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Riquelme, hoy presidente de Boca Juniors, en su partido de despedida — Twitter (X) Boca Juniors

La pelota es de todas

En la actualidad, en España y en otros lugares, confluyen dos grandes movimientos democratizadores en el fútbol: de un lado, el avance del fútbol femenino; de otro, una pulsión anticapitalista como rechazo a la tendencia mercantilizadora


El fin e inicio de año es un rito que ordena nuestros quehaceres y propósitos. En cierto modo, algo parecido es el fútbol, ritual que nos ordena las semanas y la verdadera anualidad que vertebra nuestras vidas: la temporada. Hablamos de la cosa más importante de las cosas menos importantes, según dijo Valdano o Sacchi o a saber quién. En tiempos de audiencias fragmentadas, de estrategias de segmentación, no hay que infravalorar el peso de un deporte con un enorme arraigo cultural y que aglutina a miles de millones de seguidores en todo el mundo. El fútbol es, entre otras cosas, un vehículo contra la atomización de la vida social que puede salvar cenas familiares o, como nos mostraba el conmovedor anuncio del Atleti, hacer hermosas las situaciones más difíciles.

El fútbol, como otros ámbitos de la sociedad, se enfrenta a un momento de cambio no exento de contradicciones. Convergen tendencias de mercantilización con vectores de democratización. Como siempre, a pesar de las estructuras, hay algún espacio para la agencia: quienes intervienen en el debate público pueden empujar el fútbol hacia una u otra dirección.

Ni los más aficionados podemos ser ajenos a la alta suciedad del deporte rey: reparemos en los numerosos casos de corrupción, en figuras poderosas como Florentino Pérez, en la mercantilización de prácticamente todo, en las mastodónticas cifras económicas que resultan difícilmente aceptables en sociedades que padecen pobreza y desigualdad, en el machismo estructural, en el odio y la intolerancia que se propagan en los estadios, etc.

Pero el fútbol es también un espacio para la participación social, la creación de comunidad, el goce estético, la alegría colectiva o la transmisión de valores cívicos. En la actualidad, en España y en otros lugares, confluyen dos grandes movimientos democratizadores: de un lado, el avance del fútbol femenino; de otro, una pulsión anticapitalista como rechazo a la tendencia mercantilizadora en el fútbol.

El avance del fútbol femenino no es un mero reflejo del auge del movimiento feminista en la sociedad. El fútbol femenino crece, también, porque las propias jugadoras luchan por dignificar sus condiciones y por la profesionalización. Además, el ejemplo de compromiso de Jennifer Hermoso y sus compañeras demuestra que el fútbol femenino también puede catalizar cambios sociales. El ‘Se acabó’ es ya universal. Las campeonas del mundo juegan y hacen jugar: se han convertido en referentes.

De hecho, una de las consecuencias más bonitas de la lucha por un fútbol femenino justo y digno es que muchas niñas van a tener la posibilidad de jugar al fútbol para hacer más felices y plenas sus infancias. El fútbol no es solo un deporte profesional, es también cantera, integración, juego. Jugar al fútbol es un placer que debe estar alcance de todas las niñas. Santiago Solari expresó como nadie lo que significa practicar este deporte: “Jugar es lo que hicimos desde que tenemos memoria y no existe reemplazo en este mundo para las sensaciones que provoca el atávico ritual de golpear una pelota. Cada partido es un adictivo ejercicio de libertad que desata la emoción de miles de personas. Cada entrenamiento es una tela en blanco; un espacio diario de expresión, de creación y de catarsis”.

El otro vector de democratización del fútbol es el movimiento por un fútbol popular o contra el fútbol negocio. El movimiento por un fútbol popular crece de manera sostenida en diversos países. Este movimiento, en cierto modo, está organizado. En España destaca el trabajo de FASFE-Accionistas y Socios del Fútbol Español, una red de asociaciones de aficionados, pequeños accionistas y clubes democráticos que trabaja por un fútbol democrático, transparente y sostenible, partiendo de la necesidad, según afirman, de avanzar hacia la “propiedad democrática de los clubes por parte de sus aficionados como mejor forma de organización”. El modelo de fútbol popular en España lo encarnan algunos clubes, siendo Unionistas de Salamanca (Primera RFEF) el más representativo y exitoso.

Este movimiento es una respuesta comunitarista a las nocivas tendencias de mercantilización que viene experimentando el fútbol. Como expresó el inolvidable futbolista y comunicador Michael Robinson, “el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo”. Ahora bien, el modelo mercantilizador no puede considerarse exitoso ni siquiera en términos de sostenibilidad económica. Por ejemplo, la experiencia acumulada pone de relieve la ineficacia del modelo español de Sociedades Anónimas Deportivas (SAD), que ha dado demasiadas muestras de opacidad, gestión irresponsable y alejamiento de las demandas de las aficiones.

El movimiento por un fútbol popular también está latente en la victoria de Riquelme en las elecciones presidenciales en Boca Juniors frente a lo que representa el macrismo, o en los recelos que provoca la Superliga en tantos países europeos, diga lo que diga el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. En muchos lugares crece la conciencia social de que el fútbol pertenece a la gente.

Cabe recordar que incluso el Parlamento Europeo se ha posicionado al respecto. Así, en la Resolución de 2 de febrero de 2017, sobre un enfoque integrado de la política del deporte, entre otros aspectos, la Eurocámara “considera que el modelo de propiedad por el cual los miembros de los clubes conservan el control del club (mediante la regla del 50+1) es una buena práctica de la Unión, y pide a los Estados miembros, a los organismos reguladores del deporte, a las federaciones nacionales y a las ligas que inicien un diálogo constructivo y un intercambio en torno a este modelo”.

Los poderes públicos deberían asumir las demandas del movimiento por un fútbol popular al objeto de promover la democracia, la transparencia, el buen gobierno y la sostenibilidad del fútbol. Es prioritario promover formas jurídicas democráticas de naturaleza asociativa y cooperativa para los clubes, así como favorecer la implantación de la regla 50+1. Es también deseable un reparto más equitativo de los ingresos derivados de las competiciones profesionales, fomentando el equilibrio competitivo de los clubes y estableciendo mecanismos redistributivos que contribuyan a la dignificación del fútbol femenino y al fortalecimiento del deporte base y popular. No menos importante es reforzar los mecanismos de control económico y financiero de los clubes de fútbol, impulsando acciones específicas para la prevención del blanqueo de capitales en el fútbol modesto, donde la norma es la impunidad. Y, por supuesto, debería profundizarse en la democratización de las federaciones, las ligas profesionales, el Consejo Superior de Deportes y los organismos de control, incorporando en sus órganos a todos los grupos implicados, incluida la voz de las aficiones.


Madrid –

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