civilizado por la Guardia de la Noche; los wildlings  finalmente tendrán un papel decoroso y redentor en el desarrollo de los acontecimientos, luchando contra las fuerzas sobrenaturales del mal, siempre bajo el mando de líderes de las casas nobiliarias caídas en desgracia e injustamente despojadas de su legítima realeza hereditaria.

Sin embargo, el atractivo central de la historia consiste en una sucesión de combates o ardides maquiavélicos por el poder por el poder mismo. Los pueblos, los trabajadores, los aldeanos y campesinos, las contradicciones sociales al interior de cada Reino no tienen demasiada relevancia, son apenas un decorado para enmarcar los hechos de los grandes personajes en sus luchas de usurpación o restauración dinástica.

Mi corta experiencia política me indica que la realidad social opera en dos planos: el tablero de las intrigas que enfrenta el individuo y las facciones en la lucha por el poder por un lado, y las fuerzas anónimas del proceso social de los pueblos por otro. En este momento histórico, se percibe un gran divorcio entre estos planos. Los Juegos de Tronos se han autonomizado casi por completo. La intervención de los pueblos en el proceso histórico transcurre por senderos ocultos, subterráneos, lejanos de instituciones políticas degradadas a la banalidad y la endogamia.

En Argentina se están produciendo movimientos novelescos entre las grandes casas. La alianza gobernante atraviesa una crisis silenciosa signada por las evidentes ambiciones de la vicepresidenta Victoria Villarruel para destronar al presidente Javier Milei. La psicología de los personajes juega un rol clave: la templada Villarruel de la Casa Militar, villana típica de la serie, espera que colapse la frágil estructura psíquica del loco carismático mientras urde su trama conspirativa con el príncipe Mauricio Macri de la Casa de Calabria. Es notable cómo un diario de la envergadura del Financial Times relata agudamente este juego de tronos sudamericano sugiriendo de quién será la victoria final.

En el campo popular opositor, las rencillas de palacio y palacete configuran marcos de alianzas volátiles, disociadas de una estrategia afincada en un proyecto colectivo transformador, sorda al vibrante hormigueo que transcurre en el subsuelo de la Patria. Un conjunto de pequeñas disputas, rencores y equívocos, la intervención de adulones y delatores, la guerra de posiciones dentro del propio campo, los egos individuales y grupales, todo ello en función de espacios de poder, a veces pequeñísimos, afirmaciones identitarias y consignas abstractas. Puro juego de tronos.

Es un espectáculo entretenido, aunque ciertamente decadente.

El rol de la dirigencia nacional-popular es volver a poner en el centro de la disputa a las fuerzas sociales y la cuestión nacional-regional, reduciendo a su mínima expresión el inevitable juego de poder que las reglas de la democracia burguesa nos impone a los muñequitos del tablero.

Percibir los ecos de la sorda “lucha de clases”, el persistente “conflicto entre el capital y el trabajo” o la tensión entre “integrados y excluidos”, sentir los acordes que van determinando los procesos internacionales de dependencia o los pasos hacia la liberación… parecen capacidades perdidas tras el fin de la historia, Sin embargo,  más allá de la opción hermenéutica, del aparato conceptual que usamos para captar los signos del tiempo presente, la misión transformadora de cualquier militante popular nos exige atar la acción política a los intereses reales de los sectores oprimidos dentro de los pueblos y de los pueblos oprimidos dentro de la estructura internacional de poder. La Política es eso. La disociación de los juegos de tronos y los procesos sociales reales convierten a la política en un ajedrez pueblerino, muchas veces grotesco, histérico y estéril. Al otro lado de la muralla de hielo, mientras nuestras horas se consumen en estos juegos, los wildlings esperan con toda su ferocidad, la Guardia Nocturna tensan los arcos homicidas y en ambos extremos resuenan tambores de guerra.


Madrid –

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