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Unsplash / Sam Moghadam Khamseh

La soledad es un oasis

Según el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, una de cada diez personas en España padecen sus efectos, especialmente graves en la población mayor de 65 años


En estas fechas resuenan las nostalgias de un pasado repleto de seres queridos entre villancicos y polvorones y el miedo a un futuro con demasiadas sillas vacías, ausencias que duelen en lo más hondo. En una población cada vez más envejecida, pero también individualista se dan las situaciones que provocan soledad no deseada cada vez en más hogares. Una epidemia silenciosa y dolorosa que cada vez empieza a tomarse más en serio —aunque no lo suficiente— por el grave problema de salud pública que conlleva. De hecho, la Organización Mundial de la Salud —OMS— va más allá y considera la soledad no deseada un grave problema de salud pública y uno de los mayores riesgos para la salud de las personas, por encima del tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad. Desde que empezaron las restricciones de la pandemia, el porcentaje de ciudadanos que se sienten solos ha aumentado al 18,8%, según un estudio del Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea.

En estas fechas señaladas donde parece incluso obligatorio juntarse con la familia aunque no puedas soportar a tu cuñado o a tu primo, también hay casos de personas obligadas a pasar en solitario días señalados, mientras el imaginario colectivo y la costumbre nos muestran realidades de familias unidas sonrientes comiendo polvorones y brindando con cava. Gran daño han hecho los anuncios de turrones, de lotería de navidad y redes sociales con casas despampanantes, árboles de navidad más grandes que nuestras casas, brilli brilli, confetti y bombones de Isabel Presley mediante.

Por tanto, este aislamiento involuntario es más duro en fechas como las que estamos viviendo en que se suele juntar la familia y las amistades. Son fiestas que recuerdan a quien se siente solo que tiene motivos para sentirse de esa forma, que no tiene suerte o que no ha sabido o podido mantener las relaciones sociales. Esas situaciones provocan sentimientos que aumentan la posibilidad de sufrir depresión y otras enfermedades graves. 

Aunque es un tema que no aparece en las portadas de los grandes medios, la realidad es que es un grave problema de salud pública. En esa misma línea un estudio publicado en la revista médica Journal of the American Heart Association en 2022 puso sobre la mesa que el aislamiento social y la soledad se asociaban a un aumento del 29% del riesgo de sufrir o morir por infarto al corazón y a un aumento del 32% del riesgo de sufrir ictus o morir por ello. La depresión aumenta en la mayoría de los casos de aislamiento social, produciéndose también desenlaces fatales. Hace poco leía que el sentimiento de soledad era casi tan grave o provocaba tanto daño como fumar 15 cigarros al día, pero en ningún lado nos advierten de las consecuencias del aislamiento social, como sí se avisa de la gravedad de fumar.

En esta era de la hiperconectividad es probable que estemos más solos que nunca. De hecho, parece que el uso excesivo o inadecuado de las redes sociales está también relacionado con la soledad no deseada, algo que se convierte en un círculo vicioso porque cuanto más tiempo pasamos en las redes, menos nos relacionamos con los demás. La precariedad laboral con jornadas extenuantes y poco tiempo para el ocio, la falta de redes de apoyo especialmente en las grandes ciudades hacen que las personas cada vez se enfrenten —nos enfrentemos— más a esta soledad no deseada. Las personas con discapacidad, especialmente las mujeres, son de las que más sufren esta realidad, debido en muchos casos a su falta de movilidad o a la vulnerabilidad y precariedad con la que viven.

Según el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, una de cada diez personas en España padecen sus efectos, especialmente graves en la población mayor de 65 años. El gran aumento de los pisos turísticos en las grandes ciudades es un factor que propicia esta soledad no deseada, rompiendo las redes de apoyo vecinales y aislando socialmente cada vez más a las personas.

Por todo ello, es necesario y urgente que se lleven a cabo políticas públicas sociales y sanitarias que palien el problema, pero que también las personas nos asociemos, tejamos redes vecinales e intentemos llegar donde a veces las instituciones no llegan. 

Debemos promover tejer comunidad en los barrios, aumentar las redes de apoyo vecinales con apoyo de las asociaciones, pero también de los comercios y locales. Hacer barrio con redes solidarias sería el mejor antídoto para terminar con este problema de salud pública.

«La soledad es un oasis

no hace señales

pesa en la noche

lo ignora todo

la soledad no olvida nada

cava memorias

está desnuda

se encierra sola»

Mario Benedetti


Madrid –

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