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Campo de concentración en Auschwitz —Unsplash

La banalización del genocidio

La valentía de la sociedad civil palestina para defender su territorio y sus derechos contrasta con la vergonzosa actitud de eso que llamamos la comunidad internacional, pero también con el miedo a romper el consenso por parte de la izquierda


La Comisión Europea proyecta la bandera de Israel mientras Netanyahu se jacta en un tuit de lanzar bombas sobre población palestina; el ministro de Defensa define a los palestinos y palestinas de la franja de Gaza como “animales”; Reino Unido ordena a la policía británica considerar una ofensa criminal ondear la bandera palestina; lo mismo planea hacer el gobierno francés, mientras que su Ministerio del Interior investiga al partido político NPA por apología del terrorismo tras publicar un comunicado pro palestino; el gobierno alemán prohíbe las manifestaciones convocadas en apoyo a Palestina. Israel siempre ha contado con el apoyo indiscutible de EEUU y la Unión Europea, pero el patrocinio que estamos viendo desde el sábado pasado para seguir masacrando a la población en Gaza marca un antes y un después.

Günther Anders, refiriéndose al caso de Claude Eatherley, el piloto que tiró la bomba atómica sobre Hiroshima, así como Hannah Arendt en «Eichmann en Jerusalem» definieron la “banalidad del mal” como el resultado de una estructura burocrática cruel que impedía a las personas ser conscientes de las consecuencias éticas de sus acciones. La suma de cada una de las acciones de oficiales nazis dio lugar al Holocausto, pero cada uno de ellos realizaba una acción concreta que en sí misma distaba enormemente (sobre todo en términos de conciencia) del terrorífico resultado final. Hoy ver a Netanyahu hacer apología del bombardeo sobre población civil en un tuit es un cambio cualitativo respecto a lo que ellos describieron, que implica un paso más hacia el terror. Quizás hemos pasado de la “banalización del mal” a la “banalización del genocidio” en prime time.

Y todo esto tiene implicaciones en la geopolítica internacional más allá de Oriente Medio y en una época marcada por la crisis del proyecto ideológico neoliberal y la crisis climática y sus consecuencias. De igual modo la respuesta en clave pro Israel viene precedida por el tratamiento político, mediático, cultural y psicológico a la guerra de Ucrania. Para algunas, lo sucedido en estos días, ha servido para comprobar hasta qué punto el argumento esgrimido del derecho a la legitima defensa, utilizado para enviar armas a Ucrania, era un acto de cinismo e hipocresía por parte de EEUU y la UE, que lo utilizaban con la intención de ocultar los verdaderos intereses ocultos en esa guerra. No hablamos sólo de intereses económicos, sino de la posibilidad de instaurar un régimen de guerra frente a un mundo cada vez más asfixiado por la crisis climática y el agotamiento de los recursos naturales. Un régimen que ayuda a reforzar la lógica amigo-enemigo al mismo tiempo que supone el refuerzo del polo OTAN frente a la realidad de un mundo cada vez más multipolar

Hoy ver a Netanyahu hacer apología del bombardeo sobre población civil en un tuit es un cambio cualitativo respecto a lo que ellos describieron, que implica un paso más hacia el terror. Quizás hemos pasado de la “banalización del mal” a la “banalización del genocidio” en prime time

El resultado es que se hace evidente que nuestros supuestos valores europeos no son universales y que el tan mencionado derecho a la defensa no se aplica a todos los casos. Lo cierto es que si los que empuñan un arma hablan árabe son terroristas y si son blancos y con ojos azules son héroes. Las guerras suponen siempre soluciones no democráticas, totalitarias, a problemas multicausales que no pueden solucionarse con las armas y el sacrificio de miles (cientos de miles) de personas inocentes. Otorgar carta blanca a Israel para que siga alimentando la violencia y masacrando con crímenes de guerra a la población de Gaza supone hoy colaborar en la consolidación del régimen de guerra en occidente, donde las salidas democráticas y progresistas y las soluciones justas a los retos sociales aparecen cada vez más lejanas.

El fabricado consenso pro israelí no es sino el beneplácito para que Netanyahu siga masacrando a la población palestina en Gaza y Cisjordania como lo está haciendo, arrasando barrios y vidas enteras. Es otra vez más, ahora en Oriente Medio, la negación de la paz; la ridiculización de la voluntad de paz entre el ruido belicista y la normalización de la violencia, la extensión de la lógica de la guerra en occidente. Se trata de un consenso que se construye sobre el relato de que el ataque de Hamás es la causa de la guerra desatada ahora, negando así la verdad y la memoria de 75 años de guerra contra el pueblo palestino. Un relato que se extiende por occidente debido al desconocimiento de la historia de esta región del mundo, al supremacismo colonialista extendido a lo largo y ancho del planeta y también al disciplinamento social, que se produce a través de medios de extrema derecha que en las redes estigmatizan y marcan a cualquiera que se solidarice con el pueblo palestino como amigo o defensor de los terroristas. “Antisemita todo el que no sea prosionista”, recitan.

He estado en Palestina en dos ocasiones. Y más que los asesinatos a niños, la destrucción de aldeas, las casas que van construyendo una sobre otra en campos de refugiados porque no hay espacio; más que los cortes de agua y luz permanentes, las detenciones ilegales o las mujeres que tienen que parir en condiciones de insalubridad y riesgo en las fronteras que separan grandes muros… más que todo eso, no olvido de qué manera en la ciudad de Hebrón, por ejemplo, líneas en el asfalto separaban y dictaban por donde podían caminar palestinos y por dónde judíos. No olvido que vi como cada vez que los niños debían cruzar una calle para acceder a sus casas los militares israelíes les pedían la identificación y después se la lanzaban unos metros obligándoles a arrastrarse por el suelo hasta alcanzarla. La ostentación de poder y la guerra psicológica, la violencia latente y estructural implícita, así como la humillación a la que someten militares y colonos a las y los palestinos, sostiene día tras día un sistema supremacista que lleva en su esencia acabar con la existencia de quienes siempre habitaron esa tierra.

El Estado de Israel no ha aceptado nunca la existencia de un estado palestino (como demuestra el incumplimiento sistemático de las resoluciones de Naciones Unidas, de los acuerdos pasados y del derecho internacional) y tampoco admite a los y las palestinas como ciudadanos con plenos derechos en Israel. Es un estado sionista, etnicista y cada vez más teocrático, y por todo ello antidemocrático. Y a pesar de décadas de genocidio los y las palestinas siempre han dado un ejemplo al mundo con su capacidad de resiliencia y de resistencia.

La valentía de la sociedad civil palestina para defender su territorio y sus derechos contrasta con la vergonzosa actitud de eso que llamamos la comunidad internacional, pero también con el miedo a romper el consenso por parte de la izquierda. No existe equidistancia posible ante situaciones de injusticia de este calibre. Exigimos paz para proteger todas las vidas sin distinción, todas, de ambos lados. Una paz que, para ser duradera, no puede consistir en la enésima trampa tendida a un pueblo que continúa sufriendo la violencia y el castigo colectivo. Que tiene que significar paralizar la masacre a la que estamos asistiendo en tiempo real y debe incluir la descolonización y desocupación del territorio. La paz pasa por reconocer al pueblo palestino como sujeto político de su propio destino. Estemos a la altura, a su altura, la de la dignidad del pueblo palestino.


Madrid –

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